El precioso logo de la cabecera lo hizo Chicho, mi hermano pequeño, desde los Estados Unidos, y me lo envió. En este sitio se pueden ver varios álbumes de creaciones suyas. A mí me encantan. Este es el sitio oficial The Art of Chicho Lorenzo: más dedicado a cuadros.

viernes, 27 de abril de 2012

¿Ha muerto realmente la literatura?

 En Oporto, la peque y yo, en una foto fuera de la famosa librería porque, dentro, te regañaban (de verdad) si hacías fotos.

[Creo que este post tiene, al menos, unos meses, pero sigue vigente para mí]

Leo en el blog de Joselu, en Profesor en la Secundaria, en La muerte de la literatura, que «La literatura es prescindible en el mundo que vivimos. No la necesitamos. Claro que habrá una minoría —muy minoría— de inadaptados que la seguirán leyendo. Allá ellos. Serán raros, anómalos, lo pasarán mal.». Me quedo pensando porque, de ejemplo, no ha puesto a Cervantes, ni algún gran libro de novela picaresca, no: ha puesto a Cortázar. El grandísimo Cortázar. Con sus cuentos, supongo, que es lo que a mí más me atrae de él —sí, más que Rayuela, El perseguidor fue el que a mí me explicó la vida, la literatura, la humanidad que compartimos ustedes y yo.

Sé que Joselu se ha formado leyendo, como yo. No igual, claro. Cada uno hemos llegado a la lectura de una forma distinta, como todos. Como todos ustedes.

Y ahora, la literatura no sirve, no hace falta en esta sociedad. Pues es cierto, de alguna manera.

Quizá haya poca imaginación. Quizá haya poco tiempo. No se sabe bien, ni lo sabe Joselu, pero lo apunta.
 

Leo algo, pero poco, absorbido por la tecnología. En consonancia observo que la mayor parte de los profesores defensores de las nuevas tecnologías en la educación, han dejado la literatura en un segundo o tercer lugar, casi irrelevante. Su dedicación a la informática es tal que su posible tiempo para la literatura, que es radicalmente absorbente, es próximo a cero. La complejidad del discurso literario entra en contradicción con la simplicidad de los tweets y la información rápida que abunda en la red. 

Y los alumnos que están enganchados a Tuenti, esos, que en teoría, leen mucho en la red —no me lo creo, ni siquiera son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hacían aquí, en Madrid— «Su capacidad de atención es mínima, su cerebro probablemente ha mutado hacia otros tipos de atención más selectiva que la que implica el lenguaje literario que, dicho sea de paso, exige un tiempo y una voluntad que no concuerda con la realidad que vivimos: frenética e incapaz de dejar ningún poso.»

Vale, yo sí compro libros. Y bajo libros de Internet para mi e-reader. Y leo. Leo mucho. Es más, si no leo algún día, de esos en que viene gente a casa o nos vamos por ahí, lo echo de menos. Pero, ¿no llenarían igualmente entre Twitter, los blogs que sigo —con marcadores dinámicos y en carpetas, sí, soy algo antigua en esto de los feeds—, los sitios web que me gustan, etc. el tiempo de lectura? ¿No tendría que sacar tiempo de donde no lo hay? ¿Por qué me extraña entonces que los adolescentes no lean casi —y no me vale eso de que leen en la red; si no son capaces de leer el manifiesto de la huelga de estudiantes que hicieron, aquí en Madrid al menos, el mes pasado—, lean solamente los libros obligatorios?

Tienen tantas cosas que hacer. Viven conectados, con su BlackBerry o su IPhone, con su portátil o su netbook, con el teléfono tradicional incluso. Están siempre con sus amigos, en persona o vía las redes sociales, en el cole o en las actividades extraordinarias. Así no hay quien se aburra, quien reflexione, quien tenga una hora seguida de tiempo muerto. Y, si existe ese tiempo, lo dedicarán a estudiar, y los padres estaremos muy contentos y les daremos el visto bueno.
Pero ni Joselu ni yo nos hemos educado así: «En mi vida la lectura ha sido esencial. Me he pasado la vida leyendo y sigo haciéndolo.», cuenta Joselu; y yo me sumo a su afirmación. Entonces, ¿cómo serán las nuevas generaciones criadas al abrigo del Tuenti o del Twitter o del Facebook o de las series online o de la inmediatez de la conexión a Internet? Todos estamos de acuerdo en que no tienen por qué ser ni mejores ni peores personas. Pero, ¿se sentirán igual de humanos que nosotros? ¿Leerán las mismas cosas? ¿Servirá el canon para ellos? ¿Se perderán algo? ¿Ganarán algo? ¿Siguen teniendo imaginación o ya no?


A mi hija pequeña, la última lectura a la que le han obligado en el cole es Anillos para una dama, de Antonio Gala. Ni siquiera se puede descargar en la red: no hay tanta demanda como para subirla ni tanto fan como para compartirla; y no me extraña nada: es una porquería ñoña. Le he dicho que le hago una nota a su profe para explicar que en mi casa, a Gala, o lo descargamos gratis o lo cogemos de la bibllioteca —y ya está cogido hasta el 25 de noviembre—, pero mi hija no me deja. Ya he pasado por Marina, de Ruiz Zafón, y por La catedral, de César Mallorquí, y me he zafado, je; porque estaban disponibles en la biblioteca. ¿Qué enseñanza de la literatura es esta? No sé, ni me importa.


Como Joselu, yo, con dolor ya atemperado, renuncio a contagiar la lectura más allá de una determinada edad. Que lean, si quieren, lo que quieran, los que quieran.


Y, si no les da la gana, a partir de los catorce, como en las bibliotecas, que se busquen la vida, que todos lo hemos hecho. ¿Que no existía Internet?, vale, pero estaba la tele, o los amigos y las chuches y el estar en la calle, y el quedar en una cafetería o un pub.


El que quiera dejarlos sin lectura desde niños, allá él. El que los deje a su entero antojo en cuanto a leer, allá él, también.


Creo que Joselu provoca, pero también creo que analiza la función y el tiempo de la literatura en esta sociedad. Porque, no nos engañemos, los tempos han cambiado y eso se acusa.


Surge en mí otro tema distinto, derivado de este: la enseñanza de la literatura en los cursos de Secundaria, sin afán ninguno de fomentar la lectura. Por favor, los profesores de Literatura, que hagan su trabajo, como los de Matemáticas o Física o Economía o Geografía o Historia del arte, y que dejen a Gala abandonado en el arcén, que las obras de los clásicos tendrán que leerlas y aprender. ¿O acaso por miedo a frustrar al alumno dejan de hacerle aprender a resolver integrales o derivadas?


Yo, a un profesor, le pido sólo eso: que le enseñe.


La afición ya es cosa de la familia y del tiempo en el que vive.

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viernes, 31 de diciembre de 2010

El país de los enanos, porque los enanos no se merecen el miedo ni la responsabilidad de los adultos.


Primer día cole Laura: las dos felices.

Al país de los enanos hay que ir en triciclo y no pasar del metro y medio. Alguien lo ha imaginado así.

En el país de los enanos todo es pequeño, todo menos la diversión y las ideas.

Es pequeño el balón, pequeño el campo, grandes las carcajadas y grandes las carreras. Y cuando los enanos y los niños juegan al fútbol corren mejor que nadie y meten cada uno más goles que los demás.

Es pequeño en el país de los enanos el apetito, pequeña el hambre, pequeños el puré y las verduras, y muy grandes los dulces, y los macarrones, que le gustan a Laura.

Laura entró el otro día en el país de los enanos. Iba, por supuesto, montada en su triciclo —¿o iba en su bicicleta?—, y entró, cree recordar, por la puerta del armario de la ropa de los muñecos. Está casi segura de ello.

Lleva ¿cuánto tiempo? en el país de los enanos y no recuerda si sabe regresar a casa, si quiere regresar a casa. Bueno, mejor sigue pedaleando.

Cuando abandona el triciclo ve que hay una fila interminable de triciclos y de bicis vacíos. Se pierden, con sus colores, en el horizonte.

Laura encuentra junto a una puerta a los enanos custodios, que tienen todo el tiempo del mundo para guardar la puerta, todo el derecho del mundo a exigir mil y un requisitos para permitir el paso.

Pero los enanos solo te piden entre risas que midas menos que su vara de avellano, que mide un metro y medio: ni un milímetro más ni un milímetro menos.

Junto a la vara, Laura es más bajita. Los enanos guardan de nuevo el «metroimedio» y le dicen:

—Lo bien que nos lo vamos a pasar, Laurita.

Laura camina y, según pasa, ve muchos más niños que ya están allí jugando.

