El precioso logo de la cabecera lo hizo Chicho, mi hermano pequeño, desde los Estados Unidos, y me lo envió. En este sitio se pueden ver varios álbumes de creaciones suyas. A mí me encantan. Este es el sitio oficial The Art of Chicho Lorenzo: más dedicado a cuadros.
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viernes, 27 de abril de 2012

¿Ha muerto realmente la literatura?

 En Oporto, la peque y yo, en una foto fuera de la famosa librería porque, dentro, te regañaban (de verdad) si hacías fotos.

[Creo que este post tiene, al menos, unos meses, pero sigue vigente para mí]

Leo en el blog de Joselu, en Profesor en la Secundaria, en La muerte de la literatura, que «La literatura es prescindible en el mundo que vivimos. No la necesitamos. Claro que habrá una minoría —muy minoría— de inadaptados que la seguirán leyendo. Allá ellos. Serán raros, anómalos, lo pasarán mal.». Me quedo pensando porque, de ejemplo, no ha puesto a Cervantes, ni algún gran libro de novela picaresca, no: ha puesto a Cortázar. El grandísimo Cortázar. Con sus cuentos, supongo, que es lo que a mí más me atrae de él —sí, más que Rayuela, El perseguidor fue el que a mí me explicó la vida, la literatura, la humanidad que compartimos ustedes y yo.

Sé que Joselu se ha formado leyendo, como yo. No igual, claro. Cada uno hemos llegado a la lectura de una forma distinta, como todos. Como todos ustedes.

Y ahora, la literatura no sirve, no hace falta en esta sociedad. Pues es cierto, de alguna manera.

Quizá haya poca imaginación. Quizá haya poco tiempo. No se sabe bien, ni lo sabe Joselu, pero lo apunta.
 

Leo algo, pero poco, absorbido por la tecnología. En consonancia observo que la mayor parte de los profesores defensores de las nuevas tecnologías en la educación, han dejado la literatura en un segundo o tercer lugar, casi irrelevante. Su dedicación a la informática es tal que su posible tiempo para la literatura, que es radicalmente absorbente, es próximo a cero. La complejidad del discurso literario entra en contradicción con la simplicidad de los tweets y la información rápida que abunda en la red. 

Y los alumnos que están enganchados a Tuenti, esos, que en teoría, leen mucho en la red —no me lo creo, ni siquiera son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hacían aquí, en Madrid— «Su capacidad de atención es mínima, su cerebro probablemente ha mutado hacia otros tipos de atención más selectiva que la que implica el lenguaje literario que, dicho sea de paso, exige un tiempo y una voluntad que no concuerda con la realidad que vivimos: frenética e incapaz de dejar ningún poso.»

Vale, yo sí compro libros. Y bajo libros de Internet para mi e-reader. Y leo. Leo mucho. Es más, si no leo algún día, de esos en que viene gente a casa o nos vamos por ahí, lo echo de menos. Pero, ¿no llenarían igualmente entre Twitter, los blogs que sigo —con marcadores dinámicos y en carpetas, sí, soy algo antigua en esto de los feeds—, los sitios web que me gustan, etc. el tiempo de lectura? ¿No tendría que sacar tiempo de donde no lo hay? ¿Por qué me extraña entonces que los adolescentes no lean casi —y no me vale eso de que leen en la red; si no son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hicieron, aquí en Madrid al menos, el mes pasado—, lean solamente los libros obligatorios?

Tienen tantas cosas que hacer. Viven conectados, con su BlackBerry o su IPhone, con su portátil o su netbook, con el teléfono tradicional incluso. Están siempre con sus amigos, en persona o vía las redes sociales, en el cole o en las actividades extraordinarias. Así no hay quien se aburra, quien reflexione, quien tenga una hora seguida de tiempo muerto. Y, si existe ese tiempo, lo dedicarán a estudiar, y los padres estaremos muy contentos y les daremos el visto bueno.
Pero ni Joselu ni yo nos hemos educado así: «En mi vida la lectura ha sido esencial. Me he pasado la vida leyendo y sigo haciéndolo.», cuenta Joselu; y yo me sumo a su afirmación. Entonces, ¿cómo serán las nuevas generaciones criadas al abrigo del Tuenti o del Twitter o del Facebook o de las series online o de la inmediatez de la conexión a Internet? Todos estamos de acuerdo en que no tienen por qué ser ni mejores ni peores personas. Pero, ¿se sentirán igual de humanos que nosotros? ¿Leerán las mismas cosas? ¿Servirá el canon para ellos? ¿Se perderán algo? ¿Ganarán algo? ¿Siguen teniendo imaginación o ya no?


A mi hija pequeña, la última lectura a la que le han obligado en el cole es Anillos para una dama, de Antonio Gala. Ni siquiera se puede descargar en la red: no hay tanta demanda como para subirla ni tanto fan como para compartirla; y no me extraña nada: es una porquería ñoña. Le he dicho que le hago una nota a su profe para explicar que en mi casa, a Gala, o lo descargamos gratis o lo cogemos de la bibllioteca —y ya está cogido hasta el 25 de noviembre—, pero mi hija no me deja. Ya he pasado por Marina, de Ruiz Zafón, y por La catedral, de César Mallorquí, y me he zafado, je; porque estaban disponibles en la biblioteca. ¿Qué enseñanza de la literatura es esta? No sé, ni me importa.


Como Joselu, yo, con dolor ya atemperado, renuncio a contagiar la lectura más allá de una determinada edad. Que lean, si quieren, lo que quieran, los que quieran.


Y, si no les da la gana, a partir de los catorce, como en las bibliotecas, que se busquen la vida, que todos lo hemos hecho. ¿Que no existía Internet?, vale, pero estaba la tele, o los amigos y las chuches y el estar en la calle, y el quedar en una cafetería o un pub.


El que quiera dejarlos sin lectura desde niños, allá él. El que los deje a su entero antojo en cuanto a leer, allá él, también.


Creo que Joselu provoca, pero también creo que analiza la función y el tiempo de la literatura en esta sociedad. Porque, no nos engañemos, los tempos han cambiado y eso se acusa.


