El precioso logo de la cabecera lo hizo Chicho, mi hermano pequeño, desde los Estados Unidos, y me lo envió. En este sitio se pueden ver varios álbumes de creaciones suyas. A mí me encantan. Este es el sitio oficial The Art of Chicho Lorenzo: más dedicado a cuadros.
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miércoles, 21 de abril de 2010

Poesía LIJ que llega y alguna que ya estaba

Tres autores muy queridos para mí tienen novedades: Darabuc, Germán Machado y Pedro Villar. A su vera, ilustradores y enlaces a más libros que merecen la pena. Y uno de los proyectos, Garabatos y ringorrangos, me es especialmente querido, así como Germán, el autor, y su ilustrador, Alberto Caja.

Llegan novedades de poesía lijera, que no ligera (este «lijero» creo que lo ha contagiado Jorge Gómez Soto desde su Literatura infantil y juvenil actual).

Todos ellos son poetas que parece que conservan su alma y su curiosidad de niño. Es difícil escribir poesía para niños y gustar tanto a los chicos como a los adultos, pero ellos lo consiguen.

Ya está ahí El libro de las mandangas, de Darabuc, accésit de Luna de Aire, con ilustraciones de Arturo García Blanco. Tiene poemas como este:


«Aire del untado de chocolate», de fotos de Gonzalo García

Aire del untado de chocolate


Que yo no he sido, madre
ni sé yo nada
de ese turbio descuadre
de la tableta,
calamar violinista, ay, ay, ay,
pulpo poeta.


Que se entró la vecina
doña Pirata,
con un hambre canina,
la muy gamberra,
calamar de montaña, ay, ay, ay,
pulpo de tierra.


Que vinieron ladrones
con la ganzúa
a llevarse camiones
de la bodega,
calamar de sembrado, ay, ay, ay,
pulpo de siega.


Que vinieron marcianos
en navecillas
y me untaron las manos
de chocolate,
calamar de parterre, ay, ay, ay,
pulpo de arriate.


Además de que hoy
tengo desgana,
mamá, es que yo no soy
nada dulcero,
calamar mentiroso, ay, ay, ay,
pulpo trolero.




cubierta de La vieja Iguazú

Pero mientras, bien se puede uno hacer con La vieja Iguazú, II Premio Luna de Aire, Darabuc, ilustrado por Ana Cuevas, CEPLI, 2005, 3.ª ed. 2007.




cubierta de Garabatos y ringorrangos

Germán Machado publica el maravilloso Garabatos y ringorrangos, que ilustra maravillosamente (de verdad ma-ra-vi-llo-sa-men-te) José Alberto Caja, en la colección LIJ de Editorial LdN (ya saben, en digital y en papel): le falta nada para salir porque Óscar Villán ya le ha dado forma con su maquetación —esperemos que le quede tiempo para hacer sus propias ilustraciones, je, je.


maqueta de «Avaricia»

Avaricia

Acumula y acumula
un tesoro bajo llave,
el avaro ringorrango
nunca presta y no reparte.

Ahora mira de reojo
el tesoro acumulado,
pues se le escapa la tarde
sin haberlo disfrutado.

Mientras, pueden disfrutar de sus poemas sobre animales, Bichos, dice Germán, que han ido apareciendo en el blog de Darabuc; o de sus relatos también lijeros, El secreto de los Greenwall, ilustrado por Cecilia Alfonso Estevez; Pikin kiwi, ilustrado por Paola Zakimi; y Maho y Zorya, ilustrado por Fernando de la Iglesia. Y, viene tan a cuento... ¿puedo, puedo decirlo...? Bueno, como no lo sé, solo diré que también está por llegar en breve un precioso álbum ilustrado en que el texto es responsabilidad de Germán y los dibujos son de Fernando: que avisen en cuanto esté, y que sea el comienzo de una larga y estrecha colaboración, eso deseo.


ilustración de Pikin kiwi, del cuento


cubierta de Cuéntame, del blog Cuaderno de apuntes

Pedro Villar estrena álbum infantil ilustrado; no es en verso, pero es la mar de poético: Cuéntame, con las ilustraciones de María Wernicke, en la editorial Fineo; yo voy a encargarlo ya.


cubierta de Los animales de la lluvia

Mientras, disfruten de los que tiene editados en Diálogo: Los animales de la lluvia, ilustrado por el genial Miguel Ángel Díez—¿Cómo tiráis al que sobra? —Lo arrojamos por la borda.», rima genial del libro, ¿verdad?), y El bosque de mi abecedario, ilustrado por el también estupendo Miguel Calatayud —sé que cronológicamente van al revés, pero es como yo los he conseguido y he leído.


fin de El bosque de mi abecedario

COLORÍN COLORADO

Fui flor, feria,
fuente, faro,
fui fiesta,
fui faquir,
fui frágil,
fui fugaz
fui feliz,
fui final,
fui
FIN

Otro que tampoco es exactamente poesía pero que como si lo fuera es ABCdario, de Antonio Ventura y Noemí Villamuza, en Ilustrados de Nórdica; el precioso vídeo de presentación:


Disfrútenlos todos y los que se les ocurran (hay muchos si siguen los enlaces; los del post y los de la derecha en el blog). Ya saben, para estos libros, la edad es orientativa, y solo el punto de partida si uno mantiene el espíritu joven hasta más allá de los noventa y nueve.
Feliz día de Sant Jordi, del libro y de la rosa, del libro... Traten de hacer que dure hasta el año que viene (no el libro, sino el espíritu del día), es de lo más gratificante :-)

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sábado, 24 de octubre de 2009

Cómo llegamos a la lectura


Laura, a la derecha, y su prima, atentas
al teatro de marionetas que hace Marta.