Laura piensa: «Entonces, aquí, si todo el mundo juega, ¿quién cocinará? ¿Quién limpiará este parque que veo? ¿Quién fabricará los juguetes y balones si los enanos no paran de jugar?» y, por un momento, su cabeza se asoma peligrosamente por el armario azul y blanco de la ropa de muñecos al cuarto, al mundo real y organizado de los adultos. Rápidamente Laura solo piensa en cuánto le apetece comerse un gran bombón de esos que ve en la caja que sujeta el enano más gordo que jamás haya visto. Entonces se borra la cenefa de la pared del cuarto, se borran la puerta y la ventana y hasta el mismo armario azul y blanco.

En cambio, los bombones huelen cada vez más fuerte a chocolate y Laura coge uno, y el enano se come tres de golpe.

—Sigue, sigue. Puedes comerte cinco, siete, ochenta.

Qué enano más amable. Laurita se atiborra. Al cabo del rato prefiere mirar cómo come el enano y oler el chocolate y desearlo, solo desearlo.

Entonces el enano se despide —con la mano, porque es bien educado y no habla con la boca llena; bueno, solo a veces.

Laura se topa con el tobogán más grande de todo el parque, y encima es amarillo, como le gusta a ella. Y montones de enanos suben por la rampa en vez de hacerlo por las escaleras y se pueden hacer carreras con ellos, y ponerse como un puente para que baje otro por debajo, y deslizarse rápido por debajo de las piernas pequeñas de los enanos, que se ríen y chillan y hacen que Laura y otros niños se lo pasen en grande. Y, aunque llevan horas riéndose y jugando, nunca es hora de irse del parque, no es hora de irse a casa.

Pero, a ese niño que se ha caído y llora, ¿quién va a venir a hacerle «cura sana, culito de rana, si no se cura hoy, se curará mañana»? Vaya, otra vez se asoma Laura al mundo coherente de la realidad: se vislumbra el apagado sol de invierno que entra por la cortina en la alcoba. La puerta del armario está entreabierta y Laurita se asoma al cuarto desde dentro.

Pero que no, que yo no vuelvo. Que llore el niño si le da la gana, que lo que yo quiero ahora es jugar con él a hacer animales con la plastilina. Y la habitación ya no existe. Existe, en cambio, la fábrica más grande de moldes de animales de plastilina que Laura pueda imaginar, y hay animales que ella no ha visto nunca.

Con planos y todo los enanos corretean de acá para allá. Los planos son a escala; algunos, otros no; y tienen más tachones...

Con kilos de plastilina de distintos colores los enanos y los niños —incluida Laura— hacen animales preciosos, animales terroríficos y hasta defectuosos. Y, si uno quiere, al defectuoso lo aplasta con un mazo gigante que lleva escrito en el mango: «al que no te guste, lo espachurras». Si te gusta, lo dejas salir, con defecto y todo, como te dé la gana: por doquier corretean canguros con joroba y gatos con cara de besugo.

Lo mejor de todo es que una vez hechos cobran vida. Se mueven como los muñecos de las películas, hablan con voces de pito, se funden con el suelo y se recomponen mágicamente, se pelean, saltan, ríen... y, si te dan mucho la lata, los espachurras con el mazo grande.

«¿Y adónde irán una vez aplastados? ¿Volverán a ser simple plastilina cuando paren de hablar y de moverse?» Casi sin darse cuenta Laura volvía a ver la alcoba desde el fondo del armario blanco y azul. Los animales de plastilina y sus voces se diluían. El cuarto se hacía más real. Se encontró delante del armario sentada en su triciclo. Sabía cómo volver al país de los enanos, sabía que si dejaba de preguntarse tantas cosas y se limitaba a disfrutar regresaría rápidamente. Pero estaba cansada, así que bajó del triciclo y fue a buscar a papá y mamá que hablaban en la cocina. Antes de salir de la habitación echó un vistazo: el armario de rayas azules y blancas tenía una puerta entornada.

El país de los enanos, porque los enanos no se merecen el miedo ni la responsabilidad de los adultos.SocialTwist Tell-a-Friend

viernes, 10 de diciembre de 2010

Ya vienen los Reyes...


Una de las nevadas del año pasado, aprovechada para hacer un ángel de esos que hacen en las pelis norteamericanas por mi hija mayor.


Este diciembre me adelanto, cuando en realidad me atraso un año entero, desde el enero pasado, en que leí a Sánchez Ferlosio un artículo estupendo titulado «Televisión para niños», les recomiendo que lo lean, sigue vigente, por desgracia. Ese artículo me hizo acordarme de las cartas a los Reyes Magos de los niños de ahora (vale, no todos, menos mal): algunos ni siquiera escriben porque cortan las fotos de los juguetes y las cosas que quieren y las pegan en la carta; hay otros que sí ponen con su letra lo que piden: tras el consabido «este año he sido bastante bueno», llegan las peticiones: quiero el Super Mario Bros. para Wii, el volante, el micrófono de Hanna Montana, el Quién es quién de Disney, la linterna de Ben 10, la Barbie fashion morena, las zapatillas de fútbol de Nike que usa Ronaldo, etcétera, etcétera.

No, no crean que me molesta que los niños den a los Reyes tantas pistas. Ni que tengan tan claro que si el maletín de hacer pulseras que quieren es el de Hello Kitty no les valga otro similar o incluso más bonito. No es eso.

Es que no veo que ninguno haya pedido un caballo (a no ser que sea uno interactivo que tienen en el Toys R Us y que no es de verdad), ni un muñeco que se convierta en un homúnculo con vida propia, ni una pelota que siempre marque gol, ni un sombrero del que poder sacar todo lo que uno necesite en el momento justo, ni una bandera que señale cuándo hay peligro, ni una nevada increíble que obligue a cerrar el cole, ni una luz que brille a distancias desmesuradas y pueda iluminar la noche oscura de un amigo que se ha ido a vivir lejos lejos, ni...

Todas esas cosas, y otras tantas, las pedía yo junto a disfraces, cuentos, barriguitas, muñecas, coches, grúas y demás.

¿Qué ocurre con los niños? ¿Qué les pasa? ¿Acaso crecer entre tanta ficción y tanta magia les ha hecho anclar sus pies a la tierra? ¿Es que no piden la luna porque no saben que existe? ¿O es que les sobra porque no tiene un copyright que podrán lucir como logo más que marca, como explica Rafael Sánchez Ferlosio?

Y ¿los padres? ¿Se murió su imaginación, que no echan de menos que los niños imaginen? Se quedaron en traer el catálogo de juguetes del sitio más a mano para que el niño ponga las pegatinas de «me gusta esto» como si estuviese en Facebook, y los papás no lo encuentran extraño, no, lo ven facilitador y cómodo.

Pero qué pena, ¿verdad?, tener que buscar con lupa en la lista de los niños hasta encontrar algo que no sea un producto comercial.

A ver si conseguimos devolverles a esa cabecita toda la magia que ellos llevan dentro. A ver si este año les contamos que el catálogo se perdió, pero que hay tantas cosas que uno puede ansiar y desear, y que este es el mejor momento para pedirlas, porque los Reyes, y Papá Noel, son todos magos.

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miércoles, 21 de abril de 2010

Poesía LIJ que llega y alguna que ya estaba

Tres autores muy queridos para mí tienen novedades: Darabuc, Germán Machado y Pedro Villar. A su vera, ilustradores y enlaces a más libros que merecen la pena. Y uno de los proyectos, Garabatos y ringorrangos, me es especialmente querido, así como Germán, el autor, y su ilustrador, Alberto Caja.

Llegan novedades de poesía lijera, que no ligera (este «lijero» creo que lo ha contagiado Jorge Gómez Soto desde su Literatura infantil y juvenil actual).

Todos ellos son poetas que parece que conservan su alma y su curiosidad de niño. Es difícil escribir poesía para niños y gustar tanto a los chicos como a los adultos, pero ellos lo consiguen.

Ya está ahí El libro de las mandangas, de Darabuc, accésit de Luna de Aire, con ilustraciones de Arturo García Blanco. Tiene poemas como este:


«Aire del untado de chocolate», de fotos de Gonzalo García

Aire del untado de chocolate


Que yo no he sido, madre
ni sé yo nada
de ese turbio descuadre
de la tableta,
calamar violinista, ay, ay, ay,
pulpo poeta.


Que se entró la vecina
doña Pirata,
con un hambre canina,
la muy gamberra,
calamar de montaña, ay, ay, ay,
pulpo de tierra.


Que vinieron ladrones
con la ganzúa
a llevarse camiones
de la bodega,
calamar de sembrado, ay, ay, ay,
pulpo de siega.


Que vinieron marcianos
en navecillas
y me untaron las manos
de chocolate,
calamar de parterre, ay, ay, ay,
pulpo de arriate.


