El precioso logo de la cabecera lo hizo Chicho, mi hermano pequeño, desde los Estados Unidos, y me lo envió. En este sitio se pueden ver varios álbumes de creaciones suyas. A mí me encantan. Este es el sitio oficial The Art of Chicho Lorenzo: más dedicado a cuadros.
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viernes, 27 de abril de 2012

¿Ha muerto realmente la literatura?

 En Oporto, la peque y yo, en una foto fuera de la famosa librería porque, dentro, te regañaban (de verdad) si hacías fotos.

[Creo que este post tiene, al menos, unos meses, pero sigue vigente para mí]

Leo en el blog de Joselu, en Profesor en la Secundaria, en La muerte de la literatura, que «La literatura es prescindible en el mundo que vivimos. No la necesitamos. Claro que habrá una minoría —muy minoría— de inadaptados que la seguirán leyendo. Allá ellos. Serán raros, anómalos, lo pasarán mal.». Me quedo pensando porque, de ejemplo, no ha puesto a Cervantes, ni algún gran libro de novela picaresca, no: ha puesto a Cortázar. El grandísimo Cortázar. Con sus cuentos, supongo, que es lo que a mí más me atrae de él —sí, más que Rayuela, El perseguidor fue el que a mí me explicó la vida, la literatura, la humanidad que compartimos ustedes y yo.

Sé que Joselu se ha formado leyendo, como yo. No igual, claro. Cada uno hemos llegado a la lectura de una forma distinta, como todos. Como todos ustedes.

Y ahora, la literatura no sirve, no hace falta en esta sociedad. Pues es cierto, de alguna manera.

Quizá haya poca imaginación. Quizá haya poco tiempo. No se sabe bien, ni lo sabe Joselu, pero lo apunta.
 

Leo algo, pero poco, absorbido por la tecnología. En consonancia observo que la mayor parte de los profesores defensores de las nuevas tecnologías en la educación, han dejado la literatura en un segundo o tercer lugar, casi irrelevante. Su dedicación a la informática es tal que su posible tiempo para la literatura, que es radicalmente absorbente, es próximo a cero. La complejidad del discurso literario entra en contradicción con la simplicidad de los tweets y la información rápida que abunda en la red. 

Y los alumnos que están enganchados a Tuenti, esos, que en teoría, leen mucho en la red —no me lo creo, ni siquiera son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hacían aquí, en Madrid— «Su capacidad de atención es mínima, su cerebro probablemente ha mutado hacia otros tipos de atención más selectiva que la que implica el lenguaje literario que, dicho sea de paso, exige un tiempo y una voluntad que no concuerda con la realidad que vivimos: frenética e incapaz de dejar ningún poso.»

Vale, yo sí compro libros. Y bajo libros de Internet para mi e-reader. Y leo. Leo mucho. Es más, si no leo algún día, de esos en que viene gente a casa o nos vamos por ahí, lo echo de menos. Pero, ¿no llenarían igualmente entre Twitter, los blogs que sigo —con marcadores dinámicos y en carpetas, sí, soy algo antigua en esto de los feeds—, los sitios web que me gustan, etc. el tiempo de lectura? ¿No tendría que sacar tiempo de donde no lo hay? ¿Por qué me extraña entonces que los adolescentes no lean casi —y no me vale eso de que leen en la red; si no son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hicieron, aquí en Madrid al menos, el mes pasado—, lean solamente los libros obligatorios?

Tienen tantas cosas que hacer. Viven conectados, con su BlackBerry o su IPhone, con su portátil o su netbook, con el teléfono tradicional incluso. Están siempre con sus amigos, en persona o vía las redes sociales, en el cole o en las actividades extraordinarias. Así no hay quien se aburra, quien reflexione, quien tenga una hora seguida de tiempo muerto. Y, si existe ese tiempo, lo dedicarán a estudiar, y los padres estaremos muy contentos y les daremos el visto bueno.
Pero ni Joselu ni yo nos hemos educado así: «En mi vida la lectura ha sido esencial. Me he pasado la vida leyendo y sigo haciéndolo.», cuenta Joselu; y yo me sumo a su afirmación. Entonces, ¿cómo serán las nuevas generaciones criadas al abrigo del Tuenti o del Twitter o del Facebook o de las series online o de la inmediatez de la conexión a Internet? Todos estamos de acuerdo en que no tienen por qué ser ni mejores ni peores personas. Pero, ¿se sentirán igual de humanos que nosotros? ¿Leerán las mismas cosas? ¿Servirá el canon para ellos? ¿Se perderán algo? ¿Ganarán algo? ¿Siguen teniendo imaginación o ya no?


A mi hija pequeña, la última lectura a la que le han obligado en el cole es Anillos para una dama, de Antonio Gala. Ni siquiera se puede descargar en la red: no hay tanta demanda como para subirla ni tanto fan como para compartirla; y no me extraña nada: es una porquería ñoña. Le he dicho que le hago una nota a su profe para explicar que en mi casa, a Gala, o lo descargamos gratis o lo cogemos de la bibllioteca —y ya está cogido hasta el 25 de noviembre—, pero mi hija no me deja. Ya he pasado por Marina, de Ruiz Zafón, y por La catedral, de César Mallorquí, y me he zafado, je; porque estaban disponibles en la biblioteca. ¿Qué enseñanza de la literatura es esta? No sé, ni me importa.


Como Joselu, yo, con dolor ya atemperado, renuncio a contagiar la lectura más allá de una determinada edad. Que lean, si quieren, lo que quieran, los que quieran.


Y, si no les da la gana, a partir de los catorce, como en las bibliotecas, que se busquen la vida, que todos lo hemos hecho. ¿Que no existía Internet?, vale, pero estaba la tele, o los amigos y las chuches y el estar en la calle, y el quedar en una cafetería o un pub.


El que quiera dejarlos sin lectura desde niños, allá él. El que los deje a su entero antojo en cuanto a leer, allá él, también.


Creo que Joselu provoca, pero también creo que analiza la función y el tiempo de la literatura en esta sociedad. Porque, no nos engañemos, los tempos han cambiado y eso se acusa.