Muchos de los que somos lectores, letra-ferits, heridos por la lectura, enganchados al placer de leer, nos preguntamos a menudo cómo llegamos a ello. ¿Cuándo? ¿Quién nos lo contagió, si nos lo contagió alguien? ¿Con qué libro empezamos? ¿O con qué historias? ¿En boca de quién nos llegaba nuestra primera relación con la literatura? ¿Fue por la palabra, oralmente, escuchando, o fue con las letras, de manera visual, adjudicando a las grafías el sonido y a los sonidos el significado?

Solemos preguntárnoslo porque esperamos que, encontrando la respuesta, podamos contagiar o trasladar a los que nos importan y que aún no son lectores esa ansia por leer, esa necesidad.

Casi todos nos remontamos a la infancia y no recordamos bien los pasos concretos que nos llevaron adonde estamos. Se lo pregunta la Maga Colibrí, Lara, de la maravillosa librería El bosque de la maga Colibrí, en Empezar a leer:

No recuerdo cuándo empecé a leer. En mi casa no había demasiados libros, ni mis padres eran grandes lectores. Mi madre dice que apenas me contaban cuentos, ni me leían por las noches. Sin embargo, yo recuerdo las historias interminables que mi abuela inventaba para mí mientras paseábamos por el bosque, mientras caminábamos aquel camino interminable desde el autobús hasta su aldea, mientras cocinaba, mientras merendábamos, o a la hora de ir a dormir. Mi abuela es una de esas personas que consigue sacar un relato apasionante de una anécdota anodina. Sabe contar, sabe engancharte a sus palabras, sin artificios, sin teatralidad. Y creo que de ella me viene la voracidad por las historias, aunque no haya heredado su capacidad para contar.

No recuerdo cuándo empecé a leer, pero desde siempre me recuerdo con un libro al lado. En el autobús del colegio, en el recreo, en el parque, leyendo a escondidas por las noches pese a las protestas de mi hermano para que apagara la luz.

A veces vuelvo la vista atrás e intento descubrir los hilos que me fueron atando a los libros, por si puedo reproducir las puntadas, como mediadora de lectura que soy, como recomendadora, como librera. No lo consigo. Sólo consigo recordar sensaciones que todavía me asaltan ahora, cada vez que leo un buen libro. Y me tengo que conformar con intentar compartirlas, hablando de lecturas y de libros.

Juan Mata, este verano, nos obsequió con una serie llamada Voces primordiales, cuatro capítulos, en que «Quisiera ir ofreciendo en las próximas semanas algunos testimonios de escritores/lectores acerca de la influencia que sus padres tuvieron en sus deseos y gustos por la lectura. Me parecen oportunos en estos días en que el tiempo parece dilatarse, en que la proximidad se hace más íntima y duradera. Espero que les gusten y les haga pensar o quizá recordar.»
Y por allí pasaron las voces de Soledad Puértolas y del cuento que le contaba su madre cuando estuvo ella enferma a los tres años, y esa gallina petirroja que se quedó para siempre en su memoria, aunque aún no supiera qué significaba semejante adjetivo, «petirroja», y que la ligó para siempre a la lectura; o la del premio Nobel de Literatura Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que «[a]l cabo de los años seguirá recordando la deuda con la voz paternal»; o Bertrand Russell que nos habla de cómo su abuela, leyéndole, pero también ejerciendo de censora, le condujo a la lectura.
¿Y por qué dejo para el final el número tres de los cuatro capítulos de la serie que nos ofreció Juan Mata en Discreto lector? Porque ahí «se tornan los roles y ahora es el hijo el que lee. Los padres actúan en este caso como receptores en vez de donantes. Pero si bien hay una alteración de las funciones no cambia el sentido del ritual: la lectura como un hilo invisible que anuda al niño con sus progenitores. El respeto y el aliento hacia los libros siguen siendo de la misma naturaleza, aunque se manifieste ahora de un modo distinto, aunque modifique el cometido de cada uno de los protagonistas.» José María Merino lee a sus padres. Les lee lo que estos le piden, y ve el efecto que las palabras tienen sobre ellos.

Yo, como la Maga Colibrí, como Juan Mata, como tantos, siempre he intentado hilar fino para que mis hijas pudieran recibir el preciado regalo que a mí me hicieron: el disfrutar de la lectura, el ser un letra-ferit.

En una familia en que los libros abundaban en todas las habitaciones —el salón, las nuestras...—, en que los abuelos, sobre todo el abuelo, contaba historias de sitios exóticos —qué hay más exótico para un niño de ciudad que las historias de un pueblo y un río y perros que viven sin atar, y una madre y hermanos que parten a la ciudad a los doce o trece años—, en que los cuatro hermanos hacíamos funciones a nuestros padres, o nos juntábamos con otros amigos y les hacíamos a los adultos teatro de marionetas, o entre nosotros y nuestros padres contábamos cuentos y escribíamos un periódico cuando nuestro padre se iba de viaje para que no se perdiera ni una noticia importante: «Fran ha aprendido a tirarse de cabeza» (el primero), «Hemos ido a ver la película de La Bella Durmiente y Javier y Ana se han tenido que salir» (por el miedo, claro) y otras cosas importantísimas.