Además de que hoy
tengo desgana,
mamá, es que yo no soy
nada dulcero,
calamar mentiroso, ay, ay, ay,
pulpo trolero.




cubierta de La vieja Iguazú

Pero mientras, bien se puede uno hacer con La vieja Iguazú, II Premio Luna de Aire, Darabuc, ilustrado por Ana Cuevas, CEPLI, 2005, 3.ª ed. 2007.




cubierta de Garabatos y ringorrangos

Germán Machado publica el maravilloso Garabatos y ringorrangos, que ilustra maravillosamente (de verdad ma-ra-vi-llo-sa-men-te) José Alberto Caja, en la colección LIJ de Editorial LdN (ya saben, en digital y en papel): le falta nada para salir porque Óscar Villán ya le ha dado forma con su maquetación —esperemos que le quede tiempo para hacer sus propias ilustraciones, je, je.


maqueta de «Avaricia»

Avaricia

Acumula y acumula
un tesoro bajo llave,
el avaro ringorrango
nunca presta y no reparte.

Ahora mira de reojo
el tesoro acumulado,
pues se le escapa la tarde
sin haberlo disfrutado.

Mientras, pueden disfrutar de sus poemas sobre animales, Bichos, dice Germán, que han ido apareciendo en el blog de Darabuc; o de sus relatos también lijeros, El secreto de los Greenwall, ilustrado por Cecilia Alfonso Estevez; Pikin kiwi, ilustrado por Paola Zakimi; y Maho y Zorya, ilustrado por Fernando de la Iglesia. Y, viene tan a cuento... ¿puedo, puedo decirlo...? Bueno, como no lo sé, solo diré que también está por llegar en breve un precioso álbum ilustrado en que el texto es responsabilidad de Germán y los dibujos son de Fernando: que avisen en cuanto esté, y que sea el comienzo de una larga y estrecha colaboración, eso deseo.


ilustración de Pikin kiwi, del cuento


cubierta de Cuéntame, del blog Cuaderno de apuntes

Pedro Villar estrena álbum infantil ilustrado; no es en verso, pero es la mar de poético: Cuéntame, con las ilustraciones de María Wernicke, en la editorial Fineo; yo voy a encargarlo ya.


cubierta de Los animales de la lluvia

Mientras, disfruten de los que tiene editados en Diálogo: Los animales de la lluvia, ilustrado por el genial Miguel Ángel Díez—¿Cómo tiráis al que sobra? —Lo arrojamos por la borda.», rima genial del libro, ¿verdad?), y El bosque de mi abecedario, ilustrado por el también estupendo Miguel Calatayud —sé que cronológicamente van al revés, pero es como yo los he conseguido y he leído.


fin de El bosque de mi abecedario

COLORÍN COLORADO

Fui flor, feria,
fuente, faro,
fui fiesta,
fui faquir,
fui frágil,
fui fugaz
fui feliz,
fui final,
fui
FIN

Otro que tampoco es exactamente poesía pero que como si lo fuera es ABCdario, de Antonio Ventura y Noemí Villamuza, en Ilustrados de Nórdica; el precioso vídeo de presentación:


Disfrútenlos todos y los que se les ocurran (hay muchos si siguen los enlaces; los del post y los de la derecha en el blog). Ya saben, para estos libros, la edad es orientativa, y solo el punto de partida si uno mantiene el espíritu joven hasta más allá de los noventa y nueve.
Feliz día de Sant Jordi, del libro y de la rosa, del libro... Traten de hacer que dure hasta el año que viene (no el libro, sino el espíritu del día), es de lo más gratificante :-)

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martes, 13 de abril de 2010

Vuelvo

Este blog ha estado parado por motivos ajenos a la empresa... bueno, no hay más empresa que el proyecto en sí, y nadie es responsable de su parón exceptuándome a mí, pero siempre me admiró que MetroMadrid lo dijera y quedara como un rey, así que es una frase que pensé que igual, con algo de suerte, ustedes creerían, como los que viajamos en metro tenemos que «descreer» tantas veces, aunque alguna sí sea verdad.

Pido perdón por no avisar de la parada obligatoria, sobre todo a los que siguen (o seguían) el blog. Y, además, caigo en la cuenta de que he llevado la contraria a todos los consejeros de cómo llevar un blog, que insisten en que la periodicidad ha de ser regular (!) y no demasiado espaciada (!): caray, de veras no lo he hecho aposta. Pero, ya se sabe, la mujer propone, Dios dispone y el hombre y la vida atan cabos.

Bienvenidos de nuevo si quieren aceptar las disculpas y volver a visitarme.

Unos consejos sobre qué no hacer cuando uno al fin se ha hecho con un eReader, como aperitivo de las entradas que vendrán más regularmente:

  • No baje todos los e-books gratis que encuentre.
  • Conviértalos a e-pub: para eso va muy bien tener el Calibre y seguir lo que dice Marcos Taracido en Receta casera para cocinar un e-pub, en LdN.
  • No se baje sagas de vampiros, cazadores oscuros, were-hunters, muertos y malditos: hay demasiadas, enganchan a las adolescentes (a veces también a los adultos) y no logrará ver su eReader ni para cargarle la batería.
  • No piense, si no es lector, que va a leer mucho más; al fin y al cabo, lo bueno es el desplazamiento de muchos libros en poco peso, pero echará de menos el libro en papel y la pantalla retroiluminada.
  • Anote con cabeza (si tiene pantalla táctil): en cuanto uno toca la pantalla, usted selecciona una frase o párrafo o palabra de la página, sin haberlo querido. Caramba, borre esa anotación, no tiene por qué tirar el libro de usted, como tampoco el coche es el que decide a qué velocidad quiere ir.
  • Visite Editorial LdN: uno de los mejores sitios para hacerse con e-books de calidad de verdad de la buena.
Nos vemos o leemos en breve, antes de que llegue el día del libro :-)
Un beso y gracias.

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Nórdica Libros, Premio Qwerty al Mejor Diseño Editorial

Ilustración de Marta Gómez-Pintado para
Alicia en el país de las maravillas


Los Premios Qwerty han dado a Nórdica Libros el Premio Qwerty al Mejor Diseño Editorial, y no me extraña nada, la verdad. Cualquiera de sus libros es, creo que ya lo he dicho varias veces, una deliciosa joya a la que no hay que renunciar. Con cuatro colecciones, Letras Nórdicas, Otras latitudes, Soñando ciudades e Ilustrados, la única que se edita en cartoné en tela y, francamente, es de lujo, es la última. Pero no solo esas geniales obras, sino las colecciones Nórdica y Otras Latitudes, no ilustradas, en rústica, son también de una calidad que denota el cuidado y la querencia por los libros.


A la vez, las herramientas de las nuevas tecnologías son aprovechadas por la editorial para presentar las novedades, y quedan como un catálogo animado al que se puede volver y con el que podemos disfrutar casi más que hojeando el libro en la librería. El último vídeo, por ahora, el de Alicia en el país de las maravillas, es una preciosidad, pero es que cualquiera de los anteriores lo es —han tenido el acierto, además, de empezar a poner de dónde sacan la banda sonora que acompaña a las imágenes y a la letra— y volver a verlos es una tentación grande.

De hecho, dentro de Ilustrados está también la colección MINIIlustrados, en rústica, con un tamaño menor y a menor precio. Y atentos a esta colección porque ofrece maravillas que no pasan por su hermana mayor, la colección Ilustrados, como Vi, de Gógol, ilustrado por Luis Scafati o La maravillosa historia de Peter Shlemel, de Adelbert von Chamisso, ilustrado por Agustín Comotto o Secuelas de una larguísima nota de rechazo, de Bukowski, ilustrado por Thomas M. Müller. Los otros sí han aparecido en cartoné con sobrecubierta o camisa, pero también es una buena ocasión de hacerse con ellos si uno no puede permitirse el precio de la edición más cara (aunque yo siempre encuentro que quitamos antes presupuesto de los libros que de otros hobbies, claro, cada uno tiene sus preferencias; sin embargo, no me digan que los libros son caros, cuando todo lo demás, a mí por lo menos, me parece igual o más caro, francamente, y encima algunas cosas se consumen y no se puede volver a ellas).


La maravilla que supone Alicia en el país de las maravillas en su colección Ilustrados es, por supuesto, el libro de Lewis Carroll, traducido por Humpty Dumpty, pero, sobre todo, el hermanarlo con las ilustraciones de Marta Gómez-Pintado, que son soberbias; estos matrimonios bien avenidos que Diego Moreno crea son un hallazgo para los libros y un acicate para el panorama del libro ilustrado en español, que, menos mal, tiene en esta editorial y algunas otras a los mejores introductores de la ilustración no limitada al mundo infantil.