Surge en mí otro tema distinto, derivado de este: la enseñanza de la literatura en los cursos de Secundaria, sin afán ninguno de fomentar la lectura. Por favor, los profesores de Literatura, que hagan su trabajo, como los de Matemáticas o Física o Economía o Geografía o Historia del arte, y que dejen a Gala abandonado en el arcén, que las obras de los clásicos tendrán que leerlas y aprender. ¿O acaso por miedo a frustrar al alumno dejan de hacerle aprender a resolver integrales o derivadas?


Yo, a un profesor, le pido sólo eso: que le enseñe.


La afición ya es cosa de la familia y del tiempo en el que vive.

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viernes, 10 de diciembre de 2010

Ya vienen los Reyes...


Una de las nevadas del año pasado, aprovechada para hacer un ángel de esos que hacen en las pelis norteamericanas por mi hija mayor.


Este diciembre me adelanto, cuando en realidad me atraso un año entero, desde el enero pasado, en que leí a Sánchez Ferlosio un artículo estupendo titulado «Televisión para niños», les recomiendo que lo lean, sigue vigente, por desgracia. Ese artículo me hizo acordarme de las cartas a los Reyes Magos de los niños de ahora (vale, no todos, menos mal): algunos ni siquiera escriben porque cortan las fotos de los juguetes y las cosas que quieren y las pegan en la carta; hay otros que sí ponen con su letra lo que piden: tras el consabido «este año he sido bastante bueno», llegan las peticiones: quiero el Super Mario Bros. para Wii, el volante, el micrófono de Hanna Montana, el Quién es quién de Disney, la linterna de Ben 10, la Barbie fashion morena, las zapatillas de fútbol de Nike que usa Ronaldo, etcétera, etcétera.

No, no crean que me molesta que los niños den a los Reyes tantas pistas. Ni que tengan tan claro que si el maletín de hacer pulseras que quieren es el de Hello Kitty no les valga otro similar o incluso más bonito. No es eso.

Es que no veo que ninguno haya pedido un caballo (a no ser que sea uno interactivo que tienen en el Toys R Us y que no es de verdad), ni un muñeco que se convierta en un homúnculo con vida propia, ni una pelota que siempre marque gol, ni un sombrero del que poder sacar todo lo que uno necesite en el momento justo, ni una bandera que señale cuándo hay peligro, ni una nevada increíble que obligue a cerrar el cole, ni una luz que brille a distancias desmesuradas y pueda iluminar la noche oscura de un amigo que se ha ido a vivir lejos lejos, ni...

Todas esas cosas, y otras tantas, las pedía yo junto a disfraces, cuentos, barriguitas, muñecas, coches, grúas y demás.

¿Qué ocurre con los niños? ¿Qué les pasa? ¿Acaso crecer entre tanta ficción y tanta magia les ha hecho anclar sus pies a la tierra? ¿Es que no piden la luna porque no saben que existe? ¿O es que les sobra porque no tiene un copyright que podrán lucir como logo más que marca, como explica Rafael Sánchez Ferlosio?

Y ¿los padres? ¿Se murió su imaginación, que no echan de menos que los niños imaginen? Se quedaron en traer el catálogo de juguetes del sitio más a mano para que el niño ponga las pegatinas de «me gusta esto» como si estuviese en Facebook, y los papás no lo encuentran extraño, no, lo ven facilitador y cómodo.

Pero qué pena, ¿verdad?, tener que buscar con lupa en la lista de los niños hasta encontrar algo que no sea un producto comercial.

A ver si conseguimos devolverles a esa cabecita toda la magia que ellos llevan dentro. A ver si este año les contamos que el catálogo se perdió, pero que hay tantas cosas que uno puede ansiar y desear, y que este es el mejor momento para pedirlas, porque los Reyes, y Papá Noel, son todos magos.

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lunes, 23 de marzo de 2009

La Hora del Planeta: los días de marzo (poesía y teatro)



Así, en plan «un, dos, tres, responda otra vez», días señalados en el mes de marzo. El primero que le sale a todo el mundo es el Día de la Mujer (Trabajadora, añadían antes; creo que lo quitaron por redundante), el 8 de marzo. Pero aquí en España le sigue por muy poco el Día del Padre, el 19 de marzo, y más que por los papis, porque terminan las Fallas; vamos, en Valencia, de hecho, el mes de marzo es el mes de las Fallas, dejen a un lado la mujer o la poesía.

El Día Mundial del Consumidor, al parecer, es el 15 de marzo: aquí en Rivas Vaciamadrid organizaron unos talleres lúdico-educativos, castillos hinchables, cuentacuentos y títeres, para empezar desde bien chiquitos a aprender a consumir, supongo, con cabeza; ah, y había regalos para los asistentes —hombre, me hizo gracia eso de tener que recurrir al cebo del consumismo, con los castillos hinchables y los regalos, para precisamente exponer los riesgos, derechos, privilegios y responsabilidades del consumo, pero debe de ser que si no, no hay público.

Este año —puede ser que otros años también; aunque yo no recuerde que fuese en marzo, sí recuerdo algo de apagones— tenemos horas, además de días: nada más y nada menos que la Hora del Planeta, el sábado 28 de marzo, de 20:30 a 21:30 (UTC +1, hora en España). Lo que usted puede hacer, aparte de apagar las luces y aparatos eléctricos —yo no les aconsejo apagar su refrigerador, pero, ustedes mismos—, lo pueden consultar en el enlace. Para los niños, se proponen diversas actividades; hay un par, entre ellas, que, de paso, les pueden servir para celebrar también el Día Mundial del Teatro, que es el 27 de marzo —sí, sí, menudo mesecito—: una representación cuyos personajes son las víctimas del cambio climático, para la que WWF ofrece las caretas y un guión, aunque del guión a una obra, va un largo trecho; pero con imaginación y niños de por medio, siempre se puede uno divertir y pasarlo en grande. Y otra propuesta es la de hacer sombras chinescas, aprovechando que a la luz de las velas hay luces y sombras y que, además, sin tele ni PC ni portátil ni DS (porque no vale eso de apagar los aparatos conectados a la red y seguir tirando de los que van a pilas o de los que tienen la batería cargada, ¿eh?, no me hagan trampas, apaguen también el móvil)... los peques y los mayores tendremos tiempo y ganas de vernos las caras, vamos, que nos veremos más con apagón que a plena luz.