Así, aprendí que no era solo leyendo o cantando nanas o hablando, que sí, que claro, que también. Es escuchando cuando ellos nos cuentan o nos leen o nos cantan o nos imitan, porque al principio seguramente nos cuentan un cuento muy parecido al que le hemos contado. Y nos piden el mismo cuento o la misma nana o la misma poesía una y otra vez. Y, cuando cogen las marionetas, nos encontramos con que la función representa una historia en que la poesía se dice tres o cuatro veces. Poco a poco, sin embargo, empiezan a elaborar historias más complicadas y autónomas de las que conocen.

Llega un momento también, en la lectura, en que, además de leer lo que les recomendamos y lo que les compramos, nos piden un libro y nos lo recomiendan. Entonces, nosotros lo leemos y lo comentamos con ellos. Y descubrimos que su personalidad les inclina hacia uno u otro estilo, hacia un tema u otro.

Marta y yo siempre hemos intercambiado impresiones de libros y este no es el primero que me recomienda. Pero sí es de los que ha descubierto ella sola y de los que más le han gustado: Marta me recomendó Mary tempestad, de Alain Surget, en Marenostrum.

Y Laura. Laura, que me preocupaba porque no se enganchaba a la lectura. Laura, que no sé por qué no tengo paciencia a pesar de que cada una gateó a una edad diferente, cada una empezó a hablar a una edad diferente. Laura, al fin, fue más allá de leer libros finos y cortos. Me recomendó El pan de la guerra, de Deborah Ellis, en Edelvives y me pidió, bueno, se lo pidió a su abuelo, que es infalible (todo lo consigue), la segunda parte: El viaje de Parvana.

Y ¿qué quiero decir con esto? ¿Qué quiero compartir? Que da fruto. Que esa forma de compartir de la que hablamos la Maga Colibrí en Cosas de la Maga , Juan Mata en Discreto lector, las voces primordiales que recoge, Darabuc en sus blogs encabezados por Darabuc, Jorge Gómez Soto en Literatura infantil y juvenil actual, Kareche en Leer por leer, Pedro Villar en Cuaderno de Apuntes y tantos otros, que esa forma de estar con ellos, los niños, desde el principio, cuando «aún no hacen nada», según algunos —qué poco les han mirado, ¿no?, si cambian de un día para otro, si son un mar de gestos—, con las nanas y las rimas, incluso con las historias que les contamos; y luego, cuando les leemos libros de poesía o de aventuras o de fantasía; más tarde, cuando no les abandonamos ante el libro, sino que lo leemos a medias, o nos leen o les leemos, sin renunciar al placer de contar y que nos cuenten, esa ansia de todos por escuchar... Y cuando ellos crean una historia, o nos recomiendan una, entonces, qué maravilla saber que la lectura es algo que nos es común, que nos hermana porque disfrutamos.

No sé si ustedes tienen hijos o no; ni siquiera sé si tienen niños cerca, pero les puedo asegurar, ahora sí, ya, por fin, desde la experiencia, que todo lo que sembramos luego crece. Merece la pena, no solo por lo bien que se pasa, no solo por oír las risas de un niño pequeño, no solo por ver la cara concentrada y la boca abierta; merece la pena también porque se contagia. Y hay pocos placeres en este mundo que puedan contagiarse de una forma tan sutil y con tanta recompensa anticipada: habremos disfrutado nosotros todo el tiempo; ellos disfrutaron también y ahora nos seguirán haciendo disfrutar y, quién sabe, puede que en el futuro, sepan hacer disfrutar a otros, a niños, que nunca, jamás, deberían tener puertas cerradas a nada que no sea el sufrimiento. Abrirles puertas a lo bueno, esa obligación es nuestra.

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lunes, 14 de septiembre de 2009

Nuevo libro y nueva colección en Editorial Libro de Notas: Isabel y los monstruos luminosos


Cubierta de Isabel y los monstruos luminosos,
de Alber Vázquez

Hace poco leía en el estupendo blog de Jorge Gómez una entrada en la que Ana María Matute se lamentaba de que «[l]a literatura infantil hoy en día [fuera] una pena»; lo achacaba, sobre todo a que estaba constreñida por lo políticamente correcto.

Un poco antes leía, en otro post, esta vez en el también estupendo blog de Darabuc, cómo la acumulación de asesinatos, morbosidad y sangre; «el mero hecho de usarlos no concede valor a una novela. No la hace más "valiente" ni más "libre"; tampoco más eficaz».

Sobra decir que no comparto la visión apocalíptica de Ana María Matute (texto completo de la entrevista): creo que tiene razón al decir que lo políticamente correcto aliena la literatura —y no solo la LIJ—, pero considero que, menos mal, hoy en día no todo el mundo, no todos los autores ni todos los editores claudican. Como hay muchos libros publicados (se dice que se publica demasiado; quizá eso genere ruido, pero yo nunca diría que se publica demasiado mientras siga sin encontrar libros hoy en día descatalogados, aunque creo que esto es otra historia, o tema para otra entrada; centrémonos); bien, como hay muchos libros, encontraremos versiones adaptadas incluso de los clásicos de cuentos para darles ese sello de corrección política o, lo que es lo mismo, suficientemente asépticos y apropiados a tan tiernas edades como para que el adulto no tenga que explicarle nada al niño, al que se toma como un ser algo tonto o al que hay que tener entre algodones, y pueda dejarlo solo con el cuento, amén de que ninguna minoría o mayoría se verá ofendida ni protestará por cómo sale reflejada por el autor, aunque esto obedezca a la época en que este viviese (pueden ustedes acercarse al cómic de Tintín en el Congo, por ejemplo, con cita previa, en la última biblioteca del estado de NY en que hasta hace un mes aún podrían consultarlo en libre acceso). Pero precisamente como hay muchos libros publicados, si uno quiere hacerse con los cuentos de Andersen o de Grimm traducidos pero no adaptados, en que se recojan los prejuicios y rasgos de la época que los contagiase y que dan mucha más vida a los libros y a los personajes, tiene varias editoriales donde hacerlo, varios ejemplares en las bibliotecas, y en las librerías, por supuesto.