Hay que ser valiente para ilustrar un libro al que muchos tenemos asociado a las ilustraciones de John Tenniel; en este sentido, Marta Gómez-Pintado se ha desmarcado de la caricatura que tanto me gustaba para los personajes de la Duquesa o de la Reina, consciente de que tenía que buscar su propio estilo, y se centra más en Alicia y en la perspectiva del ojo o el ángulo desde el que miramos. Así, la ilustración de los zapatos, dentro del libro y en la sobrecubierta (como presentación), nos llevan de golpe a la lógica ilógica de Alicia de comenzar la relación con sus pies como seres aparte, a los que dirigirles regalos, dado que tan lejos de ella ya no son parte suya; a la vez, ¿quién no se siente identificada con las merceditas que Marta pinta? ¿Qué adulta o adolescente no ha calzado estos zapatos en alguna ocasión como imposición de los adultos? ¿No los identificamos así con el razonamiento apropiado de una niña bien educada? ¿No es una buena forma de ver de dónde vamos a ir separándonos en este delicioso libro en el que todo lo apropiado y lo recibido se pone patas arriba?


El que Alicia salga de sí misma en la ilustración de la p.6, o la merienda de locos centrada alrededor del tiempo en la ilustración de la p.81, en que la mesa es redonda con las agujas del reloj, o ver a la Alicia encogida desde el otro lado de la cerradura en la p.16 son preciosos modos de reinterpretar Alicia en el país de las maravillas. Y el que sea en blanco y negro y colores muy suavemente añadidos es un acierto, para mí; el alejarse de los coloridos brillantes de otras versiones, incluida la de Walt Disney, es digno de agradecimiento.


Como siempre, genial la elección de Diego Moreno y de la Editorial Nórdica, que apuestan por rescatar, sí, autores consagrados, pero también por apoyar a ilustradores vivos, como hizo con Noemí Villamuza y Javier Zabala y Luis Scafati, por ejemplo, y hace ahora con Marta Gómez-Pintado.


Ah, y atención al siguiente ilustrado, que promete tanto como este: Javier Zabala (que ya ilustró Bartleby, el escribiente en Nórdica) ilustra Hamlet, de Shakespeare. No me lo pierdo tampoco.

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sábado, 24 de octubre de 2009

Cómo llegamos a la lectura


Laura, a la derecha, y su prima, atentas
al teatro de marionetas que hace Marta.

Muchos de los que somos lectores, letra-ferits, heridos por la lectura, enganchados al placer de leer, nos preguntamos a menudo cómo llegamos a ello. ¿Cuándo? ¿Quién nos lo contagió, si nos lo contagió alguien? ¿Con qué libro empezamos? ¿O con qué historias? ¿En boca de quién nos llegaba nuestra primera relación con la literatura? ¿Fue por la palabra, oralmente, escuchando, o fue con las letras, de manera visual, adjudicando a las grafías el sonido y a los sonidos el significado?

Solemos preguntárnoslo porque esperamos que, encontrando la respuesta, podamos contagiar o trasladar a los que nos importan y que aún no son lectores esa ansia por leer, esa necesidad.

Casi todos nos remontamos a la infancia y no recordamos bien los pasos concretos que nos llevaron adonde estamos. Se lo pregunta la Maga Colibrí, Lara, de la maravillosa librería El bosque de la maga Colibrí, en Empezar a leer:

No recuerdo cuándo empecé a leer. En mi casa no había demasiados libros, ni mis padres eran grandes lectores. Mi madre dice que apenas me contaban cuentos, ni me leían por las noches. Sin embargo, yo recuerdo las historias interminables que mi abuela inventaba para mí mientras paseábamos por el bosque, mientras caminábamos aquel camino interminable desde el autobús hasta su aldea, mientras cocinaba, mientras merendábamos, o a la hora de ir a dormir. Mi abuela es una de esas personas que consigue sacar un relato apasionante de una anécdota anodina. Sabe contar, sabe engancharte a sus palabras, sin artificios, sin teatralidad. Y creo que de ella me viene la voracidad por las historias, aunque no haya heredado su capacidad para contar.

No recuerdo cuándo empecé a leer, pero desde siempre me recuerdo con un libro al lado. En el autobús del colegio, en el recreo, en el parque, leyendo a escondidas por las noches pese a las protestas de mi hermano para que apagara la luz.

A veces vuelvo la vista atrás e intento descubrir los hilos que me fueron atando a los libros, por si puedo reproducir las puntadas, como mediadora de lectura que soy, como recomendadora, como librera. No lo consigo. Sólo consigo recordar sensaciones que todavía me asaltan ahora, cada vez que leo un buen libro. Y me tengo que conformar con intentar compartirlas, hablando de lecturas y de libros.

Juan Mata, este verano, nos obsequió con una serie llamada Voces primordiales, cuatro capítulos, en que «Quisiera ir ofreciendo en las próximas semanas algunos testimonios de escritores/lectores acerca de la influencia que sus padres tuvieron en sus deseos y gustos por la lectura. Me parecen oportunos en estos días en que el tiempo parece dilatarse, en que la proximidad se hace más íntima y duradera. Espero que les gusten y les haga pensar o quizá recordar.»
Y por allí pasaron las voces de Soledad Puértolas y del cuento que le contaba su madre cuando estuvo ella enferma a los tres años, y esa gallina petirroja que se quedó para siempre en su memoria, aunque aún no supiera qué significaba semejante adjetivo, «petirroja», y que la ligó para siempre a la lectura; o la del premio Nobel de Literatura Vidiadhar Surajprasad Naipaul, que «[a]l cabo de los años seguirá recordando la deuda con la voz paternal»; o Bertrand Russell que nos habla de cómo su abuela, leyéndole, pero también ejerciendo de censora, le condujo a la lectura.
¿Y por qué dejo para el final el número tres de los cuatro capítulos de la serie que nos ofreció Juan Mata en Discreto lector? Porque ahí «se tornan los roles y ahora es el hijo el que lee. Los padres actúan en este caso como receptores en vez de donantes. Pero si bien hay una alteración de las funciones no cambia el sentido del ritual: la lectura como un hilo invisible que anuda al niño con sus progenitores. El respeto y el aliento hacia los libros siguen siendo de la misma naturaleza, aunque se manifieste ahora de un modo distinto, aunque modifique el cometido de cada uno de los protagonistas.» José María Merino lee a sus padres. Les lee lo que estos le piden, y ve el efecto que las palabras tienen sobre ellos.

Yo, como la Maga Colibrí, como Juan Mata, como tantos, siempre he intentado hilar fino para que mis hijas pudieran recibir el preciado regalo que a mí me hicieron: el disfrutar de la lectura, el ser un letra-ferit.

En una familia en que los libros abundaban en todas las habitaciones —el salón, las nuestras...—, en que los abuelos, sobre todo el abuelo, contaba historias de sitios exóticos —qué hay más exótico para un niño de ciudad que las historias de un pueblo y un río y perros que viven sin atar, y una madre y hermanos que parten a la ciudad a los doce o trece años—, en que los cuatro hermanos hacíamos funciones a nuestros padres, o nos juntábamos con otros amigos y les hacíamos a los adultos teatro de marionetas, o entre nosotros y nuestros padres contábamos cuentos y escribíamos un periódico cuando nuestro padre se iba de viaje para que no se perdiera ni una noticia importante: «Fran ha aprendido a tirarse de cabeza» (el primero), «Hemos ido a ver la película de La Bella Durmiente y Javier y Ana se han tenido que salir» (por el miedo, claro) y otras cosas importantísimas.

Así, aprendí que no era solo leyendo o cantando nanas o hablando, que sí, que claro, que también. Es escuchando cuando ellos nos cuentan o nos leen o nos cantan o nos imitan, porque al principio seguramente nos cuentan un cuento muy parecido al que le hemos contado. Y nos piden el mismo cuento o la misma nana o la misma poesía una y otra vez. Y, cuando cogen las marionetas, nos encontramos con que la función representa una historia en que la poesía se dice tres o cuatro veces. Poco a poco, sin embargo, empiezan a elaborar historias más complicadas y autónomas de las que conocen.

Llega un momento también, en la lectura, en que, además de leer lo que les recomendamos y lo que les compramos, nos piden un libro y nos lo recomiendan. Entonces, nosotros lo leemos y lo comentamos con ellos. Y descubrimos que su personalidad les inclina hacia uno u otro estilo, hacia un tema u otro.

Marta y yo siempre hemos intercambiado impresiones de libros y este no es el primero que me recomienda. Pero sí es de los que ha descubierto ella sola y de los que más le han gustado: Marta me recomendó Mary tempestad, de Alain Surget, en Marenostrum.