Surge en mí otro tema distinto, derivado de este: la enseñanza de la literatura en los cursos de Secundaria, sin afán ninguno de fomentar la lectura. Por favor, los profesores de Literatura, que hagan su trabajo, como los de Matemáticas o Física o Economía o Geografía o Historia del arte, y que dejen a Gala abandonado en el arcén, que las obras de los clásicos tendrán que leerlas y aprender. ¿O acaso por miedo a frustrar al alumno dejan de hacerle aprender a resolver integrales o derivadas?


Yo, a un profesor, le pido sólo eso: que le enseñe.


La afición ya es cosa de la familia y del tiempo en el que vive.

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viernes, 31 de diciembre de 2010

El país de los enanos, porque los enanos no se merecen el miedo ni la responsabilidad de los adultos.


Primer día cole Laura: las dos felices.

Al país de los enanos hay que ir en triciclo y no pasar del metro y medio. Alguien lo ha imaginado así.

En el país de los enanos todo es pequeño, todo menos la diversión y las ideas.

Es pequeño el balón, pequeño el campo, grandes las carcajadas y grandes las carreras. Y cuando los enanos y los niños juegan al fútbol corren mejor que nadie y meten cada uno más goles que los demás.

Es pequeño en el país de los enanos el apetito, pequeña el hambre, pequeños el puré y las verduras, y muy grandes los dulces, y los macarrones, que le gustan a Laura.

Laura entró el otro día en el país de los enanos. Iba, por supuesto, montada en su triciclo —¿o iba en su bicicleta?—, y entró, cree recordar, por la puerta del armario de la ropa de los muñecos. Está casi segura de ello.

Lleva ¿cuánto tiempo? en el país de los enanos y no recuerda si sabe regresar a casa, si quiere regresar a casa. Bueno, mejor sigue pedaleando.

Cuando abandona el triciclo ve que hay una fila interminable de triciclos y de bicis vacíos. Se pierden, con sus colores, en el horizonte.

Laura encuentra junto a una puerta a los enanos custodios, que tienen todo el tiempo del mundo para guardar la puerta, todo el derecho del mundo a exigir mil y un requisitos para permitir el paso.

Pero los enanos solo te piden entre risas que midas menos que su vara de avellano, que mide un metro y medio: ni un milímetro más ni un milímetro menos.

Junto a la vara, Laura es más bajita. Los enanos guardan de nuevo el «metroimedio» y le dicen:

—Lo bien que nos lo vamos a pasar, Laurita.

Laura camina y, según pasa, ve muchos más niños que ya están allí jugando.

Laura piensa: «Entonces, aquí, si todo el mundo juega, ¿quién cocinará? ¿Quién limpiará este parque que veo? ¿Quién fabricará los juguetes y balones si los enanos no paran de jugar?» y, por un momento, su cabeza se asoma peligrosamente por el armario azul y blanco de la ropa de muñecos al cuarto, al mundo real y organizado de los adultos. Rápidamente Laura solo piensa en cuánto le apetece comerse un gran bombón de esos que ve en la caja que sujeta el enano más gordo que jamás haya visto. Entonces se borra la cenefa de la pared del cuarto, se borran la puerta y la ventana y hasta el mismo armario azul y blanco.

En cambio, los bombones huelen cada vez más fuerte a chocolate y Laura coge uno, y el enano se come tres de golpe.

—Sigue, sigue. Puedes comerte cinco, siete, ochenta.

Qué enano más amable. Laurita se atiborra. Al cabo del rato prefiere mirar cómo come el enano y oler el chocolate y desearlo, solo desearlo.

Entonces el enano se despide —con la mano, porque es bien educado y no habla con la boca llena; bueno, solo a veces.

Laura se topa con el tobogán más grande de todo el parque, y encima es amarillo, como le gusta a ella. Y montones de enanos suben por la rampa en vez de hacerlo por las escaleras y se pueden hacer carreras con ellos, y ponerse como un puente para que baje otro por debajo, y deslizarse rápido por debajo de las piernas pequeñas de los enanos, que se ríen y chillan y hacen que Laura y otros niños se lo pasen en grande. Y, aunque llevan horas riéndose y jugando, nunca es hora de irse del parque, no es hora de irse a casa.

Pero, a ese niño que se ha caído y llora, ¿quién va a venir a hacerle «cura sana, culito de rana, si no se cura hoy, se curará mañana»? Vaya, otra vez se asoma Laura al mundo coherente de la realidad: se vislumbra el apagado sol de invierno que entra por la cortina en la alcoba. La puerta del armario está entreabierta y Laurita se asoma al cuarto desde dentro.

Pero que no, que yo no vuelvo. Que llore el niño si le da la gana, que lo que yo quiero ahora es jugar con él a hacer animales con la plastilina. Y la habitación ya no existe. Existe, en cambio, la fábrica más grande de moldes de animales de plastilina que Laura pueda imaginar, y hay animales que ella no ha visto nunca.

Con planos y todo los enanos corretean de acá para allá. Los planos son a escala; algunos, otros no; y tienen más tachones...

Con kilos de plastilina de distintos colores los enanos y los niños —incluida Laura— hacen animales preciosos, animales terroríficos y hasta defectuosos. Y, si uno quiere, al defectuoso lo aplasta con un mazo gigante que lleva escrito en el mango: «al que no te guste, lo espachurras». Si te gusta, lo dejas salir, con defecto y todo, como te dé la gana: por doquier corretean canguros con joroba y gatos con cara de besugo.

Lo mejor de todo es que una vez hechos cobran vida. Se mueven como los muñecos de las películas, hablan con voces de pito, se funden con el suelo y se recomponen mágicamente, se pelean, saltan, ríen... y, si te dan mucho la lata, los espachurras con el mazo grande.

«¿Y adónde irán una vez aplastados? ¿Volverán a ser simple plastilina cuando paren de hablar y de moverse?» Casi sin darse cuenta Laura volvía a ver la alcoba desde el fondo del armario blanco y azul. Los animales de plastilina y sus voces se diluían. El cuarto se hacía más real. Se encontró delante del armario sentada en su triciclo. Sabía cómo volver al país de los enanos, sabía que si dejaba de preguntarse tantas cosas y se limitaba a disfrutar regresaría rápidamente. Pero estaba cansada, así que bajó del triciclo y fue a buscar a papá y mamá que hablaban en la cocina. Antes de salir de la habitación echó un vistazo: el armario de rayas azules y blancas tenía una puerta entornada.