De pequeña, perdonen el inciso de mis batallitas, yo conocía La Cenicienta en la versión de los Hermanos Grimm, no en la de Perrault. Cuando en el colegio nos contaron el cuento, siguiendo a Perrault y no a Grimm, yo levanté la mano y dije que no era así. «¿No?», preguntó la profesora, «¿nos cuentas cómo es, Ana?» Y ahí me lancé yo desde el principio al fin a contarles que el papá le traía una rama y ella la plantaba en la tumba de su madre; que unas tórtolas venían a vivir al árbol y le concedían lo que deseaba, pero no todo, porque si no, habría deseado que se murieran todos, incluido su padre, que dejaba que la madrastra y las hermanastras la trataran fatal, y habría deseado que su madre volviera a estar viva. Y bueno, que cuando la hermanastra se probaba el zapatito de oro se cortaba el dedo y, al pasar por delante de la tumba y del árbol, las tórtolas avisaban al príncipe del reguero de sangre y de la falsa princesa; la segunda se cortaba el talón, y le volvían a avisar; y entonces pasaba Cenicienta y cantaban que ella sí era la verdadera princesa. En la boda, cada hermanastra iba a un lado de la Cenicienta, y entonces venían las aves a picarlas los ojos; se cambiaban de lado y les picaban los ojos de nuevo y se quedaban ciegas para siempre.

«Bueno», dijo la profesora mientras mis compañeros quedaban con la boca abierta, «esa es otra versión del cuento, efectivamente. Ana nos ha contado la versión de los hermanos Grimm y nosotros habíamos contado la de Perrault. Esto pasa con muchos cuentos. Nosotros nos quedamos mejor con el cuento en el que la Cenicienta perdona.» Yo levanté de nuevo la mano: «¿Sí, Ana?» Le expliqué a la profesora que era mejor que las castigasen, a las hermanastras, y que lo malo era que no castigasen a la madrastra y al padre también.

No sé si llamaron o no a mis padres, no lo creo, yo era una niña muy buena y no daba ningún problema en el colegio. Pero que me dieran gato por liebre, por mucho que el gato lo firmara Perrault, que me hicieran tragar que una niña que había estado desamparada tenía que aguantar que nadie hiciese justicia, eso era demasiado.

Ahora, de adulta, a mis hijas les leo y dejo que lean las versiones que quieran mientras no empobrezcan el texto: prefiero que el «Libro de Job» lo lean conmigo o lo lean más adelante a que lean solas una cutre adaptación que no significa nada; pero no me empeño en que en los libros el mundo o los temas se reflejen en toda su crudeza. He llegado al ten-con-ten de saber que hay autores que quieren enviar un mensaje y otros que no tienen la más mínima intención de hacerlo. Sé, hoy por hoy, que la doctrina, el adoctrinamiento, lastra un texto, pero el mensaje no. Un libro bien escrito está por encima de la intención de su autor. Los zapatos rojos, de Andersen, sigue siendo un cuento maravilloso y de verdadero terror, y no hace falta compartir esa moral puritana de que está contagiado para disfrutarlo, ni a nadie se lo estropea; ni tampoco el genial Pinocchio, de Collodi.

Y estoy con Darabuc en que el miedo, muchas veces, es «eficacia narrativa», y de que tal «eficacia no depende de matar o no matar, sino de cómo y cuándo se mata».

En este sentido, mi hija mayor, me advirtió de un fragmento de Tobi Lolness —la historia de cómo llegaron los dos libros a casa también es materia de otra entrada, supongo— que, me dijo, «te va a impresionar, mamá». Es cierto, me impresionó: fue el único detalle verdaderamente perverso que descubrí en el malo del libro, Jo Mitch; cuando encuentran la chaqueta de W. C. Rolok, uno de sus secuaces, momentos después de que este haya dejado que se escape Tobi y haya quedado en ridículo, y, cuando le preguntan si le suena, Rolok dice que sí, Jo Mitch dice que no:
—¡Por favor! —gimió Rolok—. Entonces ¿quién soy yo? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi nombre?
Jo Mitch se volvió y respondió:
—Truco.
Una sola palabra había bastado. Rolok estaba perdido.

(Supongo que tendrán ustedes que leerlo para apreciar la crueldad. La crudeza de ser Truco nos la describe el autor poco antes, en el mismo capítulo, en la p. 126.)

Bueno, creo que tengo que ir acortando, porque ustedes saben que yo tiendo a explayarme, y realmente lo que quería era también, con toda esta introducción a la LIJ, a la verdadera LIJ sin adaptaciones castrantes, presentarles el primer libro de la nueva colección de la Editorial Libro de Notas: es la Colección LIJ. El primer título es Isabel y los monstruos luminosos: una novela de terror juvenil. Sí, sí, así como suena: de terror. Claro, ustedes pueden leerla antes y, conociendo a sus chicos, optar por leerla juntos, esperar a que tengan algunos años más o dejar que la lean y comentarla luego (en mi caso, mis hijas la han disfrutado, pero debo reconocer que yo soy más miedica que ellas). Tengan presente que a veces no todo lo que tememos se esconde en la oscuridad y que hay trucos que siguen sirviendo aunque nos hagamos mayores, como ese de cerrar los ojos para esconderse de alguien cuando uno es pequeño: ¿que no lo han hecho nunca? ¿De verdad no han pasado miedo en la cama y, a falta de poder huir, no han cerrado los ojos con fuerza con el corazón palpitándoles tum tum tum en los oídos? Entonces es que no han pasado miedo de verdad.