Y Laura. Laura, que me preocupaba porque no se enganchaba a la lectura. Laura, que no sé por qué no tengo paciencia a pesar de que cada una gateó a una edad diferente, cada una empezó a hablar a una edad diferente. Laura, al fin, fue más allá de leer libros finos y cortos. Me recomendó El pan de la guerra, de Deborah Ellis, en Edelvives y me pidió, bueno, se lo pidió a su abuelo, que es infalible (todo lo consigue), la segunda parte: El viaje de Parvana.

Y ¿qué quiero decir con esto? ¿Qué quiero compartir? Que da fruto. Que esa forma de compartir de la que hablamos la Maga Colibrí en Cosas de la Maga , Juan Mata en Discreto lector, las voces primordiales que recoge, Darabuc en sus blogs encabezados por Darabuc, Jorge Gómez Soto en Literatura infantil y juvenil actual, Kareche en Leer por leer, Pedro Villar en Cuaderno de Apuntes y tantos otros, que esa forma de estar con ellos, los niños, desde el principio, cuando «aún no hacen nada», según algunos —qué poco les han mirado, ¿no?, si cambian de un día para otro, si son un mar de gestos—, con las nanas y las rimas, incluso con las historias que les contamos; y luego, cuando les leemos libros de poesía o de aventuras o de fantasía; más tarde, cuando no les abandonamos ante el libro, sino que lo leemos a medias, o nos leen o les leemos, sin renunciar al placer de contar y que nos cuenten, esa ansia de todos por escuchar... Y cuando ellos crean una historia, o nos recomiendan una, entonces, qué maravilla saber que la lectura es algo que nos es común, que nos hermana porque disfrutamos.

No sé si ustedes tienen hijos o no; ni siquiera sé si tienen niños cerca, pero les puedo asegurar, ahora sí, ya, por fin, desde la experiencia, que todo lo que sembramos luego crece. Merece la pena, no solo por lo bien que se pasa, no solo por oír las risas de un niño pequeño, no solo por ver la cara concentrada y la boca abierta; merece la pena también porque se contagia. Y hay pocos placeres en este mundo que puedan contagiarse de una forma tan sutil y con tanta recompensa anticipada: habremos disfrutado nosotros todo el tiempo; ellos disfrutaron también y ahora nos seguirán haciendo disfrutar y, quién sabe, puede que en el futuro, sepan hacer disfrutar a otros, a niños, que nunca, jamás, deberían tener puertas cerradas a nada que no sea el sufrimiento. Abrirles puertas a lo bueno, esa obligación es nuestra.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

La ciencia en España no necesita tijeras

El logo ha sido diseñado para esta iniciativa


El otro día hablábamos de una luchadora. Hoy hay que luchar. Qué cosas, pasa el tiempo y tenemos que seguir luchando por las cosas tan obvias, ¿verdad?


Así, a bote pronto, una razón, cualquiera, porque hay muchas, claro. Los políticos no pueden quitar dinero de donde el presupuesto dado no cubre las necesidades: en la I+D+i en España no nos llegaba antes; ¿se puede recortar un agujero? Pues no.


Por vergüenza ante nuestros hijos: ¿cómo es posible que les digamos que tienen que estudiar, que, además, hay muchas cosas interesantes de verdad, y luego se recorte el exiguo dinero que se dedica a investigación? «Niños, estudiad, pero lo que se va descubriendo e investigando en otros países, aunque haya científicos españoles en los equipos.» Eso, que estudien lo mínimo; que si luego quieren vivir aquí, van a tener que hacerlo de la banca, de las ventas o de camareros (nada en contra, pero no podemos vivir todos de lo mismo, ¿no?).


Porque la casa no se sujeta sin cimientos: si hay tecnología y medicinas, vacunas y maquinaria avanzada, tratamientos novedosos en enfermedades, estado de bienestar, preocupación ecologista, soluciones, al fin, y muchas, muchas necesidades que aún no tienen tales soluciones pero uno no pierde la esperanza de que las vayan a tener es porque hay gente que investiga, que renuncia a forrarse en empresas privadas, que tiene vocación de descubrir e inteligencia para plantear nuevos caminos, y paciencia y buen hacer para trabajar en equipo. Esa gente pone los cimientos necesarios para la tecnología, la farmacéutica, la medicina... y todas las ciencias aplicadas: en resumen, nos brinda, con trabajos largos, dedicados, una sociedad más cómoda, en la que las desigualdades por enfermedades, discapacidades, etc. son superadas en la medida en que se puede. ¿Quieren los políticos dejarnos con cimientos endebles?


Necesitamos a nuestros científicos. Necesitamos la ciencia. Necesitamos la investigación.

Nos negamos a que den tijeretazos sin saber qué nos van a hacer perder.



Esta iniciativa parte de Javier Peláez y pueden informarse más en La aldea irreductible, sobre todo en Iniciativa: "La ciencia en España no necesita tijeras", en La ciencia en España no necesita tijeras y en El espejismo de la ciencia en España. Vayan a leerle y a leer algunos que enlaza: son mucho más interesantes que esta entrada mía, se lo aseguro.

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lunes, 5 de octubre de 2009

Mercedes Sosa: de todos, de Latinoamérica, de Argentina

Comienzo con malas noticias: se ha muerto Mercedes Sosa. Pueden ir a leer unas bonitas notas de despedida a Cuaderno de apuntes (de Pedro Villar) o a Libreta de periodista (de Eduardo Kragelund).

Como de Violeta Parra, de La Negra Sosa me llegaron antes sus canciones que su nombre y su vida. Solo luego, de adulta, me he ido enterando de dónde y cómo tuvo que vivir cada cual.

Así, la Canción para todos, la escuchaba de niña, ya fuera interpretada por Los Calchakis o por Mercedes Sosa, y me emocionaba lo indecible cuando cantaba a pleno pulmón:

Todas las voces,todas,

todas las manos, todas,

toda la sangre puede,

ser canción en el viento.

Canta conmigo, canta,

latinoamericano,

libera tu esperanza

con un grito en la voz.


Aquí es Mercedes Sosa quien la canta en directo en un concierto:



Aquí pueden oírla interpretada por Los Calchakis:


Videos tu.tv


Y también, Cuando tenga la tierra:



Qué de veces no habré cantado con ellos, con los cantores de América Latina. Supongo que tuve la suerte de que en casa de mis padres entrasen todos ellos, igual que si fueran nuestros, y es que lo son: más allá de qué lengua hablamos, de qué lengua hablan, simplemente escuchar y disfrutar, y cantar, claro. Eso sí, para los que usamos el sonido zeta, en estas canciones desaparecía: uno rugía emocionado «Todas las voses, todas, todas las manos, todas, toda la sangre puede ser cansión en el viento...»

Y acá les dejo un trocito de Cantora, su último trabajo (dos CD: Cantora 1 y Cantora 2), que grabó con amigos cantantes de edades y países diferentes pero que seguro tenían algo muy importante en común: pensaban que Mercedes Sosa era una de las grandes y que era una delicia cantar con ella y dejarnos esta maravilla de duetos.




Saben que pienso que la poesía y la música son muy cercanas, tanto.
Murió Mercedes Sosa, pero nos queda su voz, con la que hemos cantado y seguiremos haciéndolo.

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lunes, 14 de septiembre de 2009

Nuevo libro y nueva colección en Editorial Libro de Notas: Isabel y los monstruos luminosos


Cubierta de Isabel y los monstruos luminosos,
de Alber Vázquez

Hace poco leía en el estupendo blog de Jorge Gómez una entrada en la que Ana María Matute se lamentaba de que «[l]a literatura infantil hoy en día [fuera] una pena»; lo achacaba, sobre todo a que estaba constreñida por lo políticamente correcto.

Un poco antes leía, en otro post, esta vez en el también estupendo blog de Darabuc, cómo la acumulación de asesinatos, morbosidad y sangre; «el mero hecho de usarlos no concede valor a una novela. No la hace más "valiente" ni más "libre"; tampoco más eficaz».