Pues hala, aprovechen, si quieren también para rendir homenaje al Día Mundial de la Poesía, que es el 21 de marzo, que ni siquiera es un día solo para ella, porque es el comienzo de la primavera, claro, que por ese motivo y no otro es por el que se lo han adjudicado —y a mí que la poesía no me sugiere así, de primeras, nada primaveral, y la primavera, a bote pronto, tampoco me parece nada poética...—: pueden ustedes probar a recitar poesías de esas que se aprendían en la escuela, que uno cree que ha olvidado y descubre que es como montar en bici, que en cuanto vuelve a dar dos pedaladas, vuelve a estar hecho un chaval. El otro día a mí me salió del tirón el monólogo de Segismundo —«¡Ay, mísero de mí, ay, infelice!», ese digo—; hombre, en La canción del pirata me limité a los primeros versos y a algunos trozos, suerte que mi hija mayor sí se la sabía de pe a pa; pero con Al olmo seco..., de Antonio Machado, mi memoria triunfó de nuevo, ja. La peque, que cada vez es menos peque, por cierto, la que recuerda bien bien es la de El lagarto está llorando. Luego nos recita la que le ha escrito a su abuelo por su cumple. Como el año pasado senté precedente, le he pedido permiso, y aquí se la copio, porque, «mami, yo ya he escrito esta, no estoy inspirada para otra estos días». Cierto, anda muy ocupada haciendo pulseras, dando volteretas laterales y haciendo el pino por ahí, montando en bici, reuniendo a los escarabajos del romero para darles clase... eso es aquí la primavera: niños y bichos por doquier, más que poesía.

(La coincidencia de las fechas es maldita casualidad)

11 de marzo

«¡Que corra la voz,
que corra la voz!
11 de marzo,
un señor muy importante
cumple 72
«¡Huch!»
Que son 75,
mi rima al garete,
el señor es un poco más viejete.
«¿75?» No me salen las cuentas ahora,
«¡Marcelino, trae la calculadora!»
1 + 1 es 2
2 + 2 son 4
y un ocho tumbado
es algo muy complicado.
Pero una cosa sí que sé...
¡Que viva el viejete,
que para eso es mi abuelo!

P.D:
El 99% de 100 abuelos es 1, el mío.

[La puntuación, ortografía, concordancia, forma de escribir los números, operaciones matemáticas, etc., han sido respetadas siguiendo los criterios de la autora, que, por otra parte, nunca se deja aconsejar más allá de si es con ge o con jota; excepto el ocho tumbado, que realmente aparece dibujado como tal, pero no he podido ponerlo aquí (pero sé que es un ocho tumbado y no infinito como creí yo cuando lo vi por primera vez, porque ella, la autora, me lo aclaró). El huch del verso 6, la autora lo pronuncia ach.]

Y ahora va una poesía de Teresa Calderón, poeta y narradora chilena, con la que, de paso, celebramos también el Día de la Mujer, y que me llegó de una lista a la que creo que la envió Juan Blanco, y se lo agradezco.

Mujeres del mundo: uníos

Arriba mujeres del mundo
La buena niña
Y la buena para el deseo
Las hermanitas de los pobres y amiguitas de los ricos
La galla chora y la mosca muerta
La galla hueca y el medio pollo
La cabra lesa y la cabra chica metida a grande
Canchera la cabra
Y la que volvió al redil

La que se echa una canita al aire
La que cayó en cana o al litro
Y la caída del catre
Las penélopes
Matas haris y juanas de arco
La que tiene las hechas y las sospechas
La que se mete a monja
O en camisas de once varas.
La mina loca la mina rica
Pedazo de mina
La que no tenga perro que le ladre
Y la que "tenga un bacán que la acamale"
Arriba las mujeres del mundo
La comadre que saca los choros del canasto
Los pies del plato
Y las castañas con la mano del gato
Las damas de blanco azul y rojo
Las de morado
Las damas juanas y damiselas
Todas las damas y las nunca tanto

La liviana de cascos
Y la pesada de sangre
La tonta que se pasó de viva y la tonta morales
La que se hace la tonta si le conviene
La que no sabe nada de nada
Y esa que se las sabe por libro

La madre del año arriba,
Madre hay una sola
Y las que se salieron de madre

Arriba mujeres del mundo:
La cabra que canta pidiendo limosna
La que como le cantan baila
Y la que no cantó ni en la parrilla

Arriba todas las que tengan
Vela en este entierro
La que pasa la lista
Y la que se pasa de lista

La aparecida y la desaparecida
La que se ríe en la fila
Y la que ríe último ríe mejor:

La natasha la eliana la pía
La paz la anamaría la lila
La angelina y la cristina
La que anda revolviendo el gallinero
La que pasa pellejerías
Y la que no arriesga el pellejo
La dejada por el tren
O por la mano de Dios.

Que se alcen las mujeres con valor
las pierdeteuna
y las que se las ha perdido todas
la percanta que se pasa para la punta
y esa que apuntan con los fusiles.