Tengo el honor de dirigir la nueva colección, así que no me pidan que sea muy objetiva —tampoco me pregunten cómo es que el equipo entero, con Marcos Taracido a la cabeza, confía tanto en mí, por favor—. Lo cierto es que, este primer título Isabel y los monstruos luminosos, escrito por Alber Vázquez, ilustrado por Chicho y maquetado por Óscar Villán, a mí me ha resultado verdaderamente refrescante, y me parece, además, que ha quedado estupendo.

En Libro de notas, en Editorial LdN y en Librería LdN tendrán noticias de él en un par de días, y acceso a la versión digital (solo se les pide 1 euro si les ha gustado, aunque son ustedes libres de donar más, si son millonarios filantrópicos en busca de buenas causas :-)). Ah, en Bubok estará en papel: las ilustraciones se han pasado a blanco y negro para que ustedes no se arruinen; si es que estamos en todo.

Pues hala, a disfrutarlo con tranquilidad.
Que ya hay otros dos títulos en marcha en la misma colección :-)

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viernes, 7 de agosto de 2009

Un libro imprescindible: Quiet (Quieto)


El 24 de julio, mientras Vicente y Marta seguían haciendo Carros de Foc, fuimos a Esterri d'Anéu y Laura se compró una pamela. «No sabés lo bien que le quedaba la pamela a la niña», contaba con acento argentino, rememorando un chiste.

Luego, en la librería papelería, por fin di con el libro que andaba buscando: Quiet, de Màrius Serra, en Empúries. No lo había comprado en Anagrama aposta para leerlo en catalán y, sabiendo que en verano vendríamos a Lleida, pensé que qué mejor excusa para comprarlo aquí.

Sabía de él por el blog de Libros y bitios de José Antonio Millán, que es una fuente, siempre, de hallazgos y reflexiones.

Conocía Verbalia y Verbalia.com —el enlace lleva a una de las mejores reseñas que he leído sobre los libros «lingüísticos pero no admitidos por los serios lingüistas en tal categoría» que escribe Màrius Serra, aparte de los literarios— y el sitio verbalia.com, que sigo visitando en español y en catalán, y a veces me cuelo hasta en italiano, aunque ahí sí que no me entero más que del palíndromo del día :-)

Había leído Patraña (Farsa, en el original: nunca entendí muy bien por qué tradujeron el título como lo tradujeron, porque «farsa» en castellano hubiese quedado igual de bien, supongo, incluso mejor, ¿no?) y, al encontrarme con varias páginas en blanco, escribí a Màrius: sabía que le encantaban los juegos: ¿era aposta o era una errata de una tirada de la editorial? «No, me dijo, no es un juego, ve a que te lo cambien.» Ya decía yo, porque por muchas vueltas que le daba, no le encontraba al juego ni pies ni cabeza: todo juego tiene una pauta, ¿no? Claro que yo, muchas veces, no logro dar con la pauta del juego. La adolescencia, a veces, es la búsqueda de las pautas del juego social, y ¡vaya si cuesta hacerse con ellas! Cuando menos te lo esperas algo hace clic y todo encaja, como si la pieza del engranaje, la pauta, la incógnita de qué hace que la serie vaya hacia ese número concreto y no otro, el sistema... hubiese estado allí siempre y por fin todo pudiese funcionar, y entonces no hay que esforzarse ni retorcer nada: todo va rodado, suave, como la seda, solo, sin que uno tenga que pensar, sin darse cuenta.

Debe de ser muy duro que de nuevo la pauta desaparezca de debajo de los pies, que el terreno conocido y amado se vuelva, ya de adulto, un enigma que parece no responder a ningún sistema, en el que el número que sigue la serie no puedes preverlo, ni tú ni tu mujer ni los médicos ni nadie. De eso, en parte, trata este libro: Quiet, Empúries, 2008 (Quieto, Anagrama, 2008)

Lluís Serra Pablo, Llullu, el hijo de Màrius y Mercè, el hermanito pequeño de Carla, es diagnosticado —no del todo, porque los médicos tampoco conocen exactamente ni tanto algunas patologías— con una encefalopatía grave, no filiada. ¿Qué supone eso? Que Llullu no se puede mover, ni siquiera sujetar su cabeza; que traga con dificultad; que tiene unos ataques epilépticos; que es completamente dependiente.

Vale, pero, por encima de los síntomas, de las etiquetas, «[e]l Lluís és el nostre segon fill. Té unes necessitats una mica peculiars, però això només significa que estem més pendents de la seva fragilitat. A Quiet, he buscat una forma narrativa d’explicar l’ambivalent estat emocional que provoca tenir un fill que no progressa adequadament. Un estat sovint exposat als fiblons del dolor, però en el que predomina la joia i un cert embadaliment. M’ha semblat que la millor manera de fer-ho era rescatar escenes concretes fixades en la memòria i posar-les en moviment. Records refulgents. I he pretès, alhora, compondre un mirall.» (p. 7, «Prefaci»)

Y este libro tiene varios fines, o varios logros: uno es que, sin dejar de desear que su hijo sea normal, que, al menos, pueda comunicarse con él o con su madre o con su hermana, sin dejar de tratar de que ocurra un milagro, incluso vendiendo su alma al diablo, sobre todo en «Senyals» (pp. 23-28) y en «Distinció»:

—Tu creus que el president Companys hauria canviat l'anhel d'una Catalunya independent per no tenir un fill esquizofrènic?
La pregunta em sobta, però no en puc pescar la resposta, perquè els dos interlocutors s'aixequen i marxen del meu camp auditiu abans de treure'n l'aigua clara. Em miro el meu Lluís i li responc jo.