Sobra decir que no comparto la visión apocalíptica de Ana María Matute (texto completo de la entrevista): creo que tiene razón al decir que lo políticamente correcto aliena la literatura —y no solo la LIJ—, pero considero que, menos mal, hoy en día no todo el mundo, no todos los autores ni todos los editores claudican. Como hay muchos libros publicados (se dice que se publica demasiado; quizá eso genere ruido, pero yo nunca diría que se publica demasiado mientras siga sin encontrar libros hoy en día descatalogados, aunque creo que esto es otra historia, o tema para otra entrada; centrémonos); bien, como hay muchos libros, encontraremos versiones adaptadas incluso de los clásicos de cuentos para darles ese sello de corrección política o, lo que es lo mismo, suficientemente asépticos y apropiados a tan tiernas edades como para que el adulto no tenga que explicarle nada al niño, al que se toma como un ser algo tonto o al que hay que tener entre algodones, y pueda dejarlo solo con el cuento, amén de que ninguna minoría o mayoría se verá ofendida ni protestará por cómo sale reflejada por el autor, aunque esto obedezca a la época en que este viviese (pueden ustedes acercarse al cómic de Tintín en el Congo, por ejemplo, con cita previa, en la última biblioteca del estado de NY en que hasta hace un mes aún podrían consultarlo en libre acceso). Pero precisamente como hay muchos libros publicados, si uno quiere hacerse con los cuentos de Andersen o de Grimm traducidos pero no adaptados, en que se recojan los prejuicios y rasgos de la época que los contagiase y que dan mucha más vida a los libros y a los personajes, tiene varias editoriales donde hacerlo, varios ejemplares en las bibliotecas, y en las librerías, por supuesto.

De pequeña, perdonen el inciso de mis batallitas, yo conocía La Cenicienta en la versión de los Hermanos Grimm, no en la de Perrault. Cuando en el colegio nos contaron el cuento, siguiendo a Perrault y no a Grimm, yo levanté la mano y dije que no era así. «¿No?», preguntó la profesora, «¿nos cuentas cómo es, Ana?» Y ahí me lancé yo desde el principio al fin a contarles que el papá le traía una rama y ella la plantaba en la tumba de su madre; que unas tórtolas venían a vivir al árbol y le concedían lo que deseaba, pero no todo, porque si no, habría deseado que se murieran todos, incluido su padre, que dejaba que la madrastra y las hermanastras la trataran fatal, y habría deseado que su madre volviera a estar viva. Y bueno, que cuando la hermanastra se probaba el zapatito de oro se cortaba el dedo y, al pasar por delante de la tumba y del árbol, las tórtolas avisaban al príncipe del reguero de sangre y de la falsa princesa; la segunda se cortaba el talón, y le volvían a avisar; y entonces pasaba Cenicienta y cantaban que ella sí era la verdadera princesa. En la boda, cada hermanastra iba a un lado de la Cenicienta, y entonces venían las aves a picarlas los ojos; se cambiaban de lado y les picaban los ojos de nuevo y se quedaban ciegas para siempre.

«Bueno», dijo la profesora mientras mis compañeros quedaban con la boca abierta, «esa es otra versión del cuento, efectivamente. Ana nos ha contado la versión de los hermanos Grimm y nosotros habíamos contado la de Perrault. Esto pasa con muchos cuentos. Nosotros nos quedamos mejor con el cuento en el que la Cenicienta perdona.» Yo levanté de nuevo la mano: «¿Sí, Ana?» Le expliqué a la profesora que era mejor que las castigasen, a las hermanastras, y que lo malo era que no castigasen a la madrastra y al padre también.

No sé si llamaron o no a mis padres, no lo creo, yo era una niña muy buena y no daba ningún problema en el colegio. Pero que me dieran gato por liebre, por mucho que el gato lo firmara Perrault, que me hicieran tragar que una niña que había estado desamparada tenía que aguantar que nadie hiciese justicia, eso era demasiado.

Ahora, de adulta, a mis hijas les leo y dejo que lean las versiones que quieran mientras no empobrezcan el texto: prefiero que el «Libro de Job» lo lean conmigo o lo lean más adelante a que lean solas una cutre adaptación que no significa nada; pero no me empeño en que en los libros el mundo o los temas se reflejen en toda su crudeza. He llegado al ten-con-ten de saber que hay autores que quieren enviar un mensaje y otros que no tienen la más mínima intención de hacerlo. Sé, hoy por hoy, que la doctrina, el adoctrinamiento, lastra un texto, pero el mensaje no. Un libro bien escrito está por encima de la intención de su autor. Los zapatos rojos, de Andersen, sigue siendo un cuento maravilloso y de verdadero terror, y no hace falta compartir esa moral puritana de que está contagiado para disfrutarlo, ni a nadie se lo estropea; ni tampoco el genial Pinocchio, de Collodi.

Y estoy con Darabuc en que el miedo, muchas veces, es «eficacia narrativa», y de que tal «eficacia no depende de matar o no matar, sino de cómo y cuándo se mata».

En este sentido, mi hija mayor, me advirtió de un fragmento de Tobi Lolness —la historia de cómo llegaron los dos libros a casa también es materia de otra entrada, supongo— que, me dijo, «te va a impresionar, mamá». Es cierto, me impresionó: fue el único detalle verdaderamente perverso que descubrí en el malo del libro, Jo Mitch; cuando encuentran la chaqueta de W. C. Rolok, uno de sus secuaces, momentos después de que este haya dejado que se escape Tobi y haya quedado en ridículo, y, cuando le preguntan si le suena, Rolok dice que sí, Jo Mitch dice que no:
—¡Por favor! —gimió Rolok—. Entonces ¿quién soy yo? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi nombre?
Jo Mitch se volvió y respondió:
—Truco.
Una sola palabra había bastado. Rolok estaba perdido.

(Supongo que tendrán ustedes que leerlo para apreciar la crueldad. La crudeza de ser Truco nos la describe el autor poco antes, en el mismo capítulo, en la p. 126.)

Bueno, creo que tengo que ir acortando, porque ustedes saben que yo tiendo a explayarme, y realmente lo que quería era también, con toda esta introducción a la LIJ, a la verdadera LIJ sin adaptaciones castrantes, presentarles el primer libro de la nueva colección de la Editorial Libro de Notas: es la Colección LIJ. El primer título es Isabel y los monstruos luminosos: una novela de terror juvenil. Sí, sí, así como suena: de terror. Claro, ustedes pueden leerla antes y, conociendo a sus chicos, optar por leerla juntos, esperar a que tengan algunos años más o dejar que la lean y comentarla luego (en mi caso, mis hijas la han disfrutado, pero debo reconocer que yo soy más miedica que ellas). Tengan presente que a veces no todo lo que tememos se esconde en la oscuridad y que hay trucos que siguen sirviendo aunque nos hagamos mayores, como ese de cerrar los ojos para esconderse de alguien cuando uno es pequeño: ¿que no lo han hecho nunca? ¿De verdad no han pasado miedo en la cama y, a falta de poder huir, no han cerrado los ojos con fuerza con el corazón palpitándoles tum tum tum en los oídos? Entonces es que no han pasado miedo de verdad.

Tengo el honor de dirigir la nueva colección, así que no me pidan que sea muy objetiva —tampoco me pregunten cómo es que el equipo entero, con Marcos Taracido a la cabeza, confía tanto en mí, por favor—. Lo cierto es que, este primer título Isabel y los monstruos luminosos, escrito por Alber Vázquez, ilustrado por Chicho y maquetado por Óscar Villán, a mí me ha resultado verdaderamente refrescante, y me parece, además, que ha quedado estupendo.

En Libro de notas, en Editorial LdN y en Librería LdN tendrán noticias de él en un par de días, y acceso a la versión digital (solo se les pide 1 euro si les ha gustado, aunque son ustedes libres de donar más, si son millonarios filantrópicos en busca de buenas causas :-)). Ah, en Bubok estará en papel: las ilustraciones se han pasado a blanco y negro para que ustedes no se arruinen; si es que estamos en todo.

Pues hala, a disfrutarlo con tranquilidad.
Que ya hay otros dos títulos en marcha en la misma colección :-)

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viernes, 7 de agosto de 2009

Un libro imprescindible: Quiet (Quieto)


El 24 de julio, mientras Vicente y Marta seguían haciendo Carros de Foc, fuimos a Esterri d'Anéu y Laura se compró una pamela. «No sabés lo bien que le quedaba la pamela a la niña», contaba con acento argentino, rememorando un chiste.

Luego, en la librería papelería, por fin di con el libro que andaba buscando: Quiet, de Màrius Serra, en Empúries. No lo había comprado en Anagrama aposta para leerlo en catalán y, sabiendo que en verano vendríamos a Lleida, pensé que qué mejor excusa para comprarlo aquí.

Sabía de él por el blog de Libros y bitios de José Antonio Millán, que es una fuente, siempre, de hallazgos y reflexiones.