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viernes, 10 de diciembre de 2010

Ya vienen los Reyes...


Una de las nevadas del año pasado, aprovechada para hacer un ángel de esos que hacen en las pelis norteamericanas por mi hija mayor.


Este diciembre me adelanto, cuando en realidad me atraso un año entero, desde el enero pasado, en que leí a Sánchez Ferlosio un artículo estupendo titulado «Televisión para niños», les recomiendo que lo lean, sigue vigente, por desgracia. Ese artículo me hizo acordarme de las cartas a los Reyes Magos de los niños de ahora (vale, no todos, menos mal): algunos ni siquiera escriben porque cortan las fotos de los juguetes y las cosas que quieren y las pegan en la carta; hay otros que sí ponen con su letra lo que piden: tras el consabido «este año he sido bastante bueno», llegan las peticiones: quiero el Super Mario Bros. para Wii, el volante, el micrófono de Hanna Montana, el Quién es quién de Disney, la linterna de Ben 10, la Barbie fashion morena, las zapatillas de fútbol de Nike que usa Ronaldo, etcétera, etcétera.

No, no crean que me molesta que los niños den a los Reyes tantas pistas. Ni que tengan tan claro que si el maletín de hacer pulseras que quieren es el de Hello Kitty no les valga otro similar o incluso más bonito. No es eso.

Es que no veo que ninguno haya pedido un caballo (a no ser que sea uno interactivo que tienen en el Toys R Us y que no es de verdad), ni un muñeco que se convierta en un homúnculo con vida propia, ni una pelota que siempre marque gol, ni un sombrero del que poder sacar todo lo que uno necesite en el momento justo, ni una bandera que señale cuándo hay peligro, ni una nevada increíble que obligue a cerrar el cole, ni una luz que brille a distancias desmesuradas y pueda iluminar la noche oscura de un amigo que se ha ido a vivir lejos lejos, ni...

Todas esas cosas, y otras tantas, las pedía yo junto a disfraces, cuentos, barriguitas, muñecas, coches, grúas y demás.

¿Qué ocurre con los niños? ¿Qué les pasa? ¿Acaso crecer entre tanta ficción y tanta magia les ha hecho anclar sus pies a la tierra? ¿Es que no piden la luna porque no saben que existe? ¿O es que les sobra porque no tiene un copyright que podrán lucir como logo más que marca, como explica Rafael Sánchez Ferlosio?

Y ¿los padres? ¿Se murió su imaginación, que no echan de menos que los niños imaginen? Se quedaron en traer el catálogo de juguetes del sitio más a mano para que el niño ponga las pegatinas de «me gusta esto» como si estuviese en Facebook, y los papás no lo encuentran extraño, no, lo ven facilitador y cómodo.

Pero qué pena, ¿verdad?, tener que buscar con lupa en la lista de los niños hasta encontrar algo que no sea un producto comercial.

A ver si conseguimos devolverles a esa cabecita toda la magia que ellos llevan dentro. A ver si este año les contamos que el catálogo se perdió, pero que hay tantas cosas que uno puede ansiar y desear, y que este es el mejor momento para pedirlas, porque los Reyes, y Papá Noel, son todos magos.

Ya vienen los Reyes...SocialTwist Tell-a-Friend

sábado, 24 de octubre de 2009

Cómo llegamos a la lectura


Laura, a la derecha, y su prima, atentas
al teatro de marionetas que hace Marta.

Muchos de los que somos lectores, letra-ferits, heridos por la lectura, enganchados al placer de leer, nos preguntamos a menudo cómo llegamos a ello. ¿Cuándo? ¿Quién nos lo contagió, si nos lo contagió alguien? ¿Con qué libro empezamos? ¿O con qué historias? ¿En boca de quién nos llegaba nuestra primera relación con la literatura? ¿Fue por la palabra, oralmente, escuchando, o fue con las letras, de manera visual, adjudicando a las grafías el sonido y a los sonidos el significado?

Solemos preguntárnoslo porque esperamos que, encontrando la respuesta, podamos contagiar o trasladar a los que nos importan y que aún no son lectores esa ansia por leer, esa necesidad.

Casi todos nos remontamos a la infancia y no recordamos bien los pasos concretos que nos llevaron adonde estamos. Se lo pregunta la Maga Colibrí, Lara, de la maravillosa librería El bosque de la maga Colibrí, en Empezar a leer:

No recuerdo cuándo empecé a leer. En mi casa no había demasiados libros, ni mis padres eran grandes lectores. Mi madre dice que apenas me contaban cuentos, ni me leían por las noches. Sin embargo, yo recuerdo las historias interminables que mi abuela inventaba para mí mientras paseábamos por el bosque, mientras caminábamos aquel camino interminable desde el autobús hasta su aldea, mientras cocinaba, mientras merendábamos, o a la hora de ir a dormir. Mi abuela es una de esas personas que consigue sacar un relato apasionante de una anécdota anodina. Sabe contar, sabe engancharte a sus palabras, sin artificios, sin teatralidad. Y creo que de ella me viene la voracidad por las historias, aunque no haya heredado su capacidad para contar.

No recuerdo cuándo empecé a leer, pero desde siempre me recuerdo con un libro al lado. En el autobús del colegio, en el recreo, en el parque, leyendo a escondidas por las noches pese a las protestas de mi hermano para que apagara la luz.

A veces vuelvo la vista atrás e intento descubrir los hilos que me fueron atando a los libros, por si puedo reproducir las puntadas, como mediadora de lectura que soy, como recomendadora, como librera. No lo consigo. Sólo consigo recordar sensaciones que todavía me asaltan ahora, cada vez que leo un buen libro. Y me tengo que conformar con intentar compartirlas, hablando de lecturas y de libros.