—Jo sí, xaval. Si cal em faig legionari —dic, encara sota l'influx de la nostra desfilada triomfal Escorial avall—. Em faria del Reial Madrid i tot, si servís d'alguna cosa.
(p.43);

Llullu es querido e integrado de la forma más normal posible en la vida de la familia. Se hace querer, por cómo lo quieren, por cómo lo querríamos si fuera nuestro hijo: como Màrius, nos haríamos legionarios o del Real Madrid (ponga cada uno el equipo rival de fútbol, si es que es forofo, o aunque no lo sea), e incluso iríamos a misa todos los domingos si recibiéramos una señal, la que sea (p.27, «Senyals»), si aquello pudiese cambiar algo, un mínimo, en la vida de Llullu: que nos sonriera, que nos llamase «papá» o «mamá», que tuviera aunque fuera una lengua inventada para comunicarse con nosotros. Pero mientras, sin perder ese horizonte, la familia entera disfruta y aprovecha la vida, con toda su alegría y su fuerza. La señal no llegará en San Pedro del Vaticano: pero que Lullu empiece a empujar y haya que cambiarle el pañal hará sonreir a su padre.

Este es otro logro: el humor, que está presente casi siempre, menos cuando la tristeza lo invade todo. Así que los recuerdos están salpicados de escenas fenomenales: aquella vez en que Carla descubre que su hermano es un Very Important People, o cuando el mensajero viene a recoger muestras de heces y se lleve la mierda tan lejos (de Barcelona a Kansas) por prescripción médica, o la vez en que una de las sobrinas de la novia de Llullu se queja de que uno le está contando a Llullu secretos al oído y él no se los cuenta a ella...

Y, a la vez, Màrius no nos escatima recuerdos dolorosos o entrañables, recuerdos en que hay gente que no actúa como él lo haría pero se merece todo su respeto, recuerdos de escenas desagradables y gente cuyo comportamiento nos provocaría vergüenza o rabia si no fuera porque Màrius la identifica, nos la describe y, teniendo toda la razón de su parte, logra echarla: «En aquella mirada criminal m'hi reconec. [...]» («Ràbia», p.79 y ss.)

Otro es ver correr a Llullu, ese deseo que primero es una carencia, un vacío que se clava en el corazón de Màrius cuando, en un camping con su familia y su sobrino, ve cómo este, pequeñajo, sale con la pandilla a bailar y luego se va corriendo, que materializa de golpe y porrazo, no de una forma racional (eso ya lo saben), sino como cuando uno al fin ve el dibujo escondido que hay en una de esas ilusiones ópticas en que se pueden percibir dos (por mucho que te digan que hay un conejo, si solo ves el pato, hasta que no ves el conejo, aceptas racionalmente que se percibe igual de claro, pero no lo experimentas), que Llullu nunca va a ser capaz de correr, nunca. Así, en «Córrer», en la p. 49, Màrius nos cuenta cómo «[tomba] el cap per seguir la fugida de l'Oriol, i tant la Mercè com el Lluís queden situats rere el meu clatell, aliens a les llàgrimes que ja ragen galtes avall. Perquè ara, en veure com corre l'Oriol, encara m'obsedeixo més amb la idea clara que el Lluís mai no ho farà. I mira, que no sapiga ballar country, doncs, encara té un passi. Perquè, a última hora, això del no-rompas-más-mi-pobre-corazón no deixa de ser una horterada i d'aquí a quatre dies ningú no ho recordarà, però que no sàpiga córrer amb l'elegància desmanegada que ara mateix exhibeix el meu nebot Oriol ja és una altra cosa. Això sí que és una malvestat que ningú hauria de tolerar. Una veritable putada. (...) i les llàgrimesem sobreïxen, m'inunden les galtes, ragen avall i em taquen la samarreta del Correllengua que aquest matí m'he posat.»

Luego, con el encuentro casual de los «petits blocs rectangulars (...) [de] cine de mano [que] reprodueix[en] grans escenes del cinema a través de fotogrames succesius. Només cal fullejar-los amb una certa velocitat per reproduir-ne les escenes en moviment, com en un zoòtrop. Després he sabut que se'n pot dir foliscopi, i que l'americà Hermann Casler el va batejar amb un nom més inquietant: mutoscope. (p. 51, «Voler»), la idea de verlo correr empieza a abrirse camino hasta que por fin, en «Eternitat» (pp. 145-148) nos cuenta cómo logran, Jordi Ribó (su amigo fotógrafo), Miquel Llach (el diseñador), Mercè (mamá), Carla (la hermana mayor), él mismo y Llullu montar el foliscopio de Llullu que corre: «Un empelt tan reeixit que fins i tot tindrà versió animada en Flash perquè el puguem verure córrer a la pantalla de l'ordinador, mentre sona la banda sonora de Charriots of Fire.» (p. 148)