Conocía Verbalia y Verbalia.com —el enlace lleva a una de las mejores reseñas que he leído sobre los libros «lingüísticos pero no admitidos por los serios lingüistas en tal categoría» que escribe Màrius Serra, aparte de los literarios— y el sitio verbalia.com, que sigo visitando en español y en catalán, y a veces me cuelo hasta en italiano, aunque ahí sí que no me entero más que del palíndromo del día :-)

Había leído Patraña (Farsa, en el original: nunca entendí muy bien por qué tradujeron el título como lo tradujeron, porque «farsa» en castellano hubiese quedado igual de bien, supongo, incluso mejor, ¿no?) y, al encontrarme con varias páginas en blanco, escribí a Màrius: sabía que le encantaban los juegos: ¿era aposta o era una errata de una tirada de la editorial? «No, me dijo, no es un juego, ve a que te lo cambien.» Ya decía yo, porque por muchas vueltas que le daba, no le encontraba al juego ni pies ni cabeza: todo juego tiene una pauta, ¿no? Claro que yo, muchas veces, no logro dar con la pauta del juego. La adolescencia, a veces, es la búsqueda de las pautas del juego social, y ¡vaya si cuesta hacerse con ellas! Cuando menos te lo esperas algo hace clic y todo encaja, como si la pieza del engranaje, la pauta, la incógnita de qué hace que la serie vaya hacia ese número concreto y no otro, el sistema... hubiese estado allí siempre y por fin todo pudiese funcionar, y entonces no hay que esforzarse ni retorcer nada: todo va rodado, suave, como la seda, solo, sin que uno tenga que pensar, sin darse cuenta.

Debe de ser muy duro que de nuevo la pauta desaparezca de debajo de los pies, que el terreno conocido y amado se vuelva, ya de adulto, un enigma que parece no responder a ningún sistema, en el que el número que sigue la serie no puedes preverlo, ni tú ni tu mujer ni los médicos ni nadie. De eso, en parte, trata este libro: Quiet, Empúries, 2008 (Quieto, Anagrama, 2008)

Lluís Serra Pablo, Llullu, el hijo de Màrius y Mercè, el hermanito pequeño de Carla, es diagnosticado —no del todo, porque los médicos tampoco conocen exactamente ni tanto algunas patologías— con una encefalopatía grave, no filiada. ¿Qué supone eso? Que Llullu no se puede mover, ni siquiera sujetar su cabeza; que traga con dificultad; que tiene unos ataques epilépticos; que es completamente dependiente.

Vale, pero, por encima de los síntomas, de las etiquetas, «[e]l Lluís és el nostre segon fill. Té unes necessitats una mica peculiars, però això només significa que estem més pendents de la seva fragilitat. A Quiet, he buscat una forma narrativa d’explicar l’ambivalent estat emocional que provoca tenir un fill que no progressa adequadament. Un estat sovint exposat als fiblons del dolor, però en el que predomina la joia i un cert embadaliment. M’ha semblat que la millor manera de fer-ho era rescatar escenes concretes fixades en la memòria i posar-les en moviment. Records refulgents. I he pretès, alhora, compondre un mirall.» (p. 7, «Prefaci»)

Y este libro tiene varios fines, o varios logros: uno es que, sin dejar de desear que su hijo sea normal, que, al menos, pueda comunicarse con él o con su madre o con su hermana, sin dejar de tratar de que ocurra un milagro, incluso vendiendo su alma al diablo, sobre todo en «Senyals» (pp. 23-28) y en «Distinció»:

—Tu creus que el president Companys hauria canviat l'anhel d'una Catalunya independent per no tenir un fill esquizofrènic?
La pregunta em sobta, però no en puc pescar la resposta, perquè els dos interlocutors s'aixequen i marxen del meu camp auditiu abans de treure'n l'aigua clara. Em miro el meu Lluís i li responc jo.

—Jo sí, xaval. Si cal em faig legionari —dic, encara sota l'influx de la nostra desfilada triomfal Escorial avall—. Em faria del Reial Madrid i tot, si servís d'alguna cosa.
(p.43);

Llullu es querido e integrado de la forma más normal posible en la vida de la familia. Se hace querer, por cómo lo quieren, por cómo lo querríamos si fuera nuestro hijo: como Màrius, nos haríamos legionarios o del Real Madrid (ponga cada uno el equipo rival de fútbol, si es que es forofo, o aunque no lo sea), e incluso iríamos a misa todos los domingos si recibiéramos una señal, la que sea (p.27, «Senyals»), si aquello pudiese cambiar algo, un mínimo, en la vida de Llullu: que nos sonriera, que nos llamase «papá» o «mamá», que tuviera aunque fuera una lengua inventada para comunicarse con nosotros. Pero mientras, sin perder ese horizonte, la familia entera disfruta y aprovecha la vida, con toda su alegría y su fuerza. La señal no llegará en San Pedro del Vaticano: pero que Lullu empiece a empujar y haya que cambiarle el pañal hará sonreir a su padre.

Este es otro logro: el humor, que está presente casi siempre, menos cuando la tristeza lo invade todo. Así que los recuerdos están salpicados de escenas fenomenales: aquella vez en que Carla descubre que su hermano es un Very Important People, o cuando el mensajero viene a recoger muestras de heces y se lleve la mierda tan lejos (de Barcelona a Kansas) por prescripción médica, o la vez en que una de las sobrinas de la novia de Llullu se queja de que uno le está contando a Llullu secretos al oído y él no se los cuenta a ella...

Y, a la vez, Màrius no nos escatima recuerdos dolorosos o entrañables, recuerdos en que hay gente que no actúa como él lo haría pero se merece todo su respeto, recuerdos de escenas desagradables y gente cuyo comportamiento nos provocaría vergüenza o rabia si no fuera porque Màrius la identifica, nos la describe y, teniendo toda la razón de su parte, logra echarla: «En aquella mirada criminal m'hi reconec. [...]» («Ràbia», p.79 y ss.)

Otro es ver correr a Llullu, ese deseo que primero es una carencia, un vacío que se clava en el corazón de Màrius cuando, en un camping con su familia y su sobrino, ve cómo este, pequeñajo, sale con la pandilla a bailar y luego se va corriendo, que materializa de golpe y porrazo, no de una forma racional (eso ya lo saben), sino como cuando uno al fin ve el dibujo escondido que hay en una de esas ilusiones ópticas en que se pueden percibir dos (por mucho que te digan que hay un conejo, si solo ves el pato, hasta que no ves el conejo, aceptas racionalmente que se percibe igual de claro, pero no lo experimentas), que Llullu nunca va a ser capaz de correr, nunca. Así, en «Córrer», en la p. 49, Màrius nos cuenta cómo «[tomba] el cap per seguir la fugida de l'Oriol, i tant la Mercè com el Lluís queden situats rere el meu clatell, aliens a les llàgrimes que ja ragen galtes avall. Perquè ara, en veure com corre l'Oriol, encara m'obsedeixo més amb la idea clara que el Lluís mai no ho farà. I mira, que no sapiga ballar country, doncs, encara té un passi. Perquè, a última hora, això del no-rompas-más-mi-pobre-corazón no deixa de ser una horterada i d'aquí a quatre dies ningú no ho recordarà, però que no sàpiga córrer amb l'elegància desmanegada que ara mateix exhibeix el meu nebot Oriol ja és una altra cosa. Això sí que és una malvestat que ningú hauria de tolerar. Una veritable putada. (...) i les llàgrimesem sobreïxen, m'inunden les galtes, ragen avall i em taquen la samarreta del Correllengua que aquest matí m'he posat.»

Luego, con el encuentro casual de los «petits blocs rectangulars (...) [de] cine de mano [que] reprodueix[en] grans escenes del cinema a través de fotogrames succesius. Només cal fullejar-los amb una certa velocitat per reproduir-ne les escenes en moviment, com en un zoòtrop. Després he sabut que se'n pot dir foliscopi, i que l'americà Hermann Casler el va batejar amb un nom més inquietant: mutoscope. (p. 51, «Voler»), la idea de verlo correr empieza a abrirse camino hasta que por fin, en «Eternitat» (pp. 145-148) nos cuenta cómo logran, Jordi Ribó (su amigo fotógrafo), Miquel Llach (el diseñador), Mercè (mamá), Carla (la hermana mayor), él mismo y Llullu montar el foliscopio de Llullu que corre: «Un empelt tan reeixit que fins i tot tindrà versió animada en Flash perquè el puguem verure córrer a la pantalla de l'ordinador, mentre sona la banda sonora de Charriots of Fire.» (p. 148)

En el libro, pasando las páginas rápido, Laura y yo lo vemos correr, al Llullu, sin banda sonora —aunque yo la tarareo un poco—. Luego, las paso lentamente para leer lo que Màrius imagina que Llullu dice. Y la primera frase me golpea: «No me'n recordo pas, de com es diu la mare.», y la segunda, y luego; pero, de pronto: «Com que no me'n recordo de res, tampoc no me'n puc oblidar». Es la magia de las palabras y Màrius se la presta a su hijo, y a su mujer, y a su hija, y a todos, y a sí mismo, y a nosotros los lectores. Porque entonces, Llullu, dirá: «No m'en puc obliar pas, de la mare, ni de com es diu, ni de la seva veu vellutada, ni dels seus braços suaus que m'escalfen quan tinc fred, ni de la seva rialla de nena eterna, ni de la pau que em dóna cada cop que em disparo, i no puc oblidar ni olvido que m'estima, encara que no entengui les seves paraules d'amor». Y todo lo que no puede olvidar, con una ternura enorme, con un humor genial, agradeciendo a veces que su pudor no le haga sonrojarse, va siendo enumerado por Llullu y nos emociona. Y al final, el ingenio verbívoro y lingüístico y la poesía, de la mano, con su hijo:

Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.