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jueves, 8 de enero de 2009

Lo poquito que sé de lectura, de lectores y de niños

Las niñas atentas a algo que han descubierto

Este año que empieza, como todos, unos cuantos andaremos buscando trucos para enganchar a uno o varios chicos a la lectura; otros tantos nos los ofrecerán; habrá campañas diversas, como siempre, y no faltará el que diga que no tiene por qué leer todo el mundo, que no todos somos iguales, que es cuestión de gustos. Mire usted qué gracioso. Para mí eso es como decir que no todo el mundo tiene por qué jugar: hombre, pues todos tenemos derecho a ello, sobre todo los niños.
En eso estoy con Joan Carles Girbés cuando decía en su guía Leer para crecer: guía práctica para hacer lectores a los hijos [fragmentos y reseña, en castellano] (Llegir per a créixer: guia per a fer fills lectors [texto completo, en valenciano]): «Es que leer es un rollo... ¡Stop! ¡Eso sí que no! “Es que a mí no me gusta leer.” Sería más correcto decir: “Es que nunca he leído un libro que me guste”, porque a menudo quien afirma que leer es aburrido es porque aún no ha encontrado las lecturas adecuadas a sus gustos e intereses, ese libro corto o larguísimo que le hará descubrir sensaciones nuevas, aprender, crecer, madurar, vibrar de emoción y encontrarse consigo mismo. ¿A quién no le gusta el cine? Pueden que no gustarle las películas de amor, o las de terror, o las de acción, pero seguro que hay determinadas películas que le entusiasman. Con la literatura pasa lo mismo.»
En diciembre, estas pasadas vacaciones, gracias a un mensaje de C. C. en el foro de Animación a la lectura, di con estos Consejos para enseñar a leer por placer en La Nación.
Son buenos consejos; de hecho, son muy buenos: leer a los niños de pequeños, llevarlos a la librería y dejar que elijan sus libros, no pretender que les gusten obligatoriamente los mismos que nos gustaron a nosotros a su edad, hacer sitio a sus libros para que puedan tener su propia biblioteca...
Sin embargo, me llama la atención esta frase: «A la hora de buscar informaciones y diversión, muchas veces los chicos prefieren respuestas más rápidas, como la televisión, la PlayStation o Internet. El escritor Pablo De Santis habla del "carácter de urgencia y de las respuestas inmediatas" de esos medios en comparación con los libros "pacientes y que siempre pueden esperar"». Me pregunto por qué nadie se pregunta cómo llegan los niños a la Play, a la Nintendo o a la PSP, al móvil o a la tele, al ordenador o a la pantalla del tipo que sea; por qué siempre empezamos dando por hecho que es algo innato y natural.
Es curioso, ¿verdad?, es como si todos asumiéramos que un niño prefiere la compañía de una máquina a la de una persona: es más rápida, es interactiva, es de colores...
Ja, ja, aunque volara mientras canta y gira.
Yo les aseguro que los niños prefieren una y mil veces una mamá, un papá, un hermano... quien sea, a una máquina. Enganchar a un niño a la tele es trabajo de días, no de un momento. Es no hacerle caso cuando llega a gatas, si es que ha aprendido a ir a gatas, y dejarlo en el parque para que no moleste y enchufarle la tele. Aun así, el niño mirará la pantalla y luego se aburrirá como una ostra. Y reclamará nuestra atención. Y si no se le hace caso y se le da una ranita que habla cuando le aprietas la pata o la barriga, el niño lo hace un par de veces y luego la ranita se queda cantando solita.
Quiero decir: si mamá le canta una nana, o papá, por mal que canten, el bebé se acurruca en sus brazos, o llora porque le duele lo que sea, pero lo prefiere al chisme que suena y que hasta mece la cuna. Cuando van creciendo, quieren curar a los muñecos y a nosotros, no a un tamagotchi. Cuando descubren algo en el suelo y lo chupan, luego nos lo enseñan a nosotros, no a la tele. Si les contamos cuentos, nos escuchan. Si nos hablan, si se ríen, si lloran porque se caen o porque les da la gana, ¿a quién buscan? ¿Cuántas veces les decimos «ahora no puedo, cariño» porque nos reclaman a nosotros?
Desenganchar a un niño de las personas que le rodean hasta conseguir que se enganche a una tele, a una consola o a un bichito digital es ir cortando hilos de atención: el hilo de leerle cuentos, zas; el de jugar a la peluquería, al médico, al tendero..., zas; el hilo de contar historias juntos, zas; ese otro de dibujar todos, ese también, zas; el de bajar al parque, ¡qué pérdida de tiempo!, zas; ¿que me dicen del de escuchar pacientemente sus chistes interminables o sus cuentos?, zas; el hilo de ensuciar la cocina con muuucha paciencia, quita, quita, zas; y el de que nos hagan una función de guiñol, ah, ¿pero aún hay algún sitio donde haya teatrillos y marionetas?, ¿es que hay padres o abuelos que tengan tiempo de ver las funciones de los niños?... ZAS
Poco a poco, pasito a pasito lo hemos conseguido: hilo a hilo. Que el tiempo es oro y uno no está para malgastarlo en jugar, contar, escuchar, bailar, cantar, crear, destrozar... Luego, cariño, ¿por qué ahora no te entretienes un ratito con ese libro tan bonito que habla? ¿O con ese ordenador para peques? ¿O con esa película que te gusta tanto? «Pero tú conmigo, mami, la vemos juntos, ¿sí?» Mami tiene cosas que hacer, luego viene.
No es la lectura, es todo: la lectura, el juego, la cocina, el bailoteo, la música, las películas, las charlas, los cuentos, las funciones... Los vamos dejando solos y, entonces sí, pero solo entonces, nos sustituyen.

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sábado, 13 de septiembre de 2008

Se nos fue Ana Pelegrín.

Fuente de la imagen: weblitoral.com/entrevistas/ana-pelegrin/


El once de septiembre de 2008 se nos ha muerto Ana Pelegrín. Era una maravillosa entusiasta de la poesía y la acercaba a niños y chicos.

En el estupendo blog Compartiendo lecturas... con los chicos reseñé una vez su antología Raíz de amor. Pueden ustedes leerlo en esta entrada. Y si no lo tienen, háganse con él, les gustará, a ustedes y a sus chicos.

Pero no es el único que Ana Pelegrín antologó, ni lo único que nos dejó. Investigó la tradición oral y la amarró al texto para poder transmitirla a grandes y niños, fue tan estudiosa como difusora de la poesía y la palabra.