Juan Mata, este verano, nos obsequió con una serie llamada Voces primordiales, cuatro capítulos, en que «Quisiera ir ofreciendo en las próximas semanas algunos testimonios de escritores/lectores acerca de la influencia que sus padres tuvieron en sus deseos y gustos por la lectura. Me parecen oportunos en estos días en que el tiempo parece dilatarse, en que la proximidad se hace más íntima y duradera. Espero que les gusten y les haga pensar o quizá recordar.»
Y por allí pasaron las voces de Soledad Puértolas y del cuento que le contaba su madre cuando estuvo ella enferma a los tres años, y esa gallina petirroja que se quedó para siempre en su memoria, aunque aún no supiera qué significaba semejante adjetivo, «petirroja», y que la ligó para siempre a la lectura; o la del premio Nobel de Literatura Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que «[a]l cabo de los años seguirá recordando la deuda con la voz paternal»; o Bertrand Russell que nos habla de cómo su abuela, leyéndole, pero también ejerciendo de censora, le condujo a la lectura.
¿Y por qué dejo para el final el número tres de los cuatro capítulos de la serie que nos ofreció Juan Mata en Discreto lector? Porque ahí «se tornan los roles y ahora es el hijo el que lee. Los padres actúan en este caso como receptores en vez de donantes. Pero si bien hay una alteración de las funciones no cambia el sentido del ritual: la lectura como un hilo invisible que anuda al niño con sus progenitores. El respeto y el aliento hacia los libros siguen siendo de la misma naturaleza, aunque se manifieste ahora de un modo distinto, aunque modifique el cometido de cada uno de los protagonistas.» José María Merino lee a sus padres. Les lee lo que estos le piden, y ve el efecto que las palabras tienen sobre ellos.

Yo, como la Maga Colibrí, como Juan Mata, como tantos, siempre he intentado hilar fino para que mis hijas pudieran recibir el preciado regalo que a mí me hicieron: el disfrutar de la lectura, el ser un letra-ferit.

En una familia en que los libros abundaban en todas las habitaciones —el salón, las nuestras...—, en que los abuelos, sobre todo el abuelo, contaba historias de sitios exóticos —qué hay más exótico para un niño de ciudad que las historias de un pueblo y un río y perros que viven sin atar, y una madre y hermanos que parten a la ciudad a los doce o trece años—, en que los cuatro hermanos hacíamos funciones a nuestros padres, o nos juntábamos con otros amigos y les hacíamos a los adultos teatro de marionetas, o entre nosotros y nuestros padres contábamos cuentos y escribíamos un periódico cuando nuestro padre se iba de viaje para que no se perdiera ni una noticia importante: «Fran ha aprendido a tirarse de cabeza» (el primero), «Hemos ido a ver la película de La Bella Durmiente y Javier y Ana se han tenido que salir» (por el miedo, claro) y otras cosas importantísimas.

Así, aprendí que no era solo leyendo o cantando nanas o hablando, que sí, que claro, que también. Es escuchando cuando ellos nos cuentan o nos leen o nos cantan o nos imitan, porque al principio seguramente nos cuentan un cuento muy parecido al que le hemos contado. Y nos piden el mismo cuento o la misma nana o la misma poesía una y otra vez. Y, cuando cogen las marionetas, nos encontramos con que la función representa una historia en que la poesía se dice tres o cuatro veces. Poco a poco, sin embargo, empiezan a elaborar historias más complicadas y autónomas de las que conocen.

Llega un momento también, en la lectura, en que, además de leer lo que les recomendamos y lo que les compramos, nos piden un libro y nos lo recomiendan. Entonces, nosotros lo leemos y lo comentamos con ellos. Y descubrimos que su personalidad les inclina hacia uno u otro estilo, hacia un tema u otro.

Marta y yo siempre hemos intercambiado impresiones de libros y este no es el primero que me recomienda. Pero sí es de los que ha descubierto ella sola y de los que más le han gustado: Marta me recomendó Mary tempestad, de Alain Surget, en Marenostrum.

Y Laura. Laura, que me preocupaba porque no se enganchaba a la lectura. Laura, que no sé por qué no tengo paciencia a pesar de que cada una gateó a una edad diferente, cada una empezó a hablar a una edad diferente. Laura, al fin, fue más allá de leer libros finos y cortos. Me recomendó El pan de la guerra, de Deborah Ellis, en Edelvives y me pidió, bueno, se lo pidió a su abuelo, que es infalible (todo lo consigue), la segunda parte: El viaje de Parvana.

Y ¿qué quiero decir con esto? ¿Qué quiero compartir? Que da fruto. Que esa forma de compartir de la que hablamos la Maga Colibrí en Cosas de la Maga , Juan Mata en Discreto lector, las voces primordiales que recoge, Darabuc en sus blogs encabezados por Darabuc, Jorge Gómez Soto en Literatura infantil y juvenil actual, Kareche en Leer por leer, Pedro Villar en Cuaderno de Apuntes y tantos otros, que esa forma de estar con ellos, los niños, desde el principio, cuando «aún no hacen nada», según algunos —qué poco les han mirado, ¿no?, si cambian de un día para otro, si son un mar de gestos—, con las nanas y las rimas, incluso con las historias que les contamos; y luego, cuando les leemos libros de poesía o de aventuras o de fantasía; más tarde, cuando no les abandonamos ante el libro, sino que lo leemos a medias, o nos leen o les leemos, sin renunciar al placer de contar y que nos cuenten, esa ansia de todos por escuchar... Y cuando ellos crean una historia, o nos recomiendan una, entonces, qué maravilla saber que la lectura es algo que nos es común, que nos hermana porque disfrutamos.

No sé si ustedes tienen hijos o no; ni siquiera sé si tienen niños cerca, pero les puedo asegurar, ahora sí, ya, por fin, desde la experiencia, que todo lo que sembramos luego crece. Merece la pena, no solo por lo bien que se pasa, no solo por oír las risas de un niño pequeño, no solo por ver la cara concentrada y la boca abierta; merece la pena también porque se contagia. Y hay pocos placeres en este mundo que puedan contagiarse de una forma tan sutil y con tanta recompensa anticipada: habremos disfrutado nosotros todo el tiempo; ellos disfrutaron también y ahora nos seguirán haciendo disfrutar y, quién sabe, puede que en el futuro, sepan hacer disfrutar a otros, a niños, que nunca, jamás, deberían tener puertas cerradas a nada que no sea el sufrimiento. Abrirles puertas a lo bueno, esa obligación es nuestra.