En el libro, pasando las páginas rápido, Laura y yo lo vemos correr, al Llullu, sin banda sonora —aunque yo la tarareo un poco—. Luego, las paso lentamente para leer lo que Màrius imagina que Llullu dice. Y la primera frase me golpea: «No me'n recordo pas, de com es diu la mare.», y la segunda, y luego; pero, de pronto: «Com que no me'n recordo de res, tampoc no me'n puc oblidar». Es la magia de las palabras y Màrius se la presta a su hijo, y a su mujer, y a su hija, y a todos, y a sí mismo, y a nosotros los lectores. Porque entonces, Llullu, dirá: «No m'en puc obliar pas, de la mare, ni de com es diu, ni de la seva veu vellutada, ni dels seus braços suaus que m'escalfen quan tinc fred, ni de la seva rialla de nena eterna, ni de la pau que em dóna cada cop que em disparo, i no puc oblidar ni olvido que m'estima, encara que no entengui les seves paraules d'amor». Y todo lo que no puede olvidar, con una ternura enorme, con un humor genial, agradeciendo a veces que su pudor no le haga sonrojarse, va siendo enumerado por Llullu y nos emociona. Y al final, el ingenio verbívoro y lingüístico y la poesía, de la mano, con su hijo:

Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.

Qui recorda, oblida.

Qui oblida, no recorda.

Qui no recorda, no oblida.

Estimo, però no ho recordo.

M'estimen, i no ho recordo.

Mai no cauré en l'oblit


El libro consigue transmitir la alegría de tener a Llullu, y el amor que le tienen, de tal manera que se contagia. No se lo pierdan, en catalán o en castellano.

[Quise escribir esta reseña, y la hice a mano, allá en Lleida, en una fecha normal y corriente. Dos días después de comprar el libro, sin embargo, vi en La Vanguardia una noticia y una foto que me hicieron pensar: vaya, ¿pues no hay una reseña de Quiet? No, era el anuncio de que Llullu había muerto el día 24 de julio de 2009, con nueve años. Malditas casualidades.
Agradezco a Darabuc su ayuda con algunas cosas que se me escapaban en catalán.]

Un libro imprescindible: Quiet (Quieto)SocialTwist Tell-a-Friend

viernes, 17 de octubre de 2008

La invasión de los come-comentarios




Hay un estupendo blog de un ilustrador (y dibujante o pintor... o diseñador...; creo que realmente trabajan en varias cosas pero su genio se expresa en más) llamado Nacho Gómez o Nemo que yo he conocido por el blog de Darabuc y que es Estrellas y caracoles. Sus ilustraciones y dibujos son realmente bonitos, inquietantes algunos; muchos se unen con un breve texto y se alzan como cuentos completos. Hay ¿dibujo? o ilustración digital, preciosa, la verdad. Pero mi favorita es la sección Moleskine, en que vuelve al dibujo manual, con acuarelas y con lápiz; supongo que también con tinta, no entiendo mucho hasta qué punto con acuarela se puedan definir tan bien las siluetas: no es lo mío la ilustración ni las técnicas. No se los pierdan.

Bueno, pues este ilustrador tiene la culpa de un fenómeno que se extiende y que comenzó con un simpático dragón al que sorprendíamos comiéndose las palabras y cuyo cartel decía: «Un blog se alimenta de... ...tus comentarios». Lo descubrí, cómo no, en Darabuc, literatura infantil e ilustración, pero luego he venido encontrándomelo aquí y allá por toda la blogosfera, en distintas lenguas.

Decidí ponerlo en este blog y, cuál no sería mi sorpresa, cuando descubrí que llegaba justo en el momento del nacimiento de una nueva criatura alienta-comentarios y come-comentarios: Comentariófago Stelae. Así fue como se coló ella en el lugar de mi dragoncito. No pude renunciar a este y lo puse más abajo.

Ahora, gracias a los feeds, veo que Nacho ha traído al mundo a JellyYellow: soy tan incapaz de resistirme a sus encantos como de renunciar a los de las dos simpáticas y glotonas criaturas que vinieron como huéspedes queridos y se han apropiado de este blog con mucho más derecho sobre él que yo. Así que, otro glotón se une al grupo.

Nacho, además, ofrece un montón de lenguas; vamos, que estos bichos son capaces de comerse las palabras en todos los idiomas, por supuesto, pero invitan a dejarlas en las lenguas más cercanas: Nacho los ofrece en castellano, catalán, gallego, euskera, francés, italiano e inglés, y de forma completamente gratuita.

Cada vez los veo por más sitios y me encanta encontrarlos, inocentones y desinhibidos, algo aprovechados de nuestra forma de expresarnos en aquello de saciar su hambre, en perfecta simbiosis con los blogs y las webs a los que sí gustan de oír a sus visitantes, letrófagos glotones regordetes. Si hasta me da pena no publicar más y no tener más visitas para que engorden los pobrecitos que me han adoptado —inocente de mí, creí que era yo quien los adoptaba—. Ah, son leales como pocos: creo que comerían más en otros sitios y, sin embargo, no me han abandonado.

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sábado, 13 de septiembre de 2008

Se nos fue Ana Pelegrín.

Fuente de la imagen: weblitoral.com/entrevistas/ana-pelegrin/


El once de septiembre de 2008 se nos ha muerto Ana Pelegrín. Era una maravillosa entusiasta de la poesía y la acercaba a niños y chicos.

En el estupendo blog Compartiendo lecturas... con los chicos reseñé una vez su antología Raíz de amor. Pueden ustedes leerlo en esta entrada. Y si no lo tienen, háganse con él, les gustará, a ustedes y a sus chicos.

Pero no es el único que Ana Pelegrín antologó, ni lo único que nos dejó. Investigó la tradición oral y la amarró al texto para poder transmitirla a grandes y niños, fue tan estudiosa como difusora de la poesía y la palabra.