Creo que vamos a ser muchos los que la echemos de menos. Darabuc le ha dedicado una entrada en su blog de Literatura infantil e ilustración, él, que tanto gusta de la poesía, que es poeta: Para Ana Pelegrín. El gurrion (¿Mariano Coronas Cabrero?) recuerda a Ana, su trabajo y su amistad en «La flor de la maravilla» todavía brilla... en recuerdo de Ana Pelegrín.

Si quieren oírla hablar a ella, con ese dulce deje argentino, vayan a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a disfrutar de cómo explica ese mundo de poesía entre el que vivía y que logró hacer llegar a tantos.

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viernes, 30 de mayo de 2008

Tirando del hilo de la bola de la ortografía

Leí hace unos días una entrada de Juan Julián Melero, en su Atalaya: desde la tela de araña: ¿Importa la ortografía? Él escribe sobre el problema que les llega a la universidad, en concreto, a tercer curso de carrera y llega a una conclusión bastante lógica —aunque eso sí, la deja abierta, por si alguien tuviera una respuesta mejor—: «al final no queda sino preguntarse si realmente la ortografía sirve de algo. Porque realmente las prácticas no están tan mal; si un alumno no usa ni un acento pero te pone correctamente el contenido puntuable de la práctica, no vas a enmendar tú 6 años de ESO+Bachillerato en 3º de carrera». No, claro que no, no es la universidad la responsable de que los estudiantes utilicen las herramientas más básicas. A nadie se le ocurriría enseñarles que a la hora de tener en cuenta el valor de un número las cifras que van tras la coma son decimales y no valen lo mismo que antes de ella, en 3.º de carrera, ¿no?

Entonces todos pensamos que el problema se ha generado antes. Pero si nos vamos al Bachillerato, nos encontramos en una situación similar: la ortografía es una herramienta ya superada. Gente que estudia literatura y que, tras analizar las características de un texto dado, es capaz de atribuirlo a una época o un autor, está claro que se expresa de manera sobrada en esa lengua, y que la ortografía no debiera ser un problema para ellos.

Y, sin embargo, lo es.

También aparece ese problema en la ESO, y en Primaria. Ah, ya casi llegamos.

El otro día tuve una reunión con la profesora de una de mis hijas, la menor, que está en 5.º de Primaria. Me comentaba que se habían reunido los profesores de 5.º y 6.º con los profesores de instituto y estos les habían dicho, grosso modo, que lo que les interesaba realmente que les enseñaran a los chicos era: 1. que leyesen un texto de cualquier tipo y lo entendiesen (incluidas las preguntas de los exámenes), 2. que supiesen expresarse por escrito con frases completas, 3. que supiesen distinguir qué conceptos eran importantes y cuáles secundarios y que supiesen estructurarlo, y 4. que no cometiesen faltas de ortografía. Parece ser que en 5.º de Primaria (si ustedes no lo saben se corresponde con lo que era 5.º de EGB), los chicos aún no dominan estas cosas; pero el problema es que los profesores de instituto ven que tampoco lo dominan en 1.º o 2.º de la ESO, que es lo que antes era 7.º y 8.º de EGB, y por eso reclaman a los profesores de Primaria que se lo enseñen bien a los niños.

La profesora de mi hija les insiste, al parecer, e incluso pone en la pizarra unas simples normas que seguir a la hora de hacer el examen y que esán ahí, a la vista, durante el desarrollo de este: «Contestamos con frases completas. Comenzamos la frase con mayúscula. Terminamos la frase con un punto. Revisamos la ortografía…»

Sin embargo, a la hora de asistir a clase, en Primaria, por lo general, la realidad es muy distinta. Los niños no suelen tomar apuntes, sino marcar con un marcador (amarillo fosforito, azul, rosa… ahora los hay de todos los colores) lo que en el libro el profesor les dice que es más importante. En el mismo libro hay, tras el tema, un esquema realizado por la editorial o el equipo pedagógico de esta. Pues menuda pedagogía.

La pedagogía de las editoriales de los libros de texto va aún más allá: los ejercicios que vienen, no en cuadernillo aparte, sino en el mismo libro, son de este tipo: «Rellena los blancos», «Une con flechas las frases, o la frase y el concepto que define, o la imagen y la frase que mejor se adecúa…», «Contesta verdadero (V) o falso (F)…» ¿Ven ustedes alguna necesidad de que los niños utilicen frases completas? ¿Acaso el bebé que señala con el dedo las cosas y las consigue fácilmente y está todo el día encerrado en el parque rodeado de juguetes es el bebé que comienza a gatear y a hablar, a investigar por sí mismo?

Sé que hay profesores muy buenos y sé que problemas con la ortografía y la comprensión lectora los ha habido siempre. Pero negar la mayor, hacer oídos sordos a un problema que está engordando como una bola de nieve que cae ladera abajo es tan infantil como cerrar los ojos para hacer ver que no está. ¿Hasta cuándo vamos a ser tan ingenuos como para no hacer caso de las advertencias de los profesores, que ya no piden unos contenidos académicos mínimos, sino unas habilidades mínimas que antes poseía al menos el grueso del grupo? ¿Vamos a seguir echando la culpa a la baja formación de los padres? ¿Es que antes había más padres universitarios que ahora?

Quizá el sistema educativo deba replantearse volver a introducir viejos métodos como el dictado, la lectura en clase en voz alta, la explicación de la asignatura con el cuaderno y el lápiz o el bolígrafo (en vez de con el libro de texto en las manos), la elaboración de esquemas por parte de los alumnos, la exigencia de los resúmenes de determinadas explicaciones o de libros, etc., etc. Esto, claro, es más laborioso de hacer y de corregir que lo de verdadero o falso, y requiere que el profesor tenga tiempo para ello y no lleve una clase saturada, no se le haya quitado autoridad, no se le hayan atribuido tareas que no son las suyas, no se le encarguen asignaturas que tampoco son de su competencia.