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viernes, 7 de agosto de 2009

Un libro imprescindible: Quiet (Quieto)


El 24 de julio, mientras Vicente y Marta seguían haciendo Carros de Foc, fuimos a Esterri d'Anéu y Laura se compró una pamela. «No sabés lo bien que le quedaba la pamela a la niña», contaba con acento argentino, rememorando un chiste.

Luego, en la librería papelería, por fin di con el libro que andaba buscando: Quiet, de Màrius Serra, en Empúries. No lo había comprado en Anagrama aposta para leerlo en catalán y, sabiendo que en verano vendríamos a Lleida, pensé que qué mejor excusa para comprarlo aquí.

Sabía de él por el blog de Libros y bitios de José Antonio Millán, que es una fuente, siempre, de hallazgos y reflexiones.

Conocía Verbalia y Verbalia.com —el enlace lleva a una de las mejores reseñas que he leído sobre los libros «lingüísticos pero no admitidos por los serios lingüistas en tal categoría» que escribe Màrius Serra, aparte de los literarios— y el sitio verbalia.com, que sigo visitando en español y en catalán, y a veces me cuelo hasta en italiano, aunque ahí sí que no me entero más que del palíndromo del día :-)

Había leído Patraña (Farsa, en el original: nunca entendí muy bien por qué tradujeron el título como lo tradujeron, porque «farsa» en castellano hubiese quedado igual de bien, supongo, incluso mejor, ¿no?) y, al encontrarme con varias páginas en blanco, escribí a Màrius: sabía que le encantaban los juegos: ¿era aposta o era una errata de una tirada de la editorial? «No, me dijo, no es un juego, ve a que te lo cambien.» Ya decía yo, porque por muchas vueltas que le daba, no le encontraba al juego ni pies ni cabeza: todo juego tiene una pauta, ¿no? Claro que yo, muchas veces, no logro dar con la pauta del juego. La adolescencia, a veces, es la búsqueda de las pautas del juego social, y ¡vaya si cuesta hacerse con ellas! Cuando menos te lo esperas algo hace clic y todo encaja, como si la pieza del engranaje, la pauta, la incógnita de qué hace que la serie vaya hacia ese número concreto y no otro, el sistema... hubiese estado allí siempre y por fin todo pudiese funcionar, y entonces no hay que esforzarse ni retorcer nada: todo va rodado, suave, como la seda, solo, sin que uno tenga que pensar, sin darse cuenta.

Debe de ser muy duro que de nuevo la pauta desaparezca de debajo de los pies, que el terreno conocido y amado se vuelva, ya de adulto, un enigma que parece no responder a ningún sistema, en el que el número que sigue la serie no puedes preverlo, ni tú ni tu mujer ni los médicos ni nadie. De eso, en parte, trata este libro: Quiet, Empúries, 2008 (Quieto, Anagrama, 2008)

Lluís Serra Pablo, Llullu, el hijo de Màrius y Mercè, el hermanito pequeño de Carla, es diagnosticado —no del todo, porque los médicos tampoco conocen exactamente ni tanto algunas patologías— con una encefalopatía grave, no filiada. ¿Qué supone eso? Que Llullu no se puede mover, ni siquiera sujetar su cabeza; que traga con dificultad; que tiene unos ataques epilépticos; que es completamente dependiente.

Vale, pero, por encima de los síntomas, de las etiquetas, «[e]l Lluís és el nostre segon fill. Té unes necessitats una mica peculiars, però això només significa que estem més pendents de la seva fragilitat. A Quiet, he buscat una forma narrativa d’explicar l’ambivalent estat emocional que provoca tenir un fill que no progressa adequadament. Un estat sovint exposat als fiblons del dolor, però en el que predomina la joia i un cert embadaliment. M’ha semblat que la millor manera de fer-ho era rescatar escenes concretes fixades en la memòria i posar-les en moviment. Records refulgents. I he pretès, alhora, compondre un mirall.» (p. 7, «Prefaci»)

Y este libro tiene varios fines, o varios logros: uno es que, sin dejar de desear que su hijo sea normal, que, al menos, pueda comunicarse con él o con su madre o con su hermana, sin dejar de tratar de que ocurra un milagro, incluso vendiendo su alma al diablo, sobre todo en «Senyals» (pp. 23-28) y en «Distinció»:

—Tu creus que el president Companys hauria canviat l'anhel d'una Catalunya independent per no tenir un fill esquizofrènic?
La pregunta em sobta, però no en puc pescar la resposta, perquè els dos interlocutors s'aixequen i marxen del meu camp auditiu abans de treure'n l'aigua clara. Em miro el meu Lluís i li responc jo.

—Jo sí, xaval. Si cal em faig legionari —dic, encara sota l'influx de la nostra desfilada triomfal Escorial avall—. Em faria del Reial Madrid i tot, si servís d'alguna cosa.
(p.43);

Llullu es querido e integrado de la forma más normal posible en la vida de la familia. Se hace querer, por cómo lo quieren, por cómo lo querríamos si fuera nuestro hijo: como Màrius, nos haríamos legionarios o del Real Madrid (ponga cada uno el equipo rival de fútbol, si es que es forofo, o aunque no lo sea), e incluso iríamos a misa todos los domingos si recibiéramos una señal, la que sea (p.27, «Senyals»), si aquello pudiese cambiar algo, un mínimo, en la vida de Llullu: que nos sonriera, que nos llamase «papá» o «mamá», que tuviera aunque fuera una lengua inventada para comunicarse con nosotros. Pero mientras, sin perder ese horizonte, la familia entera disfruta y aprovecha la vida, con toda su alegría y su fuerza. La señal no llegará en San Pedro del Vaticano: pero que Lullu empiece a empujar y haya que cambiarle el pañal hará sonreir a su padre.

Este es otro logro: el humor, que está presente casi siempre, menos cuando la tristeza lo invade todo. Así que los recuerdos están salpicados de escenas fenomenales: aquella vez en que Carla descubre que su hermano es un Very Important People, o cuando el mensajero viene a recoger muestras de heces y se lleve la mierda tan lejos (de Barcelona a Kansas) por prescripción médica, o la vez en que una de las sobrinas de la novia de Llullu se queja de que uno le está contando a Llullu secretos al oído y él no se los cuenta a ella...