Qui recorda, oblida.

Qui oblida, no recorda.

Qui no recorda, no oblida.

Estimo, però no ho recordo.

M'estimen, i no ho recordo.

Mai no cauré en l'oblit


El libro consigue transmitir la alegría de tener a Llullu, y el amor que le tienen, de tal manera que se contagia. No se lo pierdan, en catalán o en castellano.

[Quise escribir esta reseña, y la hice a mano, allá en Lleida, en una fecha normal y corriente. Dos días después de comprar el libro, sin embargo, vi en La Vanguardia una noticia y una foto que me hicieron pensar: vaya, ¿pues no hay una reseña de Quiet? No, era el anuncio de que Llullu había muerto el día 24 de julio de 2009, con nueve años. Malditas casualidades.
Agradezco a Darabuc su ayuda con algunas cosas que se me escapaban en catalán.]

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lunes, 13 de julio de 2009

Una maravillosa labor ¿editorial?: El sonido de los colores


Todo fue por culpa de la magia: Lara, la maga colibrí que tiene esa maravillosa librería que es El bosque de la Maga Colibrí y que, para los que no estamos cerca físicamente nos ofrece un precioso escaparate de recomendaciones, regalos, fotos... que no hacen sino aumentar las ganas que tenemos de ir a verla (a ella y a su librería), puso, en su sección Ideas para regalar: Libros delicatessen, entre otros seleccionados con el mismo mimo, Desencuentros, de Jimmy Liao (BARBARA FIORE EDITORA) y El libro negro de los colores, de Menena Cottin y Rosana Faría (Libros del Zorro Rojo).

Y ustedes ahora se preguntarán, vale, ¿qué tiene eso que ver con El sonido de los colores? ¿Ya? Pues se lo explico. Como yo voy guardando recomendaciones en bloc de notas, en archivos .odt, incluso en mensajes de correo que copio a una carpeta que puede ser Pendientes y tal o Cosas varias o Para tener en mente, luego a veces los que busco para ir a comprarlos aparecen, o no; los imprimo o copio a mano, o no; los meto en mi bolso —siempre grande porque, claro, tiene que caber un libro de bolsillo, o no; un cuaderno para esas ideas o cosas que tiene una que apuntar, pero sobre todo porque si tu hija te pide un cuaderno y un boli un día cualquiera para escribir un trozo de cuento o un lo-que-sea, tiene que estar ahí, esta vez sí o sí; y las tonterías imprescindibles de la cartera, la documentación, etcétera—. Cuando llego a la librería busco el libro, porque, de paso, me tiro un buen largo rato encontrando otros. Llega un momento en que me acerco al librero —casi siempre con tres más que suelo reconocer de haberlos visto mencionados en donde Darabuc, o donde Jorge Gómez, o donde Imaginaria, o...— y voy a decirle cuál es el que busco y no he encontrado: comienzo a sacar papeles impresos doblados, notas a mano, cuadernos (solo dos, no se asusten); llega un momento en que lo que apunté o imprimí no sé si estará o no entre tanto lío así que intentamos sacarlo como en un juego de adivinanzas (la paciencia que tiene mi librero, madre mía):

Librero: ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿O de si era una novedad de alguna editorial?
Yo: Mmmm, no, pero, ¿sabes qué?, ahora recuerdo perfectamente el del que te dije el otro día que era del arca de Noé y que llevaba elles: ¡Los animales de la lluvia, de Pedro Villar!
Librero: Vale, no lo tengo, pero te lo encargo. [Gestiones en el ordenador.] Vamos a ver, ¿y qué recuerdas de este?
Yo: Pues que el título era sobre colores, pero no de aprender los colores como un pequeñajo aprendiendo los números, las letras... Y creo que era de Jimmy Lao (sic). Ah, sí, juraría que lo publicaba Bárbara Fiore.
Librero: A ver, creo que dices Jimmy Liao, no Lao... Bárbara Fiore... El sonido de los colores. Vaya, esta vez lo hemos conseguido. Es ese, ¿no? Te lo enseño.
Yo lo hojeo, me encanta y lo compro.

Claro, a veces el cruce da un resultado que no existe, o un libro que sé seguro que no es el que busco, o uno que hojeo y devuelvo rápidamente. Pero esta vez fue cosa de magia; si andaba una maga por detrás de todo ello, cómo podría haber sido de otra forma.

Nos lo leímos y vimos las ilustraciones tan preciosas mis hijas y yo. Lo envolvimos junto a otros (ya hablaré de ellos) destinados a los primos que habían llegado de Virginia (EE. UU.) y que volverían en breve para allá. Cuando les dimos los regalos, los libros les encantaron tanto a Lucas y Yemaya (lectora voraz a sus ocho años) como a sus padres. Lo primero que dijo Kristen es: «Ah, este libro, Sounds of Colours, es precioso» Entonces pensé, qué fallo: normalmente elijo muy cuidadosamente que los autores sean españoles o franceses, pero no americanos ni ingleses. Jimmy Liao es chino, pero tenía que haber supuesto que al primer idioma que lo traducirían sería al inglés. Antes de que me diera tiempo de decir que se lo cambiaba, ya estaban hojeándolo.

Cuál no sería mi sorpresa cuando Kristen y Chicho empiezan a comentar que las ilustraciones no son las mismas: la plaza de toros de la versión española, por supuesto, no aparece en la que tienen ellos en inglés, y otros tantos cambios más. Es decir, la traducción no se ha limitado a verter de una lengua a otra, sino de una cultura a otra, CON ILUSTRACIONES ad-hoc.

Más tarde ya, en Amazon leí el comentario de un usuario que decía:

This books is good in English, but I preferred the Chinese version much better. In English, things got a little over simplified, where as they were more complex in Chinese. I recently saw the Chinese version available for sale on the China Books website.

(Este libro en inglés es bueno, pero prefiero la versión china mil veces. En inglés las cosas están más simplificadas de lo que aparecen en la china. He visto hace poco la versión china que se vende en el sitio web en China Books.)



«Entonces», pensé, «la versión original debe de tener también sus cosas particulares, específicas de China». Esto me recordó a la escritura geolocalizada de que hablaban Comunicación Cultural y Con valor, pero completamente distinto a la vez. Me ha parecido una traducción increíble en el sentido de que realmente, si lo que quiere es traer el entorno lleno de colores, cada vez más colores, desde el metro, desde esa niña ciega de quince años que nos lo va contando, es maravilloso que aquí lo haga con el entorno nuestro, en China con el suyo, en los EE. UU. con el suyo... vaya usted a saber cuántas versiones hay; claro, pensé que a lo mejor habría más que lenguas, debo reconocer que no lo sé. Igual que no sé si esta labor es editorial, traductora, ilustradora... vamos, que no sé de quién fue la idea, pero a mí me parece una maravilla.

Por otra parte, el saber que existen, te empuja a querer tenerlas todas. Todo tiene ventajas e inconvenientes. Kristen me ha prometido enviarme algunas de las imágenes que no salgan en la versión de BARBARA FIORE EDITORA. Yo he conseguido ver algo de la original china en esta página.

Les pongo aquí los datos de los tres (las cubiertas están cogidas de los respectivos editores; la china, de la página citada, así como la imagen de dentro de la versión china):

El sonido de los colores
BARBARA FIORE EDITORA BFE
Abril 2008 / Cartoné / 21 x 25 / 128 páginas / 22 €
978-84-935591-8-2
Jimmy Liao

Sounds of Colours
Publisher: Little Brown and Company
Category: JUVENILE FICTION
Format: HARDCOVER BOOK
Subformat: PICTURE BOOK/NOVELTY
Publish Date: 3/1/2006
US/Can Price: $16.99/$22.99
ISBN: 9780316939928
Pages: 80
Size: 8" x 10"


地下铁
出版社 /辽宁教育出版社

出版日期 /2002-02

ISBN /7-5382-6253-9

Una maravillosa labor ¿editorial?: El sonido de los coloresSocialTwist Tell-a-Friend
 
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