Entonces, a lo mejor, nos daremos cuenta de que los niños tienen que estudiar y de que no todo se aprende jugando. Entonces, quizá, el hábito de estudio arraigue en los chicos en una edad temprana y no se nos frustren luego, a los trece, catorce o dieciséis años, cuando vean que el esfuerzo es un requisito para conseguir lo que se quiere, muchas veces, y que los resultados a corto plazo, esos que son los únicos aprendidos en el estudio del esquema del final del tema, o los únicos requeridos en la búsqueda en Google de, por ejemplo, “¿de qué está compuesto el cristal?” (cristal, resultado en wikipedia), esos resultados sin esfuerzo no conducen a nada, ni a aprender, ni a saber estudiar, ni a contentar a los mismos chicos si tienen verdadera curiosidad.

Quizá, también, las editoriales dejen de publicar esos caros libros de texto que nos cuestan unos doscientos euros por niño y comiencen a interactuar con las nuevas tecnologías y alguien se ocupe de verdad de enseñar a los chicos a buscar de forma inteligente en las distintas fuentes de las que disponen.

Ojalá el problema de la ortografía sirva como alarma de ese otro problema de no haberles enseñado a aprender, que subyace, y reaccionemos a tiempo.


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miércoles, 14 de noviembre de 2007

¿Animación a la lectura?

En el instituto de mi hija mayor han leído Las lágrimas de Shiva de César Mallorquí, premio Edebé de literatura juvenil. Edebé ha mandado, una vez hecho ya el examen de lectura —que más bien es una prueba del profesor para poder saber quién sí y quién no ha leído el libro, y qué capacidad lectora y crítica tienen los chicos—, a una pareja de jóvenes que les ha realizado una lectura dramática del texto. Mi hija y algunos amigos apenas daban crédito a que la lectura dramática fuera un fragmento del libro, y es que, la verdad, no se presta mucho a ello: no es lo mismo que a uno le declamen un fragmento de Macbeth o de Las criadas a que traten de recrearle un trocito de un diálogo de La sombra del viento.

Pero bueno, a lo que vamos, lo que más gracia les ha hecho a los chicos es cuando la pareja de Edebé les ha preguntado si leían tres libros al año. Muchos han creído que esa era la franja de los lectores con el índice de lectura más bajo, hasta que una de las chicas explicó: «Sabemos que esto es ser muy optimistas. No os preocupéis, en la mayoría de los colegios en que hemos preguntado ha sido una minoría la que se sitúa en esta franja.» Creo que entonces es cuando han comprendido que todavía había posibilidades de leer aún menos.

Al más de tres libros al año han levantado la mano bastantes, aunque menos de los que lo hicieron en los tres libros anuales. Supongo que los chicos dedujeron que no estaban incluidos los libros que mandan en el colegio porque solo con esos ya superarían la cifra.

¿Se imaginan ustedes que fueran a su trabajo a, por ejemplo, animarles en el uso de las nuevas tecnologías, llegasen y les enseñaran cómo hacer en el ordenador un dibujo con el programa más patata de los que se les ocurra, luego les preguntaran con qué frecuencia usan la computadora y, antes de que nadie respondiese, les dijeran que no se preocupasen, que si la usaran una vez al mes, ya serían de los que más están avanzando? ¿No se sentirían ustedes un poco menospreciados, algo timados? ¿No pensarían que esa gente no tiene nada que ver con ustedes? ¿Que a pesar de sus encuestas viven un tanto ajenos a su vida y sus costumbres? Ay, estas encuestas con respuestas en las que encajar a la gente...

La visita de las de Edebé no ha terminado ahí; al menos les han contado una historia —algo siempre bien recibido— y les han invitado, también, a recomendar a cada uno un libro: menos mal, porque hasta entonces no sé yo si lo de la animación a la lectura había sido animación o desánimo.

¿Animación a la lectura?SocialTwist Tell-a-Friend

miércoles, 17 de octubre de 2007

Enseñar a aprender

Imagen: Biblioteca municipal Centro Cultural García Lorca, Rivas Vaciamadrid.

Entro con mi hija de ocho años en la biblioteca municipal del nuevo barrio donde vivimos ahora. La bibliotecaria apenas levanta la cabeza para constatar que todo es normal. La sala está en silencio, a pesar de las mesas llenas de estudiantes, de los lectores de revistas que ojean sus publicaciones favoritas, de los niños sentados en mesitas llenas de cuentos desordenados. La niña y yo echamos una mirada codiciosa a todos los libros que atisbamos desde la puerta: qué gusto da entrar en las bibliotecas desde que casi todo ha pasado a estar en libre acceso. Reprimimos nuestro primer impulso de lanzarnos hacia los libros y mi hija me lleva tirando de mi mano a la terminal del ordenador, como antes me llevaba a los ficheros de madera con sus cartoncitos bien ordenados. «Mamá, vamos a ver si tienen el que yo quiero», me dice. Con lentitud introduce las palabras precisas en el campo adecuado, consultándome de vez en cuando cómo se escribe o se deja de escribir un apellido o un título —y es que sabe cuán importante es decir Vázquez y no Bázquez, porque el ordenador no es muy intuitivo y hay que darle las palabras exactas—. No hace ni dos años, mi hija todavía llamaba a este edificio videoteca (la relación entre biblos y libro es difícil para un niño) y me decía que quería alquilar un cuento.

Lo maravilloso es que disfruta yendo allí, escogiendo su libro, ya sea buscando en el catálogo —opac, lo llama imitándome, sin saber qué significa (on line public acces catalog)—, ya deambulando entre los estantes. Se siente importante cuando presenta su carnet de la biblioteca para tomarlo en préstamo. Se siente feliz de devolverlo semanas más tarde y contestar a la amable bibliotecaria que le pregunta si le ha gustado. Lo maravilloso es que no necesita comprar, consumir ni pagar —sé que es difícil de creer, yo misma a menudo he ido a echar mano a la cartera.

La otra cara de esta moneda (sí, siempre hay dos) es la de una anécdota que pone de relieve cuán poco sabemos transmitir a nuestro niños la alegría de la lectura o la maravilla del tiempo pausado, de la lectura reflexiva, del placer de perder el tiempo con un libro.