Y, a la vez, Màrius no nos escatima recuerdos dolorosos o entrañables, recuerdos en que hay gente que no actúa como él lo haría pero se merece todo su respeto, recuerdos de escenas desagradables y gente cuyo comportamiento nos provocaría vergüenza o rabia si no fuera porque Màrius la identifica, nos la describe y, teniendo toda la razón de su parte, logra echarla: «En aquella mirada criminal m'hi reconec. [...]» («Ràbia», p.79 y ss.)

Otro es ver correr a Llullu, ese deseo que primero es una carencia, un vacío que se clava en el corazón de Màrius cuando, en un camping con su familia y su sobrino, ve cómo este, pequeñajo, sale con la pandilla a bailar y luego se va corriendo, que materializa de golpe y porrazo, no de una forma racional (eso ya lo saben), sino como cuando uno al fin ve el dibujo escondido que hay en una de esas ilusiones ópticas en que se pueden percibir dos (por mucho que te digan que hay un conejo, si solo ves el pato, hasta que no ves el conejo, aceptas racionalmente que se percibe igual de claro, pero no lo experimentas), que Llullu nunca va a ser capaz de correr, nunca. Así, en «Córrer», en la p. 49, Màrius nos cuenta cómo «[tomba] el cap per seguir la fugida de l'Oriol, i tant la Mercè com el Lluís queden situats rere el meu clatell, aliens a les llàgrimes que ja ragen galtes avall. Perquè ara, en veure com corre l'Oriol, encara m'obsedeixo més amb la idea clara que el Lluís mai no ho farà. I mira, que no sapiga ballar country, doncs, encara té un passi. Perquè, a última hora, això del no-rompas-más-mi-pobre-corazón no deixa de ser una horterada i d'aquí a quatre dies ningú no ho recordarà, però que no sàpiga córrer amb l'elegància desmanegada que ara mateix exhibeix el meu nebot Oriol ja és una altra cosa. Això sí que és una malvestat que ningú hauria de tolerar. Una veritable putada. (...) i les llàgrimesem sobreïxen, m'inunden les galtes, ragen avall i em taquen la samarreta del Correllengua que aquest matí m'he posat.»

Luego, con el encuentro casual de los «petits blocs rectangulars (...) [de] cine de mano [que] reprodueix[en] grans escenes del cinema a través de fotogrames succesius. Només cal fullejar-los amb una certa velocitat per reproduir-ne les escenes en moviment, com en un zoòtrop. Després he sabut que se'n pot dir foliscopi, i que l'americà Hermann Casler el va batejar amb un nom més inquietant: mutoscope. (p. 51, «Voler»), la idea de verlo correr empieza a abrirse camino hasta que por fin, en «Eternitat» (pp. 145-148) nos cuenta cómo logran, Jordi Ribó (su amigo fotógrafo), Miquel Llach (el diseñador), Mercè (mamá), Carla (la hermana mayor), él mismo y Llullu montar el foliscopio de Llullu que corre: «Un empelt tan reeixit que fins i tot tindrà versió animada en Flash perquè el puguem verure córrer a la pantalla de l'ordinador, mentre sona la banda sonora de Charriots of Fire.» (p. 148)

En el libro, pasando las páginas rápido, Laura y yo lo vemos correr, al Llullu, sin banda sonora —aunque yo la tarareo un poco—. Luego, las paso lentamente para leer lo que Màrius imagina que Llullu dice. Y la primera frase me golpea: «No me'n recordo pas, de com es diu la mare.», y la segunda, y luego; pero, de pronto: «Com que no me'n recordo de res, tampoc no me'n puc oblidar». Es la magia de las palabras y Màrius se la presta a su hijo, y a su mujer, y a su hija, y a todos, y a sí mismo, y a nosotros los lectores. Porque entonces, Llullu, dirá: «No m'en puc obliar pas, de la mare, ni de com es diu, ni de la seva veu vellutada, ni dels seus braços suaus que m'escalfen quan tinc fred, ni de la seva rialla de nena eterna, ni de la pau que em dóna cada cop que em disparo, i no puc oblidar ni olvido que m'estima, encara que no entengui les seves paraules d'amor». Y todo lo que no puede olvidar, con una ternura enorme, con un humor genial, agradeciendo a veces que su pudor no le haga sonrojarse, va siendo enumerado por Llullu y nos emociona. Y al final, el ingenio verbívoro y lingüístico y la poesía, de la mano, con su hijo:

Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.

Qui recorda, oblida.

Qui oblida, no recorda.

Qui no recorda, no oblida.

Estimo, però no ho recordo.

M'estimen, i no ho recordo.

Mai no cauré en l'oblit


El libro consigue transmitir la alegría de tener a Llullu, y el amor que le tienen, de tal manera que se contagia. No se lo pierdan, en catalán o en castellano.

[Quise escribir esta reseña, y la hice a mano, allá en Lleida, en una fecha normal y corriente. Dos días después de comprar el libro, sin embargo, vi en La Vanguardia una noticia y una foto que me hicieron pensar: vaya, ¿pues no hay una reseña de Quiet? No, era el anuncio de que Llullu había muerto el día 24 de julio de 2009, con nueve años. Malditas casualidades.
Agradezco a Darabuc su ayuda con algunas cosas que se me escapaban en catalán.]

Un libro imprescindible: Quiet (Quieto)SocialTwist Tell-a-Friend

lunes, 23 de marzo de 2009

La Hora del Planeta: los días de marzo (poesía y teatro)



Así, en plan «un, dos, tres, responda otra vez», días señalados en el mes de marzo. El primero que le sale a todo el mundo es el Día de la Mujer (Trabajadora, añadían antes; creo que lo quitaron por redundante), el 8 de marzo. Pero aquí en España le sigue por muy poco el Día del Padre, el 19 de marzo, y más que por los papis, porque terminan las Fallas; vamos, en Valencia, de hecho, el mes de marzo es el mes de las Fallas, dejen a un lado la mujer o la poesía.