Creo que vamos a ser muchos los que la echemos de menos. Darabuc le ha dedicado una entrada en su blog de Literatura infantil e ilustración, él, que tanto gusta de la poesía, que es poeta: Para Ana Pelegrín. El gurrion (¿Mariano Coronas Cabrero?) recuerda a Ana, su trabajo y su amistad en «La flor de la maravilla» todavía brilla... en recuerdo de Ana Pelegrín.

Si quieren oírla hablar a ella, con ese dulce deje argentino, vayan a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a disfrutar de cómo explica ese mundo de poesía entre el que vivía y que logró hacer llegar a tantos.

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martes, 1 de abril de 2008

El placer de leer de niño, y luego, y luego...


Mañana, día 2 de abril, es el Día Internacional del Libro Infantil; en tal fecha porque se conmemora el nacimiento de un tal Hans Christian Andersen, patito feo según algunos, maravilloso cisne según otros, pero conocido por niños y mayores, tanto que a veces sus cuentos se consideran de nadie y a él se le atribuyen otros o ninguno en concreto.


Y es que a menudo las historias o las poesías o los personajes cobran vida propia y se escapan de sus dueños primeros, se van de la mano de los pequeños lectores, en sus sueños, y allí crecen, cambian, los ven crecer y cambiar a su vez.


Jacques Prévert tiene una preciosa canción para los niños que creo que se titula «L' Hiver (El invierno)». Cuando yo era pequeña, nosotros no cantábamos a Prévert, ni «L' Hiver», sino «Le bonhomme de neige (el muñeco de nieve)», que nos hacía reír y llorar a la vez, tan absurda era la historia de la canción:



Dans la nuit de l’hiver galope un grand homme blanc,

c’est un bonhomme de neige avec une pipe en bois,

un grand bonhomme de neige poursuivi par le froid,

un grand bonhomme de neige poursuivi par le froid.

Il arrive au village, il arrive au village.

Voyant de la lumière, le voilà rassuré.

Dans une petite maison, il entre sans frapper,

dans une petite maison, il entre sans frapper;

et pour se réchauffer, et pour se réchauffer,

s’assoit sur le poêle rouge et d’un coup... disparaît!,

ne laissant à sa place, au milieu d’une flaque d’eau,

ne laissant à sa place que sa pipe et son vieux chapeau...



(He aquí una versión de cómo percibíamos la historia, entre el miedo del principio amenazante, la risa que luego nos causaba un muñeco de nieve con frío, la pena del destino absurdo de la contradicción de ser lo que no se puede, materializada en una pipa y un viejo sombrero:

«En una noche de invierno un gran hombre blanco corre como alma que lleva el diablo: es... un muñeco de nieve con una pipa de madera, un gran muñeco de nieve perseguido por el frío.

Llega al pueblo y, viendo que hay luz, se calma. Entra sin llamar en una casita y, para calentarse, se sienta sobre la estufa ardiente: ¡puf, se esfumó! En un charco de agua, no queda de él más que su pipa y su viejo sombrero.»)


Año tras año llegaba el invierno; año tras año cantábamos, entre otras, la historia entre graciosa y triste del pobre muñeco, pero dejamos de cantarla mucho antes de saber que Prévert era el autor de tal canción. Y, en realidad, era nuestra, como tantas otras, como El patito feo con su genial venganza para un niño, o Los zapatos rojos y el miedo terrible y la curiosidad, mucho antes de que Andersen fuera su artífice.


Hace poco leímos a mis sobrinos e hijas —cuyas edades van de los cuatro a los catorce años— Ojobrusco de Darabuc, aprovechando que nos reuníamos todos, hasta los que viven en los EE. UU. Unos abrían la boca atentísimos; otros, antes de que terminásemos de narrar, ya estaban pidiendo ver el dibujo ( pero si se lo enseñábamos antes, durante y después) y comentaban la jugada... pero todos disfrutamos.


Bueno, pues atención con este y otros libros: son altamente peligrosos. Sí, de verdad. Los niños los hacen suyos, de golpe y porrazo, en cuanto ustedes se descuiden; hasta al autor se lo roban. Ratón y Ojobrusco pasan a entrar a su universo, donde ya estarán tantos más.


Cuando los niños llegan a adolescentes les pueden plantar actitudes como la de que quieren irse a vivir aventuras de mayores, en serio. No, no es que no vayan a estudiar, a negarse a hacer una carrera o lo que ustedes esperaban que hiciesen, no; es que después se van a largar, mochila al hombro, como Ratón, hartos del «día tras día [...]», y, no les pregunten, no, por más razones: «¡Aquello no [es] vida!».


Mi hija Marta se leyó el libro antes que nadie y me lo dio. «¿Qué tal?», le dije. Me respondió: «Me encanta». Pues es la mayor prueba de que libros como ese, incluso nanas que parecen inocuas, son peligrosísimos y sí trascienden a la vida real y cambian a la gente, o influyen mucho en ella.


Avisados quedan. Yo ya no puedo enmendar, a estas alturas, nada. Miren a ver qué hacen ustedes. Mañana es un día en que pueden optar por no llevar a sus hijos a las bibliotecas y no comprarles ningún libro; y, de paso, esconder los que haya por casa. Porque los encuentran, los leen, imaginan, viven de ellos, aprenden a soñar, y, cualquier día, además, maduran, les da por escribir, por leer libros que no conocemos, libros que conocemos y que no imaginábamos que leerían, o por volver a los libros infantiles —este es un síntoma grave de madurez extrema— y, mucho cuidado, por emprender el vuelo.





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