Cuando veo los cuentos actuales de los niños coinciden muchos en una cosa: son cortos. Un best-seller para adultos puede ser largo, incluso para adolescentes: se puede consumir en el metro. Pero un cuento hay que contarlo y para eso se necesita tiempo y saber disfrutar leyéndole al niño. El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, Pinochio, Winnie-the-Pooh, La sirenita, Blancanieves... hoy en día sólo los encuentro adaptados para el consumo rápido de niños y padres que tienen poco tiempo y que están acostumbrados a tener que empezar siempre algo nuevo: seguir una historia larga —seguir, continuar, retomar, volver a... qué bonitas palabras—, volver a lo mismo supone un esfuerzo inconcebible a niños criados a la sombra del huevo Kinder (al que reconozco el mérito de ser una obra perfecta de ingeniería). El niño quiere el huevo, ¿por el chocolate?, ¿por el juguete?, ¿por la sorpresa? Reconozcámoslo: hay chocolates de igual calidad que se comen con más alegría, porque el del huevo Kinder no da para una degustación; el niño nunca se sorprende de lo que viene dentro, se decepciona o se alegra un segundo; tampoco juega con el juguete más allá de una hora, ni establece con él ningún lazo afectivo, si cuando le mandas recogerlo lo tira en un baúl o incluso a la basura. Lo que le encanta al niño es poner en marcha el juego de desear, poseer y, por último, desechar.

Y eso es precisamente lo que les hace acudir a internet para solucionar cosas que tardarían menos en buscar en una biblioteca: el tener una tecla que rápidamente le lleva a lo raudamente deseado y que en un segundo le lleva de nuevo, a través del hipertexto, al nuevo sitio deseado: lo de la continuidad no es asunto baladí.

Muchos compañeros de mi hija mayor no conocen una biblioteca, ni lo necesitan. No, no es que sean autosuficientes en asunto de almacenamiento de libros, es que no recurren a ellos por placer, pero tampoco lo hacen para solucionar sus dudas ni realizar los trabajos que con ese propósito (el de aprender a utilizar diferentes fuentes de información, quiero creer yo que es) les mandan sus profesores. Y es que todo lo buscan, y lo tienen, en la internet. ¿Que el trabajo es sobre una fiesta de un pueblo de un país remoto? Al Google. ¿Que es sobre los ríos de Europa? No importa, al Google. Si el trabajo fuera sobre fuentes de información (no, no es necesario especificar científicas o humanísticas), ya conocen la respuesta, ¿no? Pues claro, Google.

Que conste que uso internet muy a menudo; sólo tienen que ver dónde están leyendo este artículo. Pero como las ventajas de internet están tan claras, no voy a entretenerme en explicarlas. Sí, en cambio, me molestaré en explicar qué otros recursos culturales deberían manejar o intentar manejar para aprovechar todo lo que la cultura nos brinda, incluida la internet.

Si el niño sabe cómo se clasifican los libros, cómo se buscan y cuántas posibilidades de búsqueda tiene en la biblioteca, encontrará el libro que desea, y quizá otros que no buscaba. Aprenderá la variedad inmensa que hay de cultura escrita: novelas, poesía, teatro... (que encontrará en N o I / J con tres mayúsculas debajo que provienen del apellido del autor y tres minúsculas del título), textos en los que leer sus derechos, por ejemplo (que encontrará en el número 3 de la CDU, con las consabidas mayúsculas y minúsculas), o el reglamento de baloncesto que prueba que él no cometió falta (en el pasillo del número 7). Poco a poco, irá aprendiendo a buscar y luego podrá hacerlo en internet, porque no olvidemos que internet contiene cosas nuevas pero, sobre todo, es el libre acceso universal a mucha información y muchos documentos que ya existían.

[Los niños y chicos tienen derecho también a que en el colegio, en el instituto y en la biblioteca se les enseñe a discriminar la información que desde internet les llega. Google es la herramienta más usada por ellos para hacer los trabajos de clase, pero la mayoría no pasan de la primera página de resultados. No saben que los dominios .edu pertenecen a universidades (aunque hoy en día parece que los espacios que de estos dominios se dejan a los estudiantes han dado problemas de spam), ni saben que es mejor sacar la información de la geografía de un país de la página oficial del país o de la wikipedia que de los mil y un sitios turísticos que aparecen ofreciendo viajes allá. Los profesores y los bibliotecarios —los de la sección de niños serían los adecuados, porque sería realmente cuando tendrían que aprenderlo— podrían enseñarles y ayudar a poner un poco de lógica a este desperdicio de fuentes de información de nuestros niños.

Y de paso, podemos enseñarles que, muchas veces, lo más simple suele ser lo más eficaz. Si están buscando un cuento o una poesía, no hace falta a lo mejor encender el ordenador: basta con abrir un libro; nosotros podemos guiarles cuando ellos no sepan aún cuál. Y si quieren ver un cuadro de Dalí, a lo mejor en casa tenemos una enciclopedia de arte. No demos por superado y obsoleto lo que todavía sirve, si disponemos de ello.]

No voy a abordar el tema eterno de lo libre, lo completo y lo feliz que le hace a uno la lectura, porque ya hay estudiosos, escritores, lectores, bibliotecarios, panaderos... en fin, miles de personas que lo cuentan o han contado mejor que yo: si lo desean, acérquense a esos enlaces del margen derecho de su pantalla que se recomiendan en este blog.

[Este artículo se publicó originalmente en Addenda et corrigenda el 01/03/2006. Se ha puesto entre corchetes un pequeño añadido.]

Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid, Madrid, España.

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viernes, 24 de febrero de 2006

Los trabajos, los chicos y los días


CEDRO ha puesto a disposición de docentes y alumnos un recurso para educar contra la piratería, dirigido al adolescente a la hora de que éste realice sus trabajos de investigación, esos trabajos que les suelen encargar los profesores. Se llama Es de libro y, la verdad, viene a ocupar un vacío que los padres advertíamos en la educación de nuestros hijos: constatábamos muchos con asombro que los chavales no sabían qué recursos usar para desarrollar un trabajo, desde los que les mandaban en sexto de Primaria, hasta los ya casi preuniversitarios del Bachillerato.