El Día Mundial del Consumidor, al parecer, es el 15 de marzo: aquí en Rivas Vaciamadrid organizaron unos talleres lúdico-educativos, castillos hinchables, cuentacuentos y títeres, para empezar desde bien chiquitos a aprender a consumir, supongo, con cabeza; ah, y había regalos para los asistentes —hombre, me hizo gracia eso de tener que recurrir al cebo del consumismo, con los castillos hinchables y los regalos, para precisamente exponer los riesgos, derechos, privilegios y responsabilidades del consumo, pero debe de ser que si no, no hay público.

Este año —puede ser que otros años también; aunque yo no recuerde que fuese en marzo, sí recuerdo algo de apagones— tenemos horas, además de días: nada más y nada menos que la Hora del Planeta, el sábado 28 de marzo, de 20:30 a 21:30 (UTC +1, hora en España). Lo que usted puede hacer, aparte de apagar las luces y aparatos eléctricos —yo no les aconsejo apagar su refrigerador, pero, ustedes mismos—, lo pueden consultar en el enlace. Para los niños, se proponen diversas actividades; hay un par, entre ellas, que, de paso, les pueden servir para celebrar también el Día Mundial del Teatro, que es el 27 de marzo —sí, sí, menudo mesecito—: una representación cuyos personajes son las víctimas del cambio climático, para la que WWF ofrece las caretas y un guión, aunque del guión a una obra, va un largo trecho; pero con imaginación y niños de por medio, siempre se puede uno divertir y pasarlo en grande. Y otra propuesta es la de hacer sombras chinescas, aprovechando que a la luz de las velas hay luces y sombras y que, además, sin tele ni PC ni portátil ni DS (porque no vale eso de apagar los aparatos conectados a la red y seguir tirando de los que van a pilas o de los que tienen la batería cargada, ¿eh?, no me hagan trampas, apaguen también el móvil)... los peques y los mayores tendremos tiempo y ganas de vernos las caras, vamos, que nos veremos más con apagón que a plena luz.

Pues hala, aprovechen, si quieren también para rendir homenaje al Día Mundial de la Poesía, que es el 21 de marzo, que ni siquiera es un día solo para ella, porque es el comienzo de la primavera, claro, que por ese motivo y no otro es por el que se lo han adjudicado —y a mí que la poesía no me sugiere así, de primeras, nada primaveral, y la primavera, a bote pronto, tampoco me parece nada poética...—: pueden ustedes probar a recitar poesías de esas que se aprendían en la escuela, que uno cree que ha olvidado y descubre que es como montar en bici, que en cuanto vuelve a dar dos pedaladas, vuelve a estar hecho un chaval. El otro día a mí me salió del tirón el monólogo de Segismundo —«¡Ay, mísero de mí, ay, infelice!», ese digo—; hombre, en La canción del pirata me limité a los primeros versos y a algunos trozos, suerte que mi hija mayor sí se la sabía de pe a pa; pero con Al olmo seco..., de Antonio Machado, mi memoria triunfó de nuevo, ja. La peque, que cada vez es menos peque, por cierto, la que recuerda bien bien es la de El lagarto está llorando. Luego nos recita la que le ha escrito a su abuelo por su cumple. Como el año pasado senté precedente, le he pedido permiso, y aquí se la copio, porque, «mami, yo ya he escrito esta, no estoy inspirada para otra estos días». Cierto, anda muy ocupada haciendo pulseras, dando volteretas laterales y haciendo el pino por ahí, montando en bici, reuniendo a los escarabajos del romero para darles clase... eso es aquí la primavera: niños y bichos por doquier, más que poesía.

(La coincidencia de las fechas es maldita casualidad)

11 de marzo

«¡Que corra la voz,
que corra la voz!
11 de marzo,
un señor muy importante
cumple 72
«¡Huch!»
Que son 75,
mi rima al garete,
el señor es un poco más viejete.
«¿75?» No me salen las cuentas ahora,
«¡Marcelino, trae la calculadora!»
1 + 1 es 2
2 + 2 son 4
y un ocho tumbado
es algo muy complicado.
Pero una cosa sí que sé...
¡Que viva el viejete,
que para eso es mi abuelo!

P.D:
El 99% de 100 abuelos es 1, el mío.

[La puntuación, ortografía, concordancia, forma de escribir los números, operaciones matemáticas, etc., han sido respetadas siguiendo los criterios de la autora, que, por otra parte, nunca se deja aconsejar más allá de si es con ge o con jota; excepto el ocho tumbado, que realmente aparece dibujado como tal, pero no he podido ponerlo aquí (pero sé que es un ocho tumbado y no infinito como creí yo cuando lo vi por primera vez, porque ella, la autora, me lo aclaró). El huch del verso 6, la autora lo pronuncia ach.]

Y ahora va una poesía de Teresa Calderón, poeta y narradora chilena, con la que, de paso, celebramos también el Día de la Mujer, y que me llegó de una lista a la que creo que la envió Juan Blanco, y se lo agradezco.

Mujeres del mundo: uníos

Arriba mujeres del mundo
La buena niña
Y la buena para el deseo
Las hermanitas de los pobres y amiguitas de los ricos
La galla chora y la mosca muerta
La galla hueca y el medio pollo
La cabra lesa y la cabra chica metida a grande
Canchera la cabra
Y la que volvió al redil

La que se echa una canita al aire
La que cayó en cana o al litro
Y la caída del catre
Las penélopes
Matas haris y juanas de arco
La que tiene las hechas y las sospechas
La que se mete a monja
O en camisas de once varas.
La mina loca la mina rica
Pedazo de mina
La que no tenga perro que le ladre
Y la que "tenga un bacán que la acamale"
Arriba las mujeres del mundo
La comadre que saca los choros del canasto
Los pies del plato
Y las castañas con la mano del gato
Las damas de blanco azul y rojo
Las de morado
Las damas juanas y damiselas
Todas las damas y las nunca tanto

La liviana de cascos
Y la pesada de sangre
La tonta que se pasó de viva y la tonta morales
La que se hace la tonta si le conviene
La que no sabe nada de nada
Y esa que se las sabe por libro

La madre del año arriba,
Madre hay una sola
Y las que se salieron de madre

Arriba mujeres del mundo:
La cabra que canta pidiendo limosna
La que como le cantan baila
Y la que no cantó ni en la parrilla

Arriba todas las que tengan
Vela en este entierro
La que pasa la lista
Y la que se pasa de lista

La aparecida y la desaparecida
La que se ríe en la fila
Y la que ríe último ríe mejor:

La natasha la eliana la pía
La paz la anamaría la lila
La angelina y la cristina
La que anda revolviendo el gallinero
La que pasa pellejerías
Y la que no arriesga el pellejo
La dejada por el tren
O por la mano de Dios.

Que se alcen las mujeres con valor
las pierdeteuna
y las que se las ha perdido todas
la percanta que se pasa para la punta
y esa que apuntan con los fusiles.

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jueves, 8 de enero de 2009

Lo poquito que sé de lectura, de lectores y de niños

Las niñas atentas a algo que han descubierto

Este año que empieza, como todos, unos cuantos andaremos buscando trucos para enganchar a uno o varios chicos a la lectura; otros tantos nos los ofrecerán; habrá campañas diversas, como siempre, y no faltará el que diga que no tiene por qué leer todo el mundo, que no todos somos iguales, que es cuestión de gustos. Mire usted qué gracioso. Para mí eso es como decir que no todo el mundo tiene por qué jugar: hombre, pues todos tenemos derecho a ello, sobre todo los niños.
En eso estoy con Joan Carles Girbés cuando decía en su guía Leer para crecer: guía práctica para hacer lectores a los hijos [fragmentos y reseña, en castellano] (Llegir per a créixer: guia per a fer fills lectors [texto completo, en valenciano]): «Es que leer es un rollo... ¡Stop! ¡Eso sí que no! “Es que a mí no me gusta leer.” Sería más correcto decir: “Es que nunca he leído un libro que me guste”, porque a menudo quien afirma que leer es aburrido es porque aún no ha encontrado las lecturas adecuadas a sus gustos e intereses, ese libro corto o larguísimo que le hará descubrir sensaciones nuevas, aprender, crecer, madurar, vibrar de emoción y encontrarse consigo mismo. ¿A quién no le gusta el cine? Pueden que no gustarle las películas de amor, o las de terror, o las de acción, pero seguro que hay determinadas películas que le entusiasman. Con la literatura pasa lo mismo.»
En diciembre, estas pasadas vacaciones, gracias a un mensaje de C. C. en el foro de Animación a la lectura, di con estos Consejos para enseñar a leer por placer en La Nación.
Son buenos consejos; de hecho, son muy buenos: leer a los niños de pequeños, llevarlos a la librería y dejar que elijan sus libros, no pretender que les gusten obligatoriamente los mismos que nos gustaron a nosotros a su edad, hacer sitio a sus libros para que puedan tener su propia biblioteca...
Sin embargo, me llama la atención esta frase: «A la hora de buscar informaciones y diversión, muchas veces los chicos prefieren respuestas más rápidas, como la televisión, la PlayStation o Internet. El escritor Pablo De Santis habla del "carácter de urgencia y de las respuestas inmediatas" de esos medios en comparación con los libros "pacientes y que siempre pueden esperar"». Me pregunto por qué nadie se pregunta cómo llegan los niños a la Play, a la Nintendo o a la PSP, al móvil o a la tele, al ordenador o a la pantalla del tipo que sea; por qué siempre empezamos dando por hecho que es algo innato y natural.
Es curioso, ¿verdad?, es como si todos asumiéramos que un niño prefiere la compañía de una máquina a la de una persona: es más rápida, es interactiva, es de colores...
Ja, ja, aunque volara mientras canta y gira.
Yo les aseguro que los niños prefieren una y mil veces una mamá, un papá, un hermano... quien sea, a una máquina. Enganchar a un niño a la tele es trabajo de días, no de un momento. Es no hacerle caso cuando llega a gatas, si es que ha aprendido a ir a gatas, y dejarlo en el parque para que no moleste y enchufarle la tele. Aun así, el niño mirará la pantalla y luego se aburrirá como una ostra. Y reclamará nuestra atención. Y si no se le hace caso y se le da una ranita que habla cuando le aprietas la pata o la barriga, el niño lo hace un par de veces y luego la ranita se queda cantando solita.
Quiero decir: si mamá le canta una nana, o papá, por mal que canten, el bebé se acurruca en sus brazos, o llora porque le duele lo que sea, pero lo prefiere al chisme que suena y que hasta mece la cuna. Cuando van creciendo, quieren curar a los muñecos y a nosotros, no a un tamagotchi. Cuando descubren algo en el suelo y lo chupan, luego nos lo enseñan a nosotros, no a la tele. Si les contamos cuentos, nos escuchan. Si nos hablan, si se ríen, si lloran porque se caen o porque les da la gana, ¿a quién buscan? ¿Cuántas veces les decimos «ahora no puedo, cariño» porque nos reclaman a nosotros?
Desenganchar a un niño de las personas que le rodean hasta conseguir que se enganche a una tele, a una consola o a un bichito digital es ir cortando hilos de atención: el hilo de leerle cuentos, zas; el de jugar a la peluquería, al médico, al tendero..., zas; el hilo de contar historias juntos, zas; ese otro de dibujar todos, ese también, zas; el de bajar al parque, ¡qué pérdida de tiempo!, zas; ¿que me dicen del de escuchar pacientemente sus chistes interminables o sus cuentos?, zas; el hilo de ensuciar la cocina con muuucha paciencia, quita, quita, zas; y el de que nos hagan una función de guiñol, ah, ¿pero aún hay algún sitio donde haya teatrillos y marionetas?, ¿es que hay padres o abuelos que tengan tiempo de ver las funciones de los niños?... ZAS
Poco a poco, pasito a pasito lo hemos conseguido: hilo a hilo. Que el tiempo es oro y uno no está para malgastarlo en jugar, contar, escuchar, bailar, cantar, crear, destrozar... Luego, cariño, ¿por qué ahora no te entretienes un ratito con ese libro tan bonito que habla? ¿O con ese ordenador para peques? ¿O con esa película que te gusta tanto? «Pero tú conmigo, mami, la vemos juntos, ¿sí?» Mami tiene cosas que hacer, luego viene.
No es la lectura, es todo: la lectura, el juego, la cocina, el bailoteo, la música, las películas, las charlas, los cuentos, las funciones... Los vamos dejando solos y, entonces sí, pero solo entonces, nos sustituyen.

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