Algunos chicos —caray, y algunos padres— salían con la tonta protesta del «eso yo no lo tengo», «no viene en el libro». Yo he intentado explicar a más de un padre que precisamente eso es investigar, el recurrir a la biblioteca, el no limitarse a los recursos de la casa, el consultar fuentes, tradicionales y novedosas (si novedoso puede llamarse aún a la consulta en internet); prueben ustedes y díganme si no le han mirado como si fuera un loco; «bueno, sí, eso ya lo harán en la universidad, pero ahora están en el cole… ¿Tienes el tomo de la enciclopedia que te digo o no?» Señores, que si no aprenden ahora a manejar fuentes de información, a usar distintos recursos, en la universidad no darán pie con bola. Si quieren ayudar a sus hijos, háganlo aconsejándoles cómo investigar y crear, aunque el primer trabajo que hagan no sea una maravilla; no les dejen coger el atajo simple y bobo del copy-paste. Ahora es el momento de que aprendan el cómo para que luego puedan llevar a cabo el fin.

José Antonio Millán recomienda este nuevo recurso en su blog, aunque mejoraría algunas cosas, y no son nimiedades:

A falta de un examen más detenido, encuentro dos problemas en él. Uno es puntual: algunos de los conceptos están redactados en legalés, con escasa adaptación a los lectores (alumnos e incluso profesores): «Ahora bien, si se trata de impugnar una inscripción hecha por otra persona de la que se considera que se ha atribuido ilícitamente la autoría...». El otro es más de fondo: el sitio ignora la existencia de licencias libres, como GPL o Creative Commons, mediante las cuales los autores pueden autorizar todo tipo de usos de sus obras. Las licencias no figuran ni en el glosario ni en los pasos detallados que guían a los estudiantes. Es grave que no se eduque en la posibilidad de compartir creaciones intelectuales sin la necesidad de «percibir directa o indirectamente alguna compensación». Además, algunos de los recursos por línea más utilizados, como la Wikipedia, tiene este tipo de licencias: ¿por qué no se explican a los estudiantes y profesores?

A pesar de que el proyecto es susceptible de mejoras, no cabe duda de que es una idea buena y cabal. Cabal en un mundo de locos. Yo recuerdo que, en mi época de colegio —lo que incluía en mi caso el Bachillerato o BUP—, los profesores nos mandaban también trabajos para realizar en casa o en donde uno quisiera, pero no en horario de clase, con lo que ellos no veían quién era realmente el autor de la investigación ni de la redacción. En esa era lejana de la que les hablo (excepto en la universidad, que entonces sí), los trabajos no se entregaban a ordenador, ni tan siquiera a máquina, sino a mano, manuscritos. No por eso estaba protegido el derecho de autor, ya que alguno que otro, más perezoso o menos imaginativo, abría un libro y copiaba párrafos extensísimos de principio a fin, sin citar la fuente, claro. Mientras que los que hacían su trabajo como hay que hacerlo ponían al final una bonita página de bibliografía, aunque a veces se limitara a tres titulitos o dos todo lo más. El caso es que los profesores, sin necesidad de filología ni lingüística forense alguna, pillaban al tramposo siempre y sin remedio; aún me pregunto cómo tenían tanta moral estos chicos para seguir intentándolo curso tras curso, trabajo tras trabajo. «Pero cambia algo, hombre», se le aconsejaba. «No, si esta vez ya veréis; he cambiado eso del principio, he empezado por lo que pone al final y me ha quedado que parece escrito por mí: En La Tía Tula entrevemos la posibilidad del amor a distintos niveles y en varias direcciones, flechas que apuntan a blancos diferentes; asistimos a la angustiosa desorientación entre las varias posibles trayectorias vitales que, juntas, constituyen nuestra vida…(del Prólogo de Julián Marías a La Tía Tula, de Unamuno) y además he quitado todo lo que venía en latín. ¿Qué tal?»

Pues nada, chico, fatal. Fatal porque el profesor no era tonto y tenía tiempo de leerse el trabajo y saber que la redacción y las ideas no se correspondían con lo que el alumno solía hacer en clase. Fatal porque el alumno no aprendía nada.

Yo, lo que no entiendo muy bien es porqué hoy en día un niño de sexto de Primaria es capaz de dar al profesor, que además es su tutor, un trabajo impreso y éste no tiene o el tiempo o la facultad o las ganas de discernir cuánto —si es que hay algo— de su alumno hay en ese trabajo. Que me lo explique alguien. ¿Es que el trabajo no se lee? ¿El profesor se limita a ver una presentación cuidada y calificar sobre ello? Porque si es así, sería mejor encargarles un librito de diseño con un texto ya dado, como ese típico latino que viene de ejemplo en varias plantillas. ¿O es que se lo lee y está convencido de que la doble personalidad existe? «Bueno, mi alumno normalmente usa un vocabulario concreto —que puede ser muy rico—, pero es que en cuanto le dejo un tiempo más holgado y le doy un tema más amplio (o más concreto, que hay trabajos que ole ya) el niño se me transforma en un sabio y pasa a otro nivel.» Pues oiga, propóngalo para el Nobel. O páseselo a un experto en esquizofrenia estudiantil.

Mientras tanto, aparte de encargar trabajos, expliquen a los chavales a qué fuentes recurrir, cómo se organiza una investigación en regla, cómo hacer una bibliografía, cómo moverse por la red: qué material es fiable y cuál no, cómo se argumenta, cómo se concluye, cómo se presenta… y mil cosas más. Ah, y lo más importante: díganles que el encargo de un trabajo está siempre destinado a que practiquen el aprendizaje de todos estos recursos que tan útiles les son y les van a ser en la vida, y no a un simple punto de subida en la nota final. Por favor, léanse los trabajos con cariño y enséñenles con cariño a cuidar de su aprendizaje: es lo más importante que se van a llevar de ustedes.

[Este artículo se publicó originalmente en Addenda et corrigenda el 24/02/2006]

Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid, Madrid, España